Jueves, 15 de junio de 2006
fotos.miarroba.com



Ciudades

Ciudades son im?genes.
Basta con un cuaderno de escolar para hacer
la absurda vida de la poes?a
en su primera infancia:
extra?eza elevada al cubo de Durero,
y un dolor que no alcanza a ser ?l mismo,
melanc?licamente.

Dos ratas blancas giran en un c?rculo
a la velocidad de la neurosis;
despu?s de darme vueltas sesenta d?as justos
en el gran mundo como en la jaula,
me concentro en un solo pensamiento:
ratas que giran.

Blanca, velluda, diminuta esfera
partida en dos mitades que brincan por juntarse,
pero donde el tajo, la perpleja lisura
y el dolor, ahora est?n esas patitas,
y en medio de ellas sexos divisorios,
sexos compensatorios.
Nos salen cosas donde fuimos seres
aparte enteramente, enteramente aparte.
Cinco minutos de odio, total... cinco minutos.

Ciudades son lo mismo que perderse en la calle
de siempre, en esa parte del mundo, nunca en otra.

?Qu? es lo que no podr?a dar lo mismo
si se le devolviera al todo, en dos palabras,
el ser mezquinamente igual de lo distinto?
Sol del ?ltimo d?a; ?qu? gran punto final
para la poes?a y su trabajo!

En el gran mundo como en una jaula
afino un instrumento peligroso



La musiquilla de las pobres esferas

Puede que sea cosa de ir tocando
la musiquilla de las pobres esferas.
Me cae mal esa Alquimia del Verbo,
poes?a, volvamos a la tierra.
Aqu? en Par?s se vive de silencio
lo que t? dices claro es cosa muerta.
Bien si hablas por hablar, ?a lo divino?,
mal si no pasas todas las fronteras.

Digan, al fin y al cabo, lo que quieran:
en la profundidad de la ignorancia
suena una musiquilla verdadera;
sus auditores fueron en Babel
los que escaparon a la confusi?n de las lenguas,
gente anodina de los pisos bajos
con un poco de todo en la cabeza;
y el poeta m?s loco que sagrado
pero con una locura con su cuerda
capaz de darle cuerda a la alegr?a,
capaz de darle cuerda a la tristeza.

No se dirige a nadie el coraz?n
pero la que habla sola es la cabeza;
no se habla de la vida desde un p?lpito
ni se hace poes?a en bibliotecas.

Despu?s de todo, ?para qu? leernos?
La musiquilla de las pobres esferas
suena por donde sopla el viento amargo
que nos devuelve, poco a poco, a la tierra,
el mismo que nos puso un d?a en pie
pero bien al alcance de la huesa.
Y en ning?n caso en lo alto del coro,
Bizancio fue: no hay vuelta.

Puede que sea cosa de ir pensando
en escuchar la musiquilla eterna.



Pena de extra?amiento

No me voy de esta ciudad con la resignaci?n de los visitantes en tr?nsito
Me dejo atar, fascinado por ella
a los recuerdos del presente:
cosas que no tuvieron, por definici?n, un futuro pero que, ciertamente, llegaron a envejecer, pues las dejo a sabiendas de que son, talvez, las ?ltimas elaboraciones del deseo, los caprichos l?biles que preanuncian la vejez.

En una barraca, cerca de Nueva York, el martillero liquid? el saldo de su negocio ?un stock de fotograf?as antiguas?
ofreci?ndolas a gritos en medio de la risotada de todos:
"Antepasados instant?neos", por unos centavos
Esos antepasados eran los m?os, pues aunque los adquir? a vil precio no tardaron, sin duda, en obligarme a la emoci?n ante el puente de Brooklyn
como si Manhattan, que se enorgullece de volatilizar el pasado
conserv?ndolo en el modo de la instigaci?n a desafiarlo
fuera mi ciudad natal y yo el hijo de esos antiguos vecinos de los que la voz gutural hace irrisi?n, y el martillo.

No me voy de esta ciudad sin haber amado aqu?
a la mujer que conoc? y no conoc? ni haber agotado la vida conyugal
reflotando en el negocio de plantas o antig?edades.

La isla dispone de fantasmas artificiales con que llenar los huecos de la contra-historia
Ellos ocupan en la memoria, con la naturalidad que ?sta se perite en relaci?n a la nada
el lugar de los verdaderos ausentes: caras que vi en las bouffoneries del Soho directement angeliques: esas muchachas ca?das de la luna a la nieve
vestidas de pierrot y sus acompa?antes andr?ginos
fueron y no fueron mis amigos de juventud
Se congelan l?grimas que son de fr?o
pero que memorizan, asimismo, a John Lennon
Reconozco la nieve de anta?o, que cae
sobre Blecker Street en este d?a acr?nico
mientras se hace de noche a la velocidad simult?nea del vuelo de un murci?lago
y pasan pel?culas de mi tiempo en mi barrio.

Como si me retuviera alg?n negocio en la ciudad
veo a Cary Grant e Irene Dunne
que acaban de morir en una vieja comedia
v?ctimas del capricho de uno de los primeros autom?viles deportivos (la m?quina del glamour)
Sigo sus apariciones y desapariciones
?una cita de Meli?s en la magia blanca y sonora de Hollywood?
la sorpresa de esta pareja se espejea en ellos- los transparentes- por gracia del celuloide.

Como mis propios fantasmas, esos figurines inveros?miles
evocan, de manera en s? misma realista, alguna ?poca acr?nica de lo imaginario
Son los antepasados instant?neos de los deseos que provocan
en la inocencia total de sus reencarnaciones o desplazamientos
desde su absoluta lejan?a en blanco y negro
El beso final no ocurre en la pantalla
sino entre la pantalla y la media luz de la sala
un corte insubsanable en que se juntan y se besan el presente y el pasado: labios incompatibles que ninguna comedia puede reunir.

Lo que me ata a la ciudad es todav?a m?s irreal que ese beso blanco, que connota glamour, escrito en la luz centelleante
(el placer del ojo en el para?so de la visi?n artificial)
Haciendo el reconocimiento de c?mo es lo que no es hic el nunc, en el Blecker Cinema
Esta ciudad no existe para m? y yo no existo para ella
all?, en ese punto en que los tiempos convergen bajo la especie de la Duraci?n
Existe para m?, en cambio, en la medida en que logro destemporizarla desalojarla
por unos contrasegundos, de la convenci?n que marca el reloj
con sus pasitos de gato en la rutina del living
Trabajo que H?rcules no se so?aba en franca competencia con la Meditaci?n Trascendental
Si yo lo consiguiera, sentir?a apoyarse desaprensivamente en mi brazo (el de Cary Grant) la mano enguantada
pronta a desaparecer, de una muerta: Irene Dunne
?frisson nouveau? y entre la pantalla y la media luz de la sala
(borrado ya del tiempo el d?a de mi partida: dos de enero de mil novecientos ochenta y uno)
Se tocar?an (no) como para cualesquiera de los espectadores
?gatos descongelados en el invierno de Nueva York?
pasado, presente y futuro
en una unidad de medida que re?na esos tiempos incompatibles para ellos y para m?, pero no para ellos: los veros vecinos de Washington Square.
A diferencia m?a ellos permanecer?n, de hecho, en la ciudad, con el aval de sus antepasados a quienes, a lo mejor, pusieron en subasta por unos centavos
y que yo mismo adquir? en una barraca.

De una memoria de la que mi memoria se hace cargo
en la borrada fecha del dos de enero, mi cuerpo tomar? el avi?n para hacer, en los meros hechos, de algunas calles cuyos nombres ya no recuerdo
y de ciertos rincones que nadie volver? a ver
recuerdos sin objeto ni sujeto
Eso en lo que concierte a mi cuerpo, mientras el invisible ciudadano de esos rincones y esas calles
tan innotorio como lo son, al fin y al cabo, entre s?
diez millones de habitantes
seguir? aqu?, delegado por la memoria
que llega a la aberraci?n y toma entonces
no s?lo la forma de mi sombra:
mi existencia hecha de algo que se le parezca
Ese doble abrir? en m? un hueco que yo mismo no podr?a llenar con las anotaciones de mi diarios de viajes
No me proporcionar? los est?mulos a los que necesite responder cuando me pregunten en mi pueblo por la Megal?polis
Vivir? en m? de ella, simplemente, como el hu?sped del mesonero coadyuvando a que mi vida sea
una versi?n del discours sur le peu de realit?
Porque la realidad estar? all? donde ese par?sito del ser se pasee gozando de su inanidad
en tanto miseria sonora de estos versos y m?s all? del lenguaje y de la vida que me sustraiga ma?ana cuando como un cuerpo sin la mitad de su alma
despojado del terror que fascina, habite
en cualesquiera de esas medio-ciudades, defectuosas copias de Manhattan y, por lo tanto, ruinas -nuestros nidos- antes, despu?s y durante su construcci?n algunos de mis puntos de destino cuando me vaya y no me vaya de aqu?.
Publicado por wineruda @ 15:35  | Poes?a Imprescindible
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios