Martes, 21 de marzo de 2006
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ROSEAU VALLEY

Para George Odlum

Una palada de mirlos
sali? disparada desde el borde de la carretera
y la memoria trin? retrocediendo
m?s all? de la estremecida apisonadora


que asfaltaba el camino
este amanecer a trav?s de Roseau
hasta la f?brica de az?car, que rugi?
al detenerse, y del eco cada vez m?s amplio


de la ca?a, cuando sol?an cultivarla
en este dulce valle;
entonces, desde las flechas de las ca?as,
salieron disparados los mirlos, andanada


tras andanada de ac?litos,
convirtiendo todos los d?as en domingo
tras la huelga. Ahora no hay luz
en la f?brica abandonada.


Las vagonetas se oxidan sobre v?as muertas.
Se empez? a cultivar el pl?tano
y el para?so de un muchacho
cay? segado en gavillas de aleluyas.


Entre angostas trochas la hierba
se espesa. Un cruce esperar?
en vano el paso de las viejas estrofas de hierro
con su fragante carga.


El techo galvanizado y descolorido
de la f?brica cede. Las planchas combaten
las palanquetas del viento que arrancan
sus ?ltimos clavos, pero la capilla


de Jacmel, cuyas oraciones encadenan delicadamente
las mu?ecas unidas de los trabajadores (sus hombros
a?n doblados como la susurrante ca?a,
sea cual sea la cosecha), sigue siendo tan vieja


como el valle, y la letan?a
fluye con el acento de melaza
de los sacerdotes locales, no los de Breta?a
o Alsacia-Lorena. El incienso


sigue el mismo camino
que el humo de carb?n vegetal sobre una colina
que conecta Roseau con el para?so,
pero la f?brica perdi? el aliento.


?Cu?n verde y dulce la conserv?
junto a mi envejecida alma! Resplandece
aunque un fornido viento la ha barrido
con su impalpable guada?a, pero ?a d?nde


condujeron mis l?neas? No aportaron
consuelo como los sacerdotes franceses
o el Himno de los Trabajadores, que disociaba
el para?so de un incremento salarial,


ese lenguaje ofrec?a un amor que s?lo unos pocos
pod?an leer, a cambio de unas monedas de cobre,
s?lo aquellos labradores que compart?an los beneficios
de la comuni?n o del sindicato.


?De qu? sirvieron a esa amable gente del valle
mis loas a su serena luz verde?
Sobre las chimeneas y las chabolas
se cerr? y oscureci? el pu?o de una nube


gesticulando ante los rel?mpagos
de crepitantes, amplificados discursos
que dieron paso a un rugido de lluvia
procedente de las acequias de riego,


y la inundaci?n convocadora de camisas
se embals? con toda su fuerza
en torno a las puertas de la f?brica, desvi?ndose despu?s
desconcertada, sin saber qu? camino seguir.


Todos los espantap?jaros surgidos
de la cuneta con un grito crucificado
hab?an de alarmar a la sirena de la f?brica
o al ojo del campanario,


hasta que, como las desharrapadas ca?as
una vez quemada la cosecha,
sus calcinados tallos fueron aplastados
de nuevo por la Iglesia y el Gobierno,


pero un lunes marcharon ocupando toda
la carretera, con gavillas en el pu?o,
mientras las motocicletas de la polic?a ronroneaban
junto a ellos en direcci?n a la sede del gobierno,


y el r?o moreno fluy? colina arriba,
su griter?o serpente? en torno al Morne,
abandonando a su suerte a la vieja f?brica de az?car
para que se ocupara de la ca?a ella sola.


Mi mano compart?a la inquietud de
los trabajadores, pero ?cu?les eran sus poderes
ante esos andrajosos peones
que pasaban las hojas de mi Libro de las Horas?


Los demonios ense?an los dientes en una bandera y
el humo se eleva en espirales sobre un turiferario,
el aliento del drag?n del opio
hace un Lenin de Lucifer.


La sombra de guada?a de una
bandera segadora recorre
los campos de cereales, la ca?a
parti? con la flecha del mirlo,


y, junto con su cosecha, ?qu? desapareci??
?Mi fantas?a que en tiempos la convirti? en
?trigo oriental e inmortal?
o el peso de la indiferencia?


?Pero era realmente un reino diferente
el m?o? Las mitras y los peones pueden desplazar
las sombras de un cambio de r?gimen
sobre las casillas de los campos, pero mi regalo,


que no puede recompensar suficientemente
a esta isla, que no aport? una comuni?n
de las lenguas, cuya mano izquierda
nunca apret? las gavillas en uni?n,


sigue exudando la resina que gotea
de la c?lida axila de una colina, mientras
mi elecci?n del camino va emergiendo
de los anfiteatros del mar


para inhalar un vigorizante horizonte
por encima de los campanarios o las chimeneas donde
el latido de la apisonadora muere en el
aire indivisible, azul.
Publicado por wineruda @ 16:39  | Poes?a Imprescindible
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