Lunes, 17 de abril de 2006
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Perdidas


No fue el morir: todos mueren
No fue el morir: ya hab?amos muerto antes
en los accidente rutinarios ?y nuestros comandantes
llamaron a la prensa, escribieron a nuestras casas.
y aument? la estad?stica, todo por causa de nosotros.
Morimos en una p?gina de almanaque que no era la nuestra.
Desparramados sobre monta?as a cincuenta millas una de otra,
cayendo de cabeza en un pajar, peleando con un amigo,
nos encendimos en las l?neas que nunca vimos.
Morimos como t?as o perritos o extranjeros.
( Cuando dejamos la escuela s?lo estos hab?an muerto
para nosotros, y comprendimos que est?bamos as?.)

En nuestros aviones, con nuevas tripulaciones, bombardeamos
los blancos del desierto o de la costa,
disparamos sobre los objetivos espiados, esperamos a ver qu? tantos
nos apuntamos, y pasamos a la respuesta, y despertamos
una ma?ana, sobre Inglaterra, en operaciones.
No fue diferente: pero si morimos
no fue por accidente sino por error
( pero un error muy f?cil de cometer).
Le?amos nuestras cartas y cont?bamos nuestros vuelos?
En bombarderos con nombres de muchachas, incendi?bamos
las ciudades que aprendimos en la escuela?
Hasta que se nos acab? la vida. Nuestros cuerpos quedaron
con los de un pueblo que matamos sin conocerlo.
Cuando duramos lo suficiente nos dieron medallas;
cuando morimos dijeron: ?Nuestras bajas son pocas.?


Dijeron: ?Aqu? est?n los mapas?; quemamos las ciudades.
No fue morir ?no el tener que morir:
Pero la noche que mor? so?? que estaba muerto,
Y las ciudades me dijeron; ?Por qu? est?s muriendo?
Estamos contentas porque lo est?s; pero ?por qu? mor? yo?




La ametralladora

La sangre destrozada, la llama que persigue,
la m?scara perforada y la granada florecida
no son aplacadas ?ni la cara que ardi?
donde enfocaron los reflectores;

en las manos soldadas est? nuestra ?poca
y nuestros destino en la cara de hule?
En el tr?pode del artillero , negro de aceite,
escupe y abre la boca la pitonisa.




La muerte del artillero en la esfera de plexiglas




Sal? del sue?o de mi madre en el Estado,
y me enrol? en su vientre hasta que el abrigo mojado
se me hel?.
Libertado, a seis millas, del sue?o de vida de la tierra,
me despert? al negro fuego antia?reo y la pesadilla de los cazas.
Cuando mor? me lavaron de la esfera con una manguera.
Publicado por wineruda @ 16:23  | Poes?a Imprescindible
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