Domingo, 11 de septiembre de 2005
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Sylvia

Es muy importante conocer la vida de cualquier artista; pues de alguna manera siempre se plasma en sus creaciones. Sin embargo, lo que se suele conocer a trav?s de unos datos biogr?ficos no es suficiente. Para hablar de Sylvia es imposible separar su vida de su obra, se podr?a decir que m?s que estar ligadas se fusionan. Las frustraciones de la vida dom?stica, la condici?n de ser mujer, ser escritora, madre, esposa, su personalidad fr?gil, insegura a la par que ambiciosa, exigente, la obsesi?n con la muerte, los celos, la soledad, la muerte de su padre?todo hizo conformar un esp?ritu con el que le fue imposible sobrevivir. Y todo, absolutamente todo, lo refleja en su obra, en sus poemas, donde alcanza un lenguaje muy personal, un uso de la met?fora perfecto, donde ficci?n y realidad se unen. Convierte la introspecci?n en arte y surge una de las voces clave de la poes?a del siglo XX.

Sylvia Plath naci? en Boston, Massacusetts (Estados Unidos) un 27 de octubre de 1932. Sus padres, Otto Emil Plath y Aurelia Schober, ambos descendientes de alemanes, se dedicaban a la ense?anza. En 1935 nacer?a el hijo menor de la familia, Warren, momento en el cual, se trasladar?an a Whithdrop.
En 1940 fallece su padre. Desde muy peque?a escrib?a su diario y poemas, mostr? ser muy sensible, fr?gil, inteligente pero muy insegura, as? que el hecho de perder a su padre, casi se podr?a decir que no solo la marc? en exceso, sino que la sentenci?.

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Sylvia, Aurelia y Warren. 1950.

Sylvia present? as? este poema: "Este poema lo dice una muchacha con complejo de Electra. Su padre se muri? cuando ella lo cre?a Dios. Su caso viene complicado por el hecho de que el padre era nazi y la madre, muy posiblemente, algo jud?a. En la hija, las dos tendencias se unen y se paralizan: para liberarse, tien que interpretar la peque?a alegor?a de una vez por todas".

Aunque en este poema hay algunas referencias autobiogr?ficas, quien habla no es Sylvia, sino un personaje. Ella no ten?a diez a?os cuando muri? su padre, sino ocho. No se le conocen antecedentes judios, y su padre, Otto Plath, muri? al a?o de comenzar la segunda guerra mundial, no particip? jam?s en el movimiento nazi.


PAPI

Ya no, ya no,
ya no me sirves, zapato negro,
en el cual he vivido como un pie
durante treinta a?os, pobre y blanca,
sin atreverme apenas a respirar o hacer ach?s.

Papi: he tenido que matarte.
Te moriste antes de que me diera tiempo?
Pesado como el m?rmol, bolsa llena de Dios,
l?vida estatua con un dedo del pie gris,
del tama?o de una foca de San Francisco.

Y la cabeza en el Atl?ntico extravagante
en que se vierte el verde legumbre sobre el azul
en aguas del hermoso Nauset.
Sol?a rezar para recuperarte.
Ach, du.

En la lengua alemana, en la localidad polaca
apisonada por el rodillo
de guerras y m?s guerras.
Pero el nombre del pueblo es corriente.
Mi amigo polaco

dice que hay una o dos docenas.
De modo que nunca supe distinguir d?nde
pusiste tu pie, tus ra?ces:
nunca me pude dirigir a ti.
La lengua se me pegaba a la mand?bula.

Se me pegaba a un cepo de alambre de p?as.
Ich, ich, ich, ich,
apenas lograba hablar:
Cre?a verte en todos los alemanes.
Y el lenguaje obsceno,

una locomotora, una locomotora
que me apartaba con desd?n, como a un jud?o.
Jud?o que va hacia Dachau, Auschwitz, Belsen.
Empec? a hablar como los jud?os.
Creo que podr?a ser jud?a yo misma.

Las nieves del Tirol, la clara cerveza de Viena,
no son ni muy puras ni muy aut?nticas.
Con mi abuela gitana y mi suerte rara
y mis naipes de Tarot, y mis naipes de Tarot,
podr?a ser algo jud?a.

Siempre te tuve miedo,
con tu Luftwaffe, tu jerga pomposa
y tu recortado bigote
y tus ojos arios, azul brillante.
Hombre-panzer, hombre-panzer: oh T?...

No Dios, sino un esv?stica
tan negra, que por ella no hay cielo que se abra paso.
Cada mujer adora a un fascista,
con la bota en la cara; el bruto,
el bruto coraz?n de un bruto como t?.

Est?s de pie junto a la pizarra, papi,
en el retrato tuyo que tengo,
un hoyo en la barbilla en lugar de en el pie,
pero no por ello menos diablo, no menos
el hombre negro que

me parti? de un mordisco el bonito coraz?n en dos.
Ten?a yo diez a?os cuando te enterraron.
A los veinte trat? de morir
para volver, volver, volver a ti.
Supuse que con los huesos bastar?a.

Pero me sacaron de la tumba,
y me recompusieron con pegamento.
Y entonces supe lo que hab?a que hacer.

Saqu? de ti un modelo,
un hombre de negro con aire de Meinkampf,

e inclinaci?n al potro y al garrote.
Y dije s? quiero, s? quiero.
De modo, papi, que por fin he terminado.
El tel?fono negro est? desconectado de ra?z,
las voces no logran que cr?e lombrices.

Si ya he matado a un hombre, que sean dos:
el vampiro que dijo ser t?
y me estuvo bebiendo la sangre durante un a?o,
siete a?os, si quieres saberlo.
Ya puedes descansar, papi.

Hay una estaca en tu negro y grasiento coraz?n,
y a la gente del pueblo nunca le gustaste.
Bailan y patalean encima de ti.
Siempre supieron que eras t?.
Papi, papi, hijo de puta, estoy acabada.


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Graduaci?n,1950.

Tras la muerte de Otto, se trasladaron a Wellesley. Ya en el instituto, public? su primer escrito, en la revista ?Seventeen?. En su etapa universitaria tambi?n le publicaron otro que incluso fue galardonado. Fue en este periodo de su vida cuando intent? suicidarse por primera vez (1950-1955).
M?s tarde consigue una beca que le permite viajar a Inglaterra y acudir a la universidad de Cambridge. All? conocer? al tambi?n poeta Ted Hughes, con quien se casar? y tendr? dos hijos, Frida, nacida en 1960 y Nicholas en 1962.

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Sylvia y Ted, 1959.


EL ENCANTADOR DE SERPIENTES

Los dioses comenzaron un mundo, el hombre otro,
y as? el encantador de serpientes comienza:
bocaflauta, ojoluna. Toca: verdisono, acuif?nico.

La faluta verdiflu?da hasta ser verdim?vil
asume sus languideces juncales y ondulosas.
Sus notas verdes se engastan, el r?o se descompone.

im?genes en torno a su m?sica. Toca
abri?ndose un lugar en que erguirse, sin rocas
ni suelo: de oscilantes lenguas de hierba onda

le sostiene.Y su mundo serpentino recrea
de cimbreos y s?bitos resortes, desde el fondo
de su mente reptil. Y ahora culebras

se ven. Y las escamas serpentinas se han vuelto
hojas y luego p?rpados; cuerpos d?ctiles, ramas
pechos de ?rbol y hombre. y ?l, de este mundo dentro

rije las contorsiones que hacen que sea serpiente
y su poder duct?sono evidente con s?lo
esta flauta exig?isima. De este nido saldr?

como el mismo ombligo del ed?n mundo luengo
de reptantes generaciones Fiat serpente!!
y las serpiente fueron , son y seran; y un tiempo

vendr? y consumir? al flautista, su m?sica
le cansar? y el mundo volver? a la sencilla
tela de urdimbre y trama serpentina. Y ?l busca

tejer una acuiverde confusi?n serpentina
hasta que no haya m?s serpientes y las aguas
vuelvan a su verdor y a su forma pr?stina.
Y los p?rpados cierra y reposa la flauta.


Como dijo Anne Sexton, escritora y amiga de Sylvia, "quiz? la mente creadora que explora sus angustias m?s profundas sea el ?nico espejo que el arte pueda ofrecernos hoy, y es muy posible que la ?nica liberaci?n de un mundo que niega los valores del amor y la vida sea precisamente el mundo de la muerte".

La relaci?n con su madre tampoco fue f?cil, a ella dedic? adem?s, muchas cartas que posteriormente fueron publicadas.

LAS MUSAS INQUIETANTES

MADRE , ? a qu? antip?tica, grosera
o rara t?a o prima te olvidaste
invitar a mi bautizo, de modo
que enviara a estas damas en vez suya
con cabezas cual huevos, que asintieron
y asintieron al fondo y a la izquierda
y a la cabezera de mi cuna?

Madre, que me inventabas historietas
del oso Patasnegras, oso hero?co,
oh madre, cuyas brujas siempre, siempre
acaban en pasteles de jengibre,
?qui?n llam? a estas damas?
?las expulsaste de mi lado
cuando, de noche y a mi cabecera
asent?an sin voz sus testas calvas?

Cuando en el viento las doce ventanas
cruj?an del despacho de mi padre
como burbujas que revientan, t?
nos dabas a mi hermano y a m? pastas
y nos llevabas luego al coro"Thor
est? enfadado ?pum pum pum!, Thor
est? enfadado, ?pues nos da lo mismo! "
Pero esas damas romp?an los cristales.

Cuando bailaban de puntillas todas
las alumnas lucientes cual luci?rnagas
cantando la canci?n de la falena
ni un pie siquiera levantar pod?a
yo, dentro del rop?n, torpona, aparte
ech?banme a la sombra aquellas feas
madrinas, t? llorabas y llorabas:
ven?a la sombra e ?banse las luces.

Madre, me hiciste aprender el piano
y elogiabas mis tr?moles, mis trinos,
aunque el maestro hallaba que mis dedos
eran de madera a pesar de las claves
y las horas de pr?ctica, mi o?do,
sordo a toda armon?a , se volv?a
inense?able. Aprend? en otros sitios,
de musas que t?, madre, no sab?as.

Despert? una ma?ana y te vi, madre
flotando sobre m? en el aire azul
sobre un globo tan verde que luc?a
con un mill?n de p?jaros y flores,
nunca, nunca jam?s vistos por nadie.
Pero el peque?o planeta alej?se
como burbuja y t? gritabas:?ven!
Y Yo, rodeada de mis compa?eros.

Ahora noche, ahora d?a, y en el fondo
junto a la cabecera, me vigilan
con sus batas de piedra, inexpresivas
como cuando nac?, sus sombras largas
al sol que nunca sale ni se pone.
Y ?ste es el reino en que me naciste,
madre, madre, mas no te lo reprocho
ni har? traici?n a los que me acompa?an.


Sus dos ?nicos libros publicados en vida fueron el poemario titulado ?El Coloso? (1960) y la novela ?La campana de cristal? (1963), que debido a su inseguridad sobre el valor literario de la novela y porque utilizaba mucho material autobiogr?fico, utiliz? el seud?nimo de Victoria Lucas. Tras la muerte de Sylvia, Ted Hughes recopil? otros poemas bajo el t?tulo de ?Ariel? (1965), que le vali? para dar a conocer a la escritora, ya que hasta entonces, a?n era casi una desconocida. M?s tarde Ted edit? ?Poemas completos? (1981) que gan? el Premio Pulitzer en 1982.
En definitiva, a Sylvia le esperaba la fama y reconocimientos como escritora tras su muerte. Dej? bastante material sin publicar y que tanto Ted como la propia madre de Sylvia se han encargado de ir publicando, obviamente habiendo pasado ciertos filtros, especialmente de sus diarios.

Pero m?s all? de todas las especulaciones sobre su persona, la mejor manera de conocerla, como quiz?s, no puede ser de otra forma, es leer su obra, ah? encontraremos sobre todo, aquello a lo que ella no pudo renunciar.

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Sylvia con sus hijos Frida y Nicholas.

Sylvia present? as? este poema en la BBC: "Una madre atiende a su hijo a la luz de una vela; encuentra en ?l una belleza que, si no va a bastar para guardarlo de los males del mundo, s?, por lo menos, la redime a ella de su parte en esos males".

NICK Y LA PALMATORORIA

Soy minero. La luz arde azul.
Ce?leas estalactitas
gotean y se espesan: l?grimas

que el vientre de la tierra
rezuma de mortal aburrimiento.
Negros aires de murci?lago

me envuelven: chales andrajosos,
fr?os homicidios.
Se me pegan como ciruelas.

Gruta antigua de car?mbanos
de calcio, antigua formadora de ecos.
?Hasta los tritones son blancos,

los muy santurrones!
Y los peces, los peces...
?Dios! Son l?minas de hielo,

un vicio de cuchillos,
una religi?n
de pira?as, que toma

primera comuni?n de mis dedos del pie vivos.
La vela
traga saliva y recupera su peque?a altura,

se animan sus amarillos.
Amor, ?c?mo llegaste aqu??
Oh embri?n

que recuerdas, hasta en sue?os,
tu posici?n cruzada.
La sangre florece limpia

en ti, rub?.
El dolor
al que te despiertas no te pertenece.

Amor, amor:
he puesto en nuestra gruta colgaduras de rosas,
con mullidas alfombras:

los ?ltimos detalles victorianos.
Que las estrellas
caigan a plomo en su oscura direcci?n;

que los mutiladores
?tomos mercuriales caigan gota a gota
en el pozo terrible:

t? eres el s?lido
en que se apoyan los espacios, envidiosos.
T? eres el ni?o del portal.

El ?ltimo poema que escribe es el titulado ?Filo?, claramente es una despedida. Se suicida un 11 de septiembre de 1963 en Londres.

FILO

La mujer alcanz? la perfecci?n.
Su cuerpo

muerto muestra la sonrisa de realizaci?n;
La apariencia de una necesidad griega

fluye por los pergaminos de su toga;
sus pies

desnudos parecen decir:
hasta aqu? hemos llegado, se acab?.

Los ni?os muertos, ovillados, blancas serpientes,
uno a cada peque?a

jarra de leche, ahora vac?a.
Ella los ha plegado

de nuevo hacia su cuerpo; as? los p?talos
de una rosa cerrada, cuando el jard?n

se envara y los olores sangran
de las dulces gargantas profundas de la flor de la noche.

La luna no tiene por qu? entristecerse,
mirando con fijeza desde su capucha de hueso.

Est? acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crepitan y se arrastran.


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Publicado por Goizeder @ 0:35  | Sylvia PLATH
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