viernes, 28 de abril de 2006
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SEGUNDO TESTAMENTO
(Fragmento)



SIENTO hambre: servidme el universo.
Con todos mis dientes trituro este cometa.
Abrazo un continente, lo doy, a mis versos,
Pues en vosotros, versos míos, vendrá a releerse.

Tengo sed: traedme a ese río que obedece
Como un perro. ¡Fábula, hay que embriagarse!
A mi salud bebo este vaso de mi sangre,
Pues es a ti, sangre, a quien dicto mi libro.

En lo más hondo de mí se instala el horizonte,
Descansa y sueña: enviadle las islas.
Por la palabra evita su prisión el espacio
Y la rosa tiene derecho a creerse un reptil.

El volcán se libera y busca mis rodillas.
¡Plantad en mis ojos la silvestre alheña!
Montaña mía, árbol mío, ¿hay nada más dulce
Que mi pupila en donde el paisaje se refunde?

El océano acude. El simún está en flor. A través
De los prados conduzco mi rebaño de lunas.
Y alrededor de mí gira el ecuador, mi amigo,
Sabiendo que en mi verbo radica su fortuna.

No busquéis: vuestra patria está en mi frente.
Minarete de cristal, hipocampo, hora triste:
Sin mí sólo seríais palabras, juramentos.
Vosotras sois la prueba: ¿es verdad que yo existo?

Cosa naciente: en mí vendrás a inventarte;
Viviré de tu engaño y tú vivirás de mi vértigo.
Si aún no tienes nombre te llamaré “belleza”.
¿Qué significo yo para mí? Una palabra que me corrige.

Estos raíles de mi frente, ¿para qué jadeante tren son?
El vals habla de suicidio junto a mi oído.
El ojo descendió a mis rodillas y si órbita espera
Alguna víbora. La maravilla está ya corrompida.

Sobre mi nuca ahora un buitre se pasea.
Mi clavícula repica al son de la tormenta.
Mi corazón de caucho, se mueve por amor
Sin saber que en la cloaca está su sitio dispuesto.

Mi vientre desapareció bajo los murciélagos.
Voy, vengo, camino sobre mis propias entrañas.
¡Vértebras, alzaos! Haré una apuesta:
Mañana entregaréis las más ricas semillas.

Legaré mi fábula a este endeble carnero.
Viviremos tan sólo para realizar el intercambio;
Yo estoy cubierto de lana. ¿Escribe él a tientas?
El mundo es cierto únicamente si yo lo desordeno.

Legaré mi aliento a la sedienta encina
Para que pueda, de noche, subir al otero
Y nombrarme su emisario frente al mar,
Cerca de las encinas muertas y las flores ocultas.

Un solo honor me queda: haberme comprometido.
Ignoro la esperanza, que es un falso remedio
Para quien ve en la palabra mil palabras enemigas.
¡Hermosa fábula, para mí, que te escribo, eres horrible!

Sólo tengo un deseo: ser al fin despreciado.
Pronto llegará el puro instante de mi delirio.
¿Vive acaso el poeta de falsos sortilegios?
El poeta sólo conoce un derecho divino: contradecirse.

He hecho mi examen con toda lucidez.
Nada puedo hacer por mí; que me acepten o me destierren.
Incluso el miedo en un día de verano me refresca.
A una desesperación sucede otra más leve.



Y ahora, están ahí, todos esos viejos barcos
Que navegaban inmóviles-¡alerta, capitanes!-,
Los mercaderes de rocío que tan temprano se levantan,
La amante sin nombre que se abrió las venas,

El río corrosivo, el reino sin rey,
El poeta armado que declara a sus hombres:
“Rematemos a los heridos; los perros tienen frío
Y debemos alimentarlos; hay que economizar”,

El pintor perseguido por un árbol amistoso,
El desconocido proverbio que duerme en su lenguaje,
El niño que dice: “Ese ecuador me odia”,
El submarino hundido por la dulce música,

La carne que carece de amor, el amor que carece de carne,
La multitud que protesta: “¿Dónde están nuestras colonias?”,
La jirafa sorprendida que va sola al concierto,
La palabra demasiado vulgar que el poeta rechaza,

El tragaluz sin sol abierto hacia el exilio,
El sordomudo que decapita un flamenco rosa,
Los girasoles en su huida-¿adónde irán?-
Sólo hay una fe ciega en la metamorfosis;

Todo está ahí presente: los recuerdos falseados,
Los remordimientos escritos, el amor que espera.
Matanza a mascarada, ¡vamos a explicarnos!
Pues no me soporto como soy: me invento.



Desgracia, dulce desgracia: escritor me considero.
Me atrevo a nombrar el cielo, a traducirlo.
Mi carne demasiado redactada quiere ser carne en vano.
Mi sol novelado no podrá brillar nunca.

Drama, dulce drama: pongo en verso a la rosa.
Domo al antílope, aunque esté mal escrito.
Rosa ahogada en tinta, antílope a la inversa,
Vivir es para mí buscar una imagen insólita.

Crimen, crimen sin nombre: yo me vuelvo demasiado abstracto.
¿Existo? ¿No existo? Mi sueño se esfuerza
En prolongar lo absurdo y reírse de lo cierto.
¿Para quién combatieron entonces mis verdades?

Mi palabra está enferma, y mi verbo gastado.
Sé que la ardilla se llama “juego de espuma”.
La palabra que vive no es la misma que se lee.
Mi verdadero nombre será mi nombre póstumo.

Mi palabra se muere. ¿Para qué salvarla?
Sé que la piedra se llama “crisantemo”.
El poeta es un santo que se siente depravado.
Yo soy el demagogo que lucha contra sí mismo.

Mi palabra mejora, mi palabra revive.
¿Acaso para enfrentarse con mis falsos pensamientos?
Lenguaje, apártame sin pedir mi opinión.
Yo sé que la hormiga se llama “novia”.



Mi instinto calculador debe desprenderse
De mí, de mis remordimientos. ¿Qué haces, libélula?
La cascada brotó y el árbol va a bailar.
Yo no puedo ser yo sino siendo un sonámbulo.

Primavera, a tu enfermiza dicha me abandono.
Las alas de las lilas de continuo me fastidian.
En mi cielo, los canarios son navajas.
En cada palma nace una flor submarina.

¿Para qué resistirme? Me gusta el carnaval.
Lo ilusorio es incierto. Abro el telegrama.
Me anuncia una visita: un viejo caballo
Que ha querido morir en mi poema ardiente.

Cuido a la gaviota agotada por su vuelo.
Al borde de mi estanque los cerezos galopan.
La luna pensionada que habita el entresuelo
Me pregunta riendo: “¿Acaso eres misántropo?”

La guitarra, como un tigre, está al acecho.
La orquídea sobre el diván sonríe. La lluvia dice
Palabras de desengaño: “El arte está en negar todo”.
Pero el sol responde: “El arte es la mentira”.

Cada mueble prepara un poema secreto.
La cerradura me dice: “Escondo un cuadrúpedo”.
La puerta derribada vuelve a su bosque.
¡Dormid, plátanos emigrantes de mi posesión!



Disculpad la opinión que tengo de este mundo absurdo.
Yo vivo de un vicio: se le denomina “poesía”,
Yo no soy responsable, pues sólo estoy de paso.
Esta existencia en verso yo no la he elegido.

Me adentro en mí, me vuelvo y me veo fuera.
Soñaba un gran libro, y sólo es mi epitafio.
Al hablar de tortura me siento confortable.
Estoy tan decepcionado que de mí se ríe la Nada.

Yo quisiera transformarme de nuevo en mi amigo.
A mi casa me invito: el privilegio es extraño.
Yo, frente a mí, nos volvemos esos eternos rivales
Que para siempre la irrazonable razón separa.

Cada día me obstino en definirme nuevamente,
Pero sólo consigo definir el mundo. Me opongo
A las más pequeñas verdades. Somos sus mártires.
Cada cosa es siempre un nombre de esa cosa.



Me gustaría mucho que el manzano fuera un manzano,
Que la palabra “colina” abrazara a la colina.
¿Es todavía posible, objetos desengañados, que me améis
Si cada día que pasa os mato con mi rebeldía?

¿Es necesario que el guijarro se vuelva guijarro
Y que la guitarra termine siendo una guitarra?
¡Verdad traicionada! Yo dirijo un ballet
De sagradas mentiras y bárbaros poemas.

Si la nieve fuera nieve, moriría de frío,
Pero la nieve arde en mis palabras. Descompongo
Sin cesar el reloj de lo real. Me opongo a mis leyes.
Un árbol es más feliz si vuela como un águila.



El químico me dice: “El oro puro ya no es oro,
Sino un río dormido que de pronto se despierta”;
El sabio: “Esta manzana caída, se yergue
Sin esfuerzo, avanza y se une a las abejas”;

El armador: “En el fondo del barco llevo
Al cielo moribundo, apuñalado por los rayos”;
La desconsolada bailarina: “Mis senos serían bellos
Si las estatuas del rey murieran cuando paso”;

El guarda del parque: “El álamo me escribe
Desde hace treinta años cartas de amenaza”;
El tímido geógrafo: “Algunas desamparadas islas
Van errantes por las calles: busquémosles sitio”;

El astrólogo: “Mi estrella perdió su poder,
Va de puerto en puerto, vulgar, como un grumete;
El espacio ha desaparecido y sobre los tejados
De la ciudad podemos ver a la luna que tose”.

El agente de bolsa: “En mi banco se ha ahorcado un caballo,
Que me leía versos el día de la quiebra”.
El cirujano: “El niño mordido por la estrella
Tendrá unos ojos de meteoro: lo merece”.



Remátame: yo soy mi propia emboscada.
¿Para qué brindar por el impuro milagro de existir?
Mi lenguaje ensucia a mi poema rastrero.
Mi memoria trastornada se busca un nuevo amo.

Ni ser vivo, ni cadáver. ¿Es ése mi estado?
Yo vivo en el error. ¡Universo, te ofendo!
Pues sólo contra mí cometo estos atentados.
Ni siquiera puedo reducirme al silencio.

¿Qué significa existir? Existo, sin ser yo.
Confundo el exilio, la existencia y el éxtasis.
Pero ser uno mismo es agravar el propio desconcierto.
Vivir es vivir muerto entre las frases.
Publicado por Goizeder @ 11:43  | Poesía Imprescindible
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