Mi?rcoles, 07 de junio de 2006
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Anestesia Final

La muerte bajo el agua
y la noche navega lentamente.
Herida va mi sangre,
m?s ligera que el sue?o
y el despertar sediento del inicial recuerdo.
Una mortal navegaci?n a oscuras,
mar?timo dolor, cristal amargo;
un estar descendiendo
sin encontrarse asido,
como un r?o que fuera de los pies a las manos
junto al sopor nocturno;
un tornar las cortinas de la sangre,
la boca atropellada de silencios,
como si labios h?medos
cayeran en mi huella
deletreando ausencia entre las manos.
?Qui?n asciende hasta el ?ltimo suspiro?
?Qui?n bebe la cicuta del agua entre la muerte?
?Qui?n destroza el silencio?
?Qui?n en silencio vive?

Dejo flotar mi piel
a trav?s del cristal en que me ahogo
como espejo en la noche,
m?s delgada mi sangre y mis nervios al aire:
esfuerzo que me hunde en lo destruido,
voraz calor que me devora.
El sonido, ah c?mo sabe a r?o,
urdido como estrellas apenas presentidas,
resbala por la piel de mis espaldas
cuando descubro, trunco,
el tallo derrotado en que me creo;
su beso es el comienzo de la muerte,
el negro navegar
y la escala sin brazos.
Me hundo en un oc?ano de yodo;
sabor de invierno lecho en selva de mi carne,
cazadora nocturna,
que herida ya en su forma
desc?brese en dolor adormecida.
As? me voy perdiendo cercado en mis contornos,
cercano a mi silencio
cuando navego en aguas de la muerte.



El viaje de la tribu

Oto?o sitia el valle, iniquidad
desborda, y la sacr?lega colina al resplandor
responde en forma de venganza. El polvo mide
y la desdicha siente quien galopa
adonde todos con furor golpean:
prisionero asistir al quebrantado c?rculo
del hijo que sorprende al padre contemplando
tras la ventana obstruida por la arena.
Sangre del hombre v?ctima del hombre
asedia puertas, clama: "Aqu? no existe nadie",
mas la mansi?n habita el b?rbaro que busca
la dignidad, el yugo de la patria
interrumpida, atroz a la memoria,
como el marido mira de frente a la mujer
y en el cercano umbral la huella ajena apura
el temblor que precede al infortunio.

Hierro y codicia, la impotente lepra
de odios que alentaron rapi?as e ilusiones
la simiente humedece. Al desaf?o ocurren
hermano contra hermano y sin piedad
tornan en pausa el reino del estigma:
impulsa la soberbia el salto hacia el vac?o
que al declinar del viento el ?guila abandona
figurando una estatua que cay?.

Volcada en el escarnio del tropel
la tarde se defiende, redobla la espesura
ante las piedras que han perdido los cimientos.
Su ofensa es compasi?n cuando pasamos
de la alcoba dorada a la sombr?a
con la seguridad de la pavesa: apenas
un instante, rel?mpago sereno cual soldado
ebrio que espera la degradaci?n.

De ni?os sonre?mos a la furia
confiando en el rencor y a veces en la envidia
ante el rufi?n que de improviso se despide
y sin hablar desciende de la bestia
en busca del descanso. El juego es suyo,
m?scara que se aparta de la escena, cat?strofe
que ama su delirio y con delicia pierde
el ?ltimo vestigio de su ira.

Vino la duda y la pasi?n del vino,
cuerpos como pu?ales, aquello que transforma
la juventud en tiran?a: los placeres
y la tripulaci?n de los pecados.
Un estallar alzaba en la deshonre
el opaco tumulto y eran las cercan?as
ignorados tambores y gritos y sollozos
a los que entonces nadie llam? "hermanos".

Al fin cre? que el d?a serenaba
su propia maldici?n. Las nubes, el desprecio,
el sitio hecho centella por la amorosa frase,
vajilla, aceite, aromas, todo era
un diestro apaciguar al enemigo,
y descubr? despu?s sobre el naufragio tribus
que iban, eslabones de espuma dando tumbos
ciegos sobre un costado del nav?o.
Publicado por wineruda @ 16:02  | Poes?a Imprescindible
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