Perdidas
No fue el morir: todos mueren
No fue el morir: ya habíamos muerto antes
en los accidente rutinarios –y nuestros comandantes
llamaron a la prensa, escribieron a nuestras casas.
y aumentó la estadística, todo por causa de nosotros.
Morimos en una página de almanaque que no era la nuestra.
Desparramados sobre montañas a cincuenta millas una de otra,
cayendo de cabeza en un pajar, peleando con un amigo,
nos encendimos en las líneas que nunca vimos.
Morimos como tías o perritos o extranjeros.
( Cuando dejamos la escuela sólo estos habían muerto
para nosotros, y comprendimos que estábamos así.)
En nuestros aviones, con nuevas tripulaciones, bombardeamos
los blancos del desierto o de la costa,
disparamos sobre los objetivos espiados, esperamos a ver qué tantos
nos apuntamos, y pasamos a la respuesta, y despertamos
una mañana, sobre Inglaterra, en operaciones.
No fue diferente: pero si morimos
no fue por accidente sino por error
( pero un error muy fácil de cometer).
Leíamos nuestras cartas y contábamos nuestros vuelos—
En bombarderos con nombres de muchachas, incendiábamos
las ciudades que aprendimos en la escuela—
Hasta que se nos acabó la vida. Nuestros cuerpos quedaron
con los de un pueblo que matamos sin conocerlo.
Cuando duramos lo suficiente nos dieron medallas;
cuando morimos dijeron: “Nuestras bajas son pocas.”
Dijeron: “Aquí están los mapas”; quemamos las ciudades.
No fue morir –no el tener que morir:
Pero la noche que morí soñé que estaba muerto,
Y las ciudades me dijeron; “Por qué estás muriendo?
Estamos contentas porque lo estás; pero ¿por qué morí yo?
La ametralladora
La sangre destrozada, la llama que persigue,
la máscara perforada y la granada florecida
no son aplacadas –ni la cara que ardió
donde enfocaron los reflectores;
en las manos soldadas está nuestra época
y nuestros destino en la cara de hule—
En el trípode del artillero , negro de aceite,
escupe y abre la boca la pitonisa.
La muerte del artillero en la esfera de plexiglas
Salí del sueño de mi madre en el Estado,
y me enrolé en su vientre hasta que el abrigo mojado
se me heló.
Libertado, a seis millas, del sueño de vida de la tierra,
me desperté al negro fuego antiaéreo y la pesadilla de los cazas.
Cuando morí me lavaron de la esfera con una manguera.