Martes, 20 de diciembre de 2005
ESPACIO

(3 estrofas)
(Por la Florida, 1941-1942, 1954)


(A Gerardo Diego, que fue justo al si-
tuar, como cr?tico, el fragmento primero
de este ?Espacio?, cuando se public?,
hace a?os, en M?jico. Con agradecimien-
to l?rico por la constante honradez de sus
reacciones).



FRAGMENTO PRIMERO

(Sucesi?n)


?Los dioses no tuvieron m?s sustancia que la que tengo yo.? Yo tengo, como ellos, la sustancia de todo lo vivido y de todo lo porvivir. No soy presente s?lo, sino fuga raudal de cabo a fin. Y lo que veo, a un lado y otro, en esta fuga (rosas, restos de alas, sombra y luz) es s?lo m?o, recuerdo y ansia m?os, presentimiento, olvido. ?Qui?n sabe m?s que yo, qui?n, qu? hombre o qu? dios puede, ha podido, podr? decirme a m? qu? es mi vida y mi muerte, qu? no es? Si hay quien lo sabe, yo lo s? m?s que ?se, y si quien lo ignora, m?s que ?se lo ignoro. Lucha entre este ignorar y este saber es mi vida, su vida, y es la vida. Pasan vientos como p?jaros, p?jaros igual que flores, flores soles y lunas, lunas soles como yo, como almas, como cuerpos, cuerpos como la muerte y la resurrecci?n; como dioses. Y soy un dios sin espada, sin nada de lo que hacen los hombres con su ciencia; s?lo con lo que es producto de lo vivo, lo que se cambia todo; s?, de fuego o de luz, luz. ?Por qu? comemos y bebemos otra cosa que luz o fuego? Como yo he nacido en el sol, y del sol he venido aqu? a la sombra, ?soy de sol, como el sol alumbro?, y mi nostaljia, como la de la luna, es haber sido sol de un sol un d?a y reflejado s?lo ahora.
Pasa el iris cantando como canto yo. Adi?s iris, volveremos a vernos, que el amor de todo, c?mo se me ha hecho en el sol, con el sol, en m? conmigo? Estaba el mar tranquilo, en paz el cielo, luz divina y terrena los fund?a en clara, plata, oro inmensidad, en doble y sola realidad; una isla flotaba entre los dos, en los dos y en ninguno, y una gota de alto iris perla gris temblaba en ella. All? estar? tembl?ndome el env?o de lo que no me llega nunca de otra parte. A esa isla, ese iris, ese canto yo ir?, esperanza m?jica, esta noche. ?Qu? inquietud en las plantas al sol puro, mientras, de vuelta a m?, sonr?o volviendo ya al jard?n abandonado! ?Esperan m?s que verdear, que florear y que frutar; esperan, como yo, lo que me espera; m?s que ocupar el sitio que ahora ocupan en la luz, m?s que vivir como ya viven, como vivimos; m?s que quedarse sin luz, m?s que dormirse y despertar? Enmedio hay, tiene que haber un punto, una salida; el sitio del seguir m?s verdadero, con nombre no inventado, diferente de eso que es diferente e inventado, que llamamos en nuestro desconsuelo, Ed?n, Oasis, Para?so, Cielo, pero que no lo es, y que sabemos que no lo es, como los ni?os saben que no es lo que no es que anda con ellos. Contar, cantar, llorar, vivir acaso; ?elojio de las l?grimas?, que tienen (Schubert, perdido entre criados por un due?o) en su iris roto lo que no tenemos, lo que tenemos roto, desunido. Las flores nos rodean de voluptuosidad, olor, color y forma sensual; nos rodeamos de ellas, que son sexos de colores, de formas, de olores diferentes; enviamos un sexo en una flor, delicado presente de oro de ideal, a un amor virjen, a un amor probado; sexo rojo a un glorioso; sexos blancos a una novicia; sexos violetas a la yacente. Y el idioma, ?qu? confusi?n!, qu? cosas nos decimos sin saber lo que nos decimos. Amor, amor, amor (lo cant? Yeats), ?amor en el lugar del escremento?. ?Asco de nuestro ser, nuestro principio y nuestro fin; asco de aquello que m?s nos vive y m?s nos muere? ?Qu? es, entonces, la suma que no resta; d?nde est?, matem?tico celeste, la suma que es el todo y que no acaba? Hermoso es no tener lo que se tiene, nada de lo que es fin para nosotros, es fin, pues que se vuelve contra nosotros, y el verdadero fin nunca se nos vuelve. Aquel chopo de luz me lo dec?a, en Madrid, contra el aire turquesa del oto?o: ?Term?nate en ti mismo como yo?. Todo lo que volaba alrededor, ?qu? raudo era!, y ?l qu? insigne en lo suyo, verde y oro, sin mejor en el oro verde. Alas, cantos, luz, palmas, olas, frutas me rodean, me envuelven en su ritmo, en su gracia, en su fuerza delicada; y yo me olvido de m? entre ello, y bailo y canto y r?o y lloro por los otros, embriagado. ?Esto es vivir? ?Hay otra cosa m?s que este vivir de cambio y gloria? Yo oigo siempre esa m?sica que suena en el fondo de todo, m?s all?; es la que me llama desde el mar, en la calle, en el sue?o. A su aguda y serena desnudez, siempre estra?a y sencilla, el ruise?or es s?lo un calumniado pr?logo. ?Qu? letra, universal, luego, la suya! El m?sico mayor la ahuyenta. ?Pobre del hombre si la mujer oliera, supiera siempre a rosa! ?Qu? dulce mujer normal, qu? tierna, qu? suave (Villon), qu? forma de las formas, qu? esencia, qu? sustancia de las sustancias, las esencias; qu? lumbre de las lumbres; la mujer, madre, hermana, amante! Luego, de pronto, esta dureza de ir m?s all? de la mujer, de la mujer que es nuestro todo, donde debiera terminar nuestro horizonte. Las copas de veneno, ?qu? tentadoras son!, y son de flores, yerbas y hojas. Estamos rodeados de veneno que nos arrulla como el viento, arpas de luna y sol en ramas tiernas, colgaduras ondeantes, venenosas, y p?jaros en ellas, como estrellas de cuchillo; veneno todo, y el veneno nos deja a veces no matar. Eso es dulzura, dejaci?n de un mandato, y eso es pausa y escape. Entramos por los robles melenudos; rumoreaban su vejez cascada, oscuros, rotos, huecos, monstruosos, con colgados de telara?as f?nebres; el viento les mec?a las melenas, en medrosos, estra?os ondeajes, y entre ellos, por la sombra baja, honda, ven?a el rico olor del azahar de las tierras naranjas, grito ardiente con gritillos blancos de muchachas y ni?os. ?Un ?rbol paternal, de vez en cuando, junto a una casa, sola en un desierto (seco y lleno de cuervos; aquel tronco hueco, gris, lacio, a la salida del verdor profuso, con aquel cuervo muerto, suspendido por una pluma de una astilla, y los cuervos a?n vivos posados ante ?l, sin atreverse a picotearlo, serios)! Y un ?rbol sobre un r?o. ?Qu? honda vida la de estos ?rboles; qu? personalidad, qu? inmanencia, qu? calma, qu? llenura de coraz?n total queriendo darse (aquel camino que part?a en dos aquel pintar que se anhelaba)! Y por la noche, ?qu? rumor de primavera interna en sue?o negro! ?Qu? amigo un ?rbol, aquel pino, verde, grande, pino redondo, verde, junto a la casa de mi Fuentepi?a! Pino de la corona, ?d?nde est?s?, ?est?s m?s lejos que si yo estuviera lejos? ?Y qu? canto me arrulla tu copa milenaria, que cobijaba pueblos y alumbraba de su forma rotunda y vijilante al marinero! La m?sica mejor es la que suena y calla, que aparece y desaparece, la que concuerda, en un ?de pronto?, con nuestro oir m?s distraido. Lo que fue esta ma?ana ya no es, ni ha sido m?s distra?do. Lo que fue esta ma?ana ya no es, ni ha sido m?s que en m?; gloria suprema, escena fiel, que yo, que la creaba, cre?a de otros m?s que de m? mismo. Los otros no lo vieron; mi nostaljia, que era de estar con ellos, era de estar conmigo, en quien estaba. La gloria es como es, nadie la mueva, no hay nada que quitar ni que poner, y el dios actual est? muy lejos, distra?do tambi?n con tanta menudencia grande que le piden. Si acaso, en sus momentos de jard?n, cuando acoje al ni?o libre, lo ?nico grande que ha creado, se encuentra pleno en un s? pleno. Qu? bellas estas flores secas sobre la yerba fr?a del jard?n que ahora es nuestro. ?Un libro, libro? Bueno es dejar un libro grande a medio leer, sobre alg?n banco, lo grande que termina; y hay que darle una lecci?n al que lo quiere terminar, al que pretende que lo terminemos. Grande es lo breve, y si queremos ser y parecer m?s grandes, unamos s?lo con amor, no cantidad. El mar no es m?s que gotas unidas, ni el amor que murmullos unidos, ni t?, cosmos, que cosmillos unidos. Lo m?s bello es el ?tomo ?ltimo el solo indivisible, y que por serlo no es, ya m?s, peque?o. Unidad de unidades es lo uno; ?y qu? viento m?s pl?cido levantan esas nubes menudas al cenit; qu? dulce luz es esa suma roja ?nica! Suma es la vida suma, y dulce. Dulce como esta luz era el amor; ?qu? pl?cido este amor tambi?n! Sue?o, ?he dormido? Hora celeste y verde toda; y solos. Hora en que las paredes y las puertas se desvanecen como agua, aire, y el alma sale y entra en todo, de y por todo, con una comunicaci?n de luz y sombra. Todo se ve a la luz de dentro, todo es dentro, y las estrellas no son m?s que chispas de nosotros que nos amamos, perlas bellas de nuestro roce f?cil y tranquilo. ?Qu? luz tan buena para nuestra vida y nuestra eternidad! El riachuelo iba hablando bajo por aquel barranco, entre las tumbas, casas de las laderas verdes; valle dormido, valle adormilado. Todo estaba en su verde, en su flor; los mismos muertos en verde y flor de muerte; la piedra misma estaba en verde y flor de piedra. All? se entraba y se sal?a como en el lento anochecer, del lento amanecer. Todo lo rodeaban piedra, cielo, r?o; y cerca el mar, m?s muerte que la tierra, el mar lleno de muertos de la tierra, sin casa, separados, engullidos por una variada dispersi?n. Para acordarme de por qu? he nacido, vuelvo a ti, mar. ?El mar que fu? mi cuna, mi gloria y mi sustento; el mar eterno y solo que me llev? al amor?; y del amor es este mar que ahora viene a mis manos, ya m?s duras, como un cordero blanco a beber la dulzura del amor. Amor el de Elo?sa; ?qu? ternura, qu? sencillez, qu? realidad perfecta! Todo claro y nombrado con su nombre en llena castidad. Y ella, enmedio de todo, intacta de lo bajo entre lo pleno. Si tu mujer, Pedro Abelardo, pudo ser as?, el ideal existe, no hay que falsearlo. Tu ideal existi?; ?por qu? lo falseaste, necio Pedro Abelardo? Hombres, mujeres, hombres, hay que encontrar el ideal, y d?, qu? eres t? ahora y d?nde est?s? ?Por qu?, Pedro Abelardo vano, la mandaste al convento y t? te fuiste con los monjes plebeyos, si ella era, el centro de tu vida, su vida, de la vida, y hubiera sido igual contigo ya capado, que antes, si era el ideal? No lo supiste, yo soy quien lo vi?, desobediencia de la dulce obediente plena gracia. Amante, madre, hermana, ni?a t?, Elo?sa; qu? bien te conoc?as y te hablabas, qu? tiernamente te nombrabas a ?l; ?y qu? azucena fatal que te dio tu tierra. No estaba seco el ?rbol del invierno, como se dice, y yo cre? en mi juventud; como yo, tiene el verde, el oro, el grana en la ra?z y dentro, mi dentro, mi adentro, tanto que llena de color doble infinito. Tronco de invierno soy, que en la muerte va a dar de s? la copa doble llena que ven s?lo como es los deseados. Vi un toc?n, a la orilla del mar neutro; arrancado del suelo, era como un muerto animal; la muerte daba a su quietud seguridad de haber estado vivo; sus arterias cortadas con el hacha, echaban sangre todav?a. Una miseria, un rencor de haber sido arrancado de la tierra, sal?a de su entra?a endurecida y se espand?a con el agua y por la arena, hasta el cielo infinito, azul. La muerte, y sobre todo, el crimen, da igualdad a lo vivo, lo m?s y menos vivo, y lo menos perece siempre, con la muerte, m?s. No, no era todo menos, como dije un d?a, ?todo es menos?; todo era m?s, y por haberlo sido, es m?s morir para ser m?s, del todo m?s. ?Qu? ley de vida juzga con su farsa a la muerte sin ley y la aprisiona en la impotencia? ?S?, todo, todo ha sido m?s y todo ser? m?s! No es el presente sino un punto de apoyo o de comparaci?n, m?s breve cada vez; y lo que deja y lo que coje, m?s, m?s grande. No, ese perro que ladra al sol ca?do, no ladra en el Monturrio de Moguer, ni cerca de Carmona de Sevilla, ni en la calle Torrijos de Madrid; ladra en Miami, Coral Gables, La Florida, y yo lo estoy oyendo all?, all?, no aqu?, no aqu?, all?, all?. ?Qu? vivo ladra siempre el perro al sol que huye! Y la sombra que viene llena el punto redondo que ahora pone el sol sobre la tierra, como un agua su fuente, el contorno en penumbra alrededor; despu?s, todos los c?rculos que llegan hasta el l?mite redondo de la esfera del mundo, y siguen, siguen. Yo te o?, perro, siempre, desde mi infancia, igual que ahora; t? no cambias en ning?n sitio, eres igual a ti mismo, como yo. Noche igual, todo ser?a igual si lo quisi?ramos, si serlo lo dej?ramos. Y si dormimos. ?Qu? abandonada queda la otra realidad! Nosotros les comunicamos a las cosas nuestra inquietud de d?a, de noche nuestra paz. ?Cu?ndo, c?mo duermen los ?rboles? ?Cuando los deja el viento dormir?, dijo la brisa. Y c?mo nos precede, brisa inquieta y gris, el perro fiel cuando vamos a ir de madrugada adonde sea, alegres o pesados; ?l lo hace todo, triste o contento, antes que nosotros. Yo puedo acariciar como yo quiera a un perro, un animal cualquiera, y nadie dice nada; pero a mis semejantes no; no est? bien visto hacer lo que se quiera con ellos, si lo quieren como un perro. Vida animal, ?hermosa vida? ?Las marismas llenas de hermosos seres libres, que me esperan en un ?rbol, un agua o una nube, con su color, su forma, su canci?n, su jesto, su ojo, su comprensi?n hermosa, dispuestos para m? que los entiendo! El ni?o todav?a me comprende, la mujer me quisiera comprender, el hombre?no, no quiero nada con el hombre, es est?pido, infiel, desconfiado; y cuando m?s adulador, cient?fico. C?mo se burla la naturaleza del hombre, de quien no la comprende como es. Y todo debe ser o es echarse a dios y olvidarse de todo lo creado por dios, por s?, por lo que sea. ?Lo que sea?, es decir, la verdad ?nica, yo te miro como me miro a m? y me acostumbro a toda tu verdad como a la m?a. Contigo, ?lo que sea?, soy yo mismo, y t?, tu mismo, misma, ?lo que seas?, ?El canto? ?El canto, el p?jaro otra vez! ?Ya est?s aqu?, ya has vuelto, hermosa, hermoso, con otro nombre, con tu pecho azul, gris cargado de diamante! ?De d?nde llegas t?, t? en esta tarde gris con brisa c?lida? ?Qu? direcci?n de luz y amor sigues entre las nubes de oro c?rdeno? Ya has vuelto a tu rinc?n verde, sombr?o. ?C?mo t?, tan peque?o, d?, lo llenas todo y sales por el m?s? S?, s?, una nota de una ca?a, de un p?jaro, de un ni?o, de un poeta, lo llena todo y m?s que el trueno. El estr?pito encoje, el canto agranda. T? y yo, p?jaro, somos uno; c?ntame, canta t?, que yo te oigo, que mi o?do es tan justo por tu canto. Aj?stame tu canto m?s a este o?do m?o que espera que lo llenes de armon?a, ?Vas a cantar! toda otra primavera, vas a cantar. ?Otra vez t?, otra vez la primavera! ?Si supieras lo que eres para m?! ?C?mo podr?a yo decirte lo que eres, lo que eres t?, lo que soy yo, lo que eres para m?? ?Como te llamo, c?mo te escucho, c?mo te adoro, hermano eterno, p?jaro de la gracia y de la gloria, humilde, delicado, ajeno; ?ngel del aire nuestro, derramador de m?sica completa! P?jaro, yo te amo como a la mujer, a la mujer, tu hermana m?s que yo. S?, bebe ahora el agua de mi fuente, pica la rama, salta lo verde, entra, sal, rejistra toda tu mansi?n de ayer; ?m?rame bien a m?, p?jaro m?o, consuelo universal de mujer y hombre! Vendr? la noche inmensa, abierta toda en que me cantar?s del para?so, en que me har?s el para?so, aqu?, yo, t?, esperanza; nunca te he comprendido como ahora; nunca he visto tu dios como hoy lo veo, el dios que acaso fuiste t? y que me comprende. ?Los dioses no tuvieron m?s sustancia que la que tienes t?.? ?Qu? hermosa primavera nos aguarda en el amor, fuera del odio! ?Ya soy feliz! ?El canto, t? y tu canto! El canto?Yo vi jugando al p?jaro y la ardilla, al gato y la gallina, al elefante y al oso, al hombre con el hombre, cuando el hombre cantaba. No, este perro no levanta los p?jaros, los mira, los comprende, los oye, se echa al suelo, y calla y sue?a ante ellos. ?Qu? grande el mundo en paz, qu? azul tan bueno para el que puede no gritar, puede cantar; cantar y comprender y amar! ?Inmensidad, en ti y ahora vivo; ni monta?as, ni casi piedra, ni agua, ni cielo casi; inmensidad, y todo y s?lo inmensidad; esto que abre y que separa el mar del cielo, el cielo de la tierra, y, abri?ndolos y separ?ndolos, los deja m?s unidos y cercanos, llenando con lo lleno lejano la totalidad! ?Espacio y tiempo y luz en todo yo, en todos y yo y todos! ?Yo con la inmensidad! Esto es distinto; nunca lo sospech? y ahora lo tengo. Los caminos son s?lo entradas o salidas de luz, de sombra, sombra y luz; y todo vive en ellos para que sea m?s inmenso yo, y t? seas. ?Qu? regalo de mundo, qu? universo inmenso, dentro, fuera de ti, segura inmensidad! Im?genes de amor en la presencia concreta; suma gracia y gloria de la imajen, ?vamos a hacer eternidad? ?Vosotras, yo, podemos crear la eternidad una y mil veces, cuando queramos! ?Todo es nuestro y no se nos acaba nunca! ?Amor, contigo y con la luz todo se hace, y lo que amor, no acaba nunca!

FRAGMENTO SEGUNDO

(cantada)



?Y para recordar por qu? he vivido?, vengo a ti, r?o Hudson de mi mar. ?Dulce como esta luz era el amor?? ?Y por debajo de Washington Bridge (el puente m?s con m?s de esta New York) pasa el campo amarillo de mi infancia?. Infancia, ni?o vuelvo a ser y soy, perdido, tan mayor, en lo m?s grande. Leyenda inesperada: ?dulce como la luz es el amor?, y esta New York es igual que Moguer, es igual que Sevilla y que Madrid. Puede el viento, en la esquina de Broadway, como en la Esquina de las Pulmon?as de mi calle Rasc?n, conmigo; y tengo abierta la puerta donde vivo, con sol dentro. ?Dulce como este solo era el amor.? Me encontr? al instalado, le re?, y me sub? al rinc?n provisional, otra vez, de mi soledad, y de mi silencio, tan igual en el piso 9 y sol, al cuarto bajo de mi calle y cielo. ?Dulce como este sol es el amor.? Me miraron ventanas conocidas con cuadros de Murillo. En el alambre de lo azul, el gorri?n universal cantaba, el gorri?n y yo cant?bamos, habl?bamos; y lo o?a la de la mujer en el viento de mundo. ?Qu? rinc?n ya para suceder mi fantas?a! El sol quemaba el sur del rinc?n m?o, y en el lunar menguante de la estera, crec?a dulcemente mi ilusi?n queriendo huir de la dorada mengua. ?Y por debajo de Washington Bridge, el puente m?s amplio de New York. Corre el campo dorado de mi infancia?? Baj? lleno a la calle, me abri? el viento la ropa, el coraz?n; vi caras buenas. En el jard?n de St. John the Divine, los chopos verdes eran de Madrid; habl? con un perro y un gato en espa?ol: y los ni?os del coro, lengua eterna, igual del para?so y de la luna, cantaban, con campanadas de San Juan, en el rayo de sol derecho, vivo, donde el cielo flotaba hecho armon?a violeta y oro; iris ideal que bajaba y sub?a, que bajaba??Dulce como este sol era el amor.? Sal? por ?msterdam, estaba all? la luna (Morningside); el aire ?era tan puro! Fr?o no, fresco, fresco; en ?l ven?a vida de primavera nocturna, y el sol estaba dentro de la luna y de mi cuerpo, el sol presente, el sol que nunca m?s me dejar?a los huesos solos, sol en sangre y ?l. Y entr? cantando ausente en la arboleda de la noche y el r?o que se iba bajo Washington Bridge con sol a?n, hacia mi Espa?a por oriente, a mi oriente de mayo de Madrid; un sol ya muerto, pero vivo; un sol presente, pero ausente; un sol rescoldo de vital carm?n, un sol carm?n vital en el verdor, un sol vital en el verdor ya negro, un sol en el negror ya luna; un sol en la gran luna de carm?n; un sol de gloria nueva, nueva en otro Este; un sol de amor y de trabajo hermosos; un sol como el amor??Dulce como este sol era el amor.?

FRAGMENTO TERCERO


(Sucesi?n)



?Y para recordar por qu? he venido?, estoy diciendo yo. ?Y para recordar por qu? he nacido?, cont? yo un poco antes, ya por La Florida. ?Y para recordar por qu? he vivido?, vuelvo a ti mar, pens? yo en Sitjes, antes de una guerra, en Espa?a, del mundo. ?Mi presentimiento! Y entonces, marenmedio, mar, m?s mar, eterno mar, con su luna y su sol eternos por desnudos, como yo, por desnudo, eterno; el mar que me fu? siempre vida nueva, para?so primero, primer mar. El mar, el sol, la luna, y ella y yo, Eva y Ad?n, al fin y ya otra vez sin ropa, y la obra desnuda y la muerte desnuda, que tanto me atrajeron. Desnudez es la vida y desnudez la sola eternidad?Y sin embargo, est?n, est?n, est?n, est?n llam?ndonos a comer, gong, gong, gong, gong, en esta eternidad de Ad?n y Eva, Ad?n de smoking, Eva?Eva se desnuda para comer como para ba?arse; es la mujer y la obra y la muerte, es la mujer desnuda, en eterna metamorfosis. ?Qu? estra?o es todo esto, mar, Miami! No, no fu? all? en Sitjes, Catalonia, Spain, en donde se me apareci? mi mar tercero, fu? aqu? ya; era este mar, este mar mismo, mismo y verde, verdemismo; no fu? el Mediterr?neo azulazulazul, fu? el verde, el gris, el negro Atl?ntico de aquella Atl?ntida, Sitjes fu?, donde vivo ahora, Maricel, esta casa de Deering, espa?ola, de Miami, esta Villa Vizcaya aqu? de Deering, espa?ola aqu? en Miami, aqu?, de aquella Barcelona. Mar, y ?qu? estra?o es todo esto! No era Espa?a, era La Florida de Espa?a, Coral Gables, donde est? la Espa?a esta abandonada por los hijos de Deering (testamentar?a inaceptable) y aceptada por m?; esta Espa?a (Catalonia, Spain) guirnaldas de morada buganvilla por las rejas. Deering, vivo destino. Ya est? Deering, fuiste cuando yo, con Miguel Utrillo y Santiago Rusi?ol, goz?bamos las blancas salas soleadas, al lado de la iglesia, en aquel cabo donde qued? tan pobre el ?Cau Ferrat? del Ruise?or bohemio de albas barbas no lavadas). Deering, s?lo el Destino es inmortal, y por eso te hago a ti inmortal, por mi Destino. S?, mi Destino es inmortal y yo, que aqu? lo escribo, ser? inmortal igual que mi Destino, Deering. Mi Destino soy yo y nada y nadie m?s que yo; por eso creo en ?l y no me opongo a nada suyo, a nada m?o, como yo por el Destino, repartidor de la sustancia con la esencia. En el principio fu? el Destino, padre de la Acci?n y abuelo o bisabuelo o algo m?s all? del Verbo. Levo mi ancla, por lo tanto, izo mi vela para que sople ?l m?s f?cil con su viento por los mares serenos o terribles, atl?nticos, mediterr?neos, pac?ficos o lo que sean, verdes, blancos, azules, morados, amarillos, de un color o de todos los colores. As? lo hizo, aquel enero, Shelly, y no fu? el oro, el opio, el vino, la ola brava, el nombre de la ni?a lo que se lo llev? por el trasmundo del trasmar: Arroz de Buda; Barrab?s de Cristo; yegua de San Pablo; Longino de Zenobia de Palmyra; Carlyle de Schiller (seg?n dice el libro de la mujer suiza); ?mnibus de Curie; Charles Maurice de Gauguin; Caricatura infame (?Heraldo de Madrid?) de Federico Garc?a Lorca; Pieles del Duque de T?Serclaes y Tilly /el bonachero sevillano) que Le?n Felipe us? despu?s en la Embajada mejicana, bien seguro; Gobierno de Negr?n, que abandonara al retenido Antonio Machado enfermo ya, con su madre octojenaria y dos duros en el bolsillo, por el helor del Pirineo, mientras ?l con su corte hu?a tras el oro guardado en la Banlieu, en Rusia, en M?jico, en la nada?Cualquier forma es la forma que el Destino, forma de muerte o vida, forma de toma y deja, toma; y es in?til huirla ni buscarla. No era aquel auto disparado que roz? mi sien en el camino de Miami, p?rtico herreriano de baratura horrible, igual que un s?lido hurac?n; ni aquella h?lice de avi?n que sorbi? mi ser completo y me dej? ciego, sordo, mudo en Barajas, Madrid, aquella madrugada sin Paquita Pechere; ni el doctor Amory con su inyecci?n en Coral Gables, Alambra Circle, y luego con colapso al hospital; ni el papelito sucio, cuadradillo a?il, de la denuncia a l?piz contra m?, Madrid en guerra, el buz?n de aquel blancote de anarquista, que me quiso juzgar, con crucifijo y todo, ante la mesa de la Biblioteca que fu? un d?a de Nocedal (don C?ndido); y que muri? la tarde aquella con la bala que era para ?l (no para m?) y la pobre mujer que se cay? con ?l, m?s blanca que mis dientes que me salvaron por blancos; m?s que ?l, m?s limpia, el sucio panadero, en la acera de la calle de Lista, esquina de la de Vel?zquez. No, no era, no era aquel Destino mi Destino de muerte todav?a. Pero, de pronto, ?qu? inminecia alegre, mala, indiferente, absurda? Ya pas? lo anterior y ya est?, en este aqu?, este esto, y ya, y ya estamos nosotros, igual que en una pesadilla n?ufraga o un sue?o dulce, claro, embriagador, con ello. La ?njela de la guarda nada puede contra la vijilancia exacta, contra el exacto dictar y decidir, contra el exacto obrar de mi Destino. Porque el destino es natural, y artificial el ?njel, la ?njela. Esta inquietud tan fiel que reina en m?, que no es del coraz?n, ni del pulm?n, ?de d?nde es? Ritmo vejetativo es (lo dijo Ach?carro primero y luego Mara??n), mi tercer ritmo, m?s cercano, Goethe, Claudel, al de la poes?a, que los vuestros. Los versos largos vuestros, cortos, vuestros, con el pulso de otra o con el pulm?n propio. ?C?mo pasa este ritmo, este ritmo, r?o m?o, fuga de fais?n de sangre ardiendo por mis ojos, naranjas voladoras de dos pechos en uno, y qu? azules, qu? verdes y qu? oros dilu?dos en rojo, a qu? compases infinitos! Deja este ritmo timbres de aires y de espumas en los o?dos, y sabores de ala y de nube en el quemante paladar, y olores a piedra con roc?o, y tocar, cuerdas de olas. Dentro de m? hay uno que est? hablando, hablando, hablando ahora. No lo puedo callar, no se puede callar. Yo quiero estar tranquilo con la tarde, esta tarde de loca creaci?n (no se deja callar, no lo dejo callar). Quiero el silencio en mi silencio, y no lo s? callar a ?ste, no se sabe callar. ?Calla, segundo yo, que hablas como yo y que no hablas como yo; calla, maldito! Es como el viento ese con la ola; el viento que se hunde con la ola inmensa; ola que sube inmensa con el viento; ?y qu? dolor de olor y de sonido, qu? dolor de color, y qu? dolor de toque, de sabor de ?mbito de abismo! ?De ?mbito de abismo! Espumas vuelan, choque de ola y viento, en mil primaveras verdes blancos, que son festones de mi propio ?mbito interior. Vuelan las olas y los vientos pesan, y los colores de ola y viento juntos cantan, y los olores fuljen reunidos, y los sonidos todos son fusi?n, fusi?n y fundici?n de gloria vista en el juego del viento con la mar. Y ese era el que hablaba, qu? mareo, ese era el que hablaba, y era el perro que ladraba en Moguer, en la primera estrofa. Como en sue?os, yo so?aba una cosa que era otra. Pero si yo no estoy aqu? con mis cinco sentidos, ni el mar si no los veo, si no los digo y lo escribo que lo est?n. Nada es la realidad sin el Destino de una conciencia que la realiza. Memoria son los sue?os, pero no voluntad ni intelijencia. ?No es verdad, ciudad grande de este mundo? ?No es verdad, d?, ciudad de la unidad posible, donde vivo? ?No es verdad la posible unidad, aunque no gusten los desunidos por Color o por Destino, por Color que es destino? S?, en la ciudad del sur ya, persisten estos claros de campo rojisecos, igual que en m? persisten, hombre pleno, las trazas del salvaje en cara y mano y en vestido; y el salvaje de la ciudad dormita en ellos su civilizaci?n olvidada, olvidando las reglas, las prohibiciones y las leyes. All? el papel tirado, in?til cr?tica, cuento est?ril, absurda poes?a; all? el vientre movido al lado de la flor, y si la soledad es hora sola, el pleno ayuntamiento de la carne con la carne, en la acera, en el jard?n llenos de otros. El negro lo prefiere as? tambi?n, y all? se iguala al blanco con el sol en su negrura ?l, y el blanco negro con el sol en su blancura, resplandor que conviene m?s, como aureola, al alma que es un oro en veta como mina. All? los naturales tesoros valen m?s, el agua tanto como el alma; el pulso tanto como el p?jaro, como el canto del p?jaro; la hoja tanto como la lengua. Y el hablar es lo mismo que el rumor de los ?rboles, que es conversaci?n perfectamente comprensible para el blanco y el negro. All? el goce y el deleite, y la risa, y la sonrisa, y el llanto y el sonlloro son iguales por fuera que por dentro; y la negra m?s joven, esta Ofelia que, como la violeta silvestre oscura, es delicada en s? sin el colejio ni el concierto, sin el museo ni la iglesia, se iguala con el rayo de luz que el sol echa en su cama, y le hace iris la sonrisa que envuelve un coraz?n de igual color por dentro que el negro pecho satinado, coraz?n que es el suyo, aunque el blanco no lo crea. All? la vida est? m?s cerca de la muerte, la vida que es la muerte en movimiento, porque es la eternidad de lo creado, el nada m?s, el todo, el nada m?s y el todo confundidos; el todo por la escala del amor en los ojos hermosos que se anegan en sus aguas mismas, unos en otros, grises o negros como los colores del nardo y de la rosa; all? el canto del mirlo libre y la canaria presa, los colores de la lluvia en el sol, que corona la tarde, sol lloviendo. Y los m?s desgraciados, los m?s tristes vienen a consolarse de los f?ciles, buscando los restos de su casa de Dios entre lo verde abierto, ruina que persiste entre la piedra prohibitoria m?s que la piedra misma; y en la congregaci?n del tiempo en el espacio, se reforma una unidad mayor que la de los fronteros escojidos. All? se escoje bien entre lo mismo ?mismo? La muebler?a estra?a, sill?n alto redicho, contornado, presidente inc?modo, la alfombra con el polvo columnados, con los libros en orden de disminuci?n, pintados o cortados a m?quina, con el olor a gato; y las l?mparas secas con camellos o timones; los huevos por perillas en las puertas; los espejos opacos inclinados en marco cu?druple, pegajoso barniz, hierro mohoso; los cajones manchados de jarabe (Baudelaire, hermosa taciturna, Poe). Todos somos actores aqu?, y s?lo actores, y el teatro es la ciudad, y el campo y el horizonte ?el mundo! Y Otelo con Desd?mona ser? lo eterno. Esto es el hoy todav?a, y es el ma?ana a?n, pasar de casa en casa del teatro de los siglos, a lo largo de la humanidad toda. Pero t? en medio, t?, mujer de hoy, negra o blanca, americana (asi?tica, europea, africana, oce?nica; dem?crata, republicana, comunista, socialista, mon?rquica; jud?a, rubia, morena; inocente o sof?stica; buena o mala, perdida, indiferente, lenta o r?pida; brutal o so?adora; civilizada, civilizada toda llena de manos, caras, campos naturales, muestras de un natural ?nico y libre, unificador de aire, de agua, de ?rbol, y ofreci?ndote al mismo dios de sol y luna ?nicos; mujer, la nueva siempre para el amor igual, la sola poes?a). Todos hemos estado reunidos en la casa agradable blanca y vieja; y ahora todos (y t? mujer sola de todos) estamos separados. Nuestras casas saben bien lo que somos; nuestros cuerpos, ojos, manos, cinturas, cabezas en su sitio; nuestros trajes en su sitio, en un sitio que hemos arreglado de antemano para que nos espere siempre igual. La vida es este unirse y separarse, r?pidos de ojos, manos, bocas, brazos, piernas, cada uno en la busca de aquello que lo atrae o lo repele. Si todos nos uni?ramos en todo (y en color, tan lijera superficie) estos claros del campo nuestro, nuestro cuerpo, estas caras y estas manos, el mundo un d?a nos ser?a hermoso a todos, una gran palma, s?lo, una gran fuente s?lo, todo unido y apretado en un abrazo como el tiempo y el espacio, un astro humano, el astro del abrazo por ?rbita de paz y de armon?a? Bueno, s?, dice el otro, como si fuera a m?, al salir del museo despu?s de haber tocado el segundo David de Miguel ?ngel. Ya el oto?o. ?Saliendo! ?Qu? hermosura de realidad! ?La vida, al salir de un museo!... No luce oro la hoja seca, canta oro, y canta rojo y cobre y amarillo; una cantada aguda y sorda, aguda con arrebato de mejor sensualidad. ?Mujer de oto?o; ?rbol, hombre! ?C?mo clam?is el gozo de vivir, el azul que se alza con el primer fr?o! Quieren alzarse m?s, hasta lo ?ltimo de ese azul que es m?s limpio, de incomparable desnudez azul. Desnudez plena y honda del oto?o, en la que el alma y carne se ve mejor que no son m?s que una. La primavera cubre el idear, el invierno deshace el poseer, el verano amontona el descansar; oto?o, t?, el alerta, nos levantas descansados, rehecho, descubierto, al grito de tus cimas de invasora evasi?n. ?Al sur, al sur! Todos deprisa. La mudanza, y despu?s la vuelta; aquel huir, aquel llegar en los tres d?as que nunca olvidar? que no me olvidar?n. ?El sur, el sur, aquellas noches, aquellas nubes de aquellas nubes de aquellas noches de conjunci?n cercana de planetas; qu? ir llegando tan hermoso a nuestra casa blanca de Alhambra Circle en Coral Gables, Miami, La Florida! Las garzas blancas habladoras en noches de escursiones altas he o?do por aqu? hablar a las estrellas, en sus congregaciones palpitantes de las marismas de lo inmenso azul, como a las garzas blancas de Moguer, en sus congregaciones palpitantes por las marismas de lo verde inmenso. ?No eran espejos que guardaban vivos, para mi paso por debajo de ellas, blancos espejos de alas blancas, los ecos de las garzas de Moguer? Hablaban, yo lo o?, como nosotros. Esto era en las marismas de La Florida llana, la tierra del espacio con la hora del tiempo. ?Qu? soledad, ahora, a este sol del mediod?a! Un zorro muerto por un coche; una tortuga atravesando lenta el arenal; una serpiente resbalando undosa de marisma a marisma. Apenas gente; s?lo aquellos indios en su cerca de broma, tan pintaditos para los turistas. ?Y las calladas, las tapadas, las peinadas, las mujeres en aquellos corrales de las hondas marismas! Siento sue?o; no, ?no fu? un sue?o de los indios que huyeron de la caza cruel de los tramperos? Era demasiado para un sue?o, y no quisiera yo so?arlo nunca?Plegadas alas en alerta unido de un ej?rcito c?rdeno y calc?reo, a un lado y otro del camino llano que daba sus pardores al fiel mar, los c?nceres osaban caraqueando erguidos (como en un agrio rezo de eslabones) al sol de la radiante soledad de un dios ausente. Llegando yo, las ruidosas alas se abrieron erijidas, mil seres ?peque?os? Lade?ndose en sus ancas agudas. Y, silencio; un fin, silencio. Un fin, un dios que se acercaba. Un c?ncer, ya un cangrejo y solo, qued? en el centro gris del arenal, m?s erguido que todos, m?s abierta la tenaza s?rrea de la mayor boca de su armario; los ojos, periscopios tiesos, clavando su vibrante enemistad en m?. Baj? lento hasta ?l, y con el l?piz de mi poes?a y de mi cr?tica, sacado del bolsillo, le incit? a que luchara. No se iba el david, no se iba el david del literato filisteo. Aboc? el l?piz amarillo con su tenaza, y yo lo levant? con ?l cojido y lo jir? a los horizontes con impulso mayor, mayor, mayor, una ?rbita mayor, y ?l aguantaba. Su fuerza era tan poca para m? m?s tan poco ?pobre h?roe! ?Fui malo? Lo aplast? con el injusto pie calzado, s?lo por ver qu? era. Era c?scara vana, un nombre nada m?s, cangrejo; y ni un adarme, ni un adarme de entra?a; un hueco igual que cualquier hueco un hueco en otro hueco. Un hueco era el h?roe sobre el suelo y bajo el cielo; un hueco, un hueco aplastado por m?; s?lo un hueco, un vac?o, un heroico secreto de un fr?o c?ncer hueco, un cangrejo hueco, un pobre david hueco. Y un silencio mayor que aquel silencio llen? el mundo de pronto de veneno, un veneno de hueco; un principio, no un fin. Parec?a que el hueco revelado por m? y puesto en evidencia para todos, se hubiera hecho silencio, o el silencio, hueco; que se hubiera poblado aquel silencio numerable de inn?mero silencio hueco. Yo sufr?a que el c?ncer era yo, y yo un jigante que no era solo yo y que me hab?a a m? pisado y aplastado. ?Qu? inmensamente hueco me sent?a, qu? monstruoso de oquedad erguida, en aquel solear empederniente del mediod?a de las playas desertadas! ?Desertadas? Alguien mayor que yo y el nuevo yo ven?a, y yo llegaba al sol con mi oquedad inmensa, al mismo tiempo; y el sol me derret?a lo hueco, y mi infinita sombra me entraba al mar y en ?l me naufragaba en una lucha inmensa, porque el mar ten?a que llenar todo mi hueco. Revoluci?n de un todo, un infinito, un caos instant?neo de carne y c?scara, de arena y ola y nube y fr?o y sol, todo hecho total y ?nico, todo abel y ca?n, david y goliat, c?ncer y yo, todo cangrejo y yo. Y en espacio de aquel hueco inmenso y mudo, Dios y yo ?ramos dos. Conciencia?Conciencia, yo el tercero, el ca?do, te digo a ti (?me oyes, conciencia?). Cuando t? quedes libre de este cuerpo, cuando te esparzas en lo otro (?qu? es lo otro?), ?te acordar?s de m? con amor hondo; ese amor hondo que yo creo que t?, mi t? y mi cuerpo se han tenido tan llenamente, con un conocimiento doble que nos hizo vivir un convivir tan fiel como el de un doble astro cuando nace en dos para ser uno? ?y no podremos ser por siempre, lo que es un astro hecho de dos? No olvides que por encima de los otro y de los otros, hemos cumplido como buenos nuestro mutuo amor. Dif?cilmente un cuerpo habr?a amado as? a su alma, como mi cuerpo a ti, conciencia de mi alma; porque t? fuiste para ?l suma ideal y ?l se hizo por ti, contigo lo que es. ?Tendr? que preguntarte lo que fu?? Esto lo s? yo bien, que estaba en todo. Bueno, si t? te vas, d?melo antes claramente y no te evadas mientras mi cuerpo est? dormido; dormido suponiendo que est?s con ?l. ?l quisiera besarte con un beso que fuera todo ?l, quisiera deshacer su fuerza en este beso, para que el beso quedara para siempre como algo, como un abrazo, por ejemplo, de un cuerpo y su conciencia en el hond?n m?s hondo de lo hondo eterno. Mi cuerpo no se encela de ti, conciencia; mas quisiera que al irte fueras todo ?l, y que dieras a ?l, al darte t? a quien sea, lo suyo todo, este amar que te ha dado tan ?nico, tan solo, tan grande como lo ?nico y lo solo. Dime t? todav?a: ?No te apena dejarme? ?Y por qu? te has de ir de m?, conciencia? ?No te gust? mi vida? Yo te busqu? tu esencia. ?Qu? sustancia le pueden dar los dioses a tu esencia, que no pudiera darte yo? Ya te lo dije al comenzar: ?Los dioses no tuvieron m?s sustancia que la que tengo yo?. ?Y te has de ir de m? t?, t? a integrarte en un dios, en otro dios que este que somos mientras t? est?s en m?, como de Dios?
Publicado por Goizeder @ 15:23  | ESPACIO, J.R. Jim?nez
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