Soneto del volador de cometas
Nada acepto, excepto la eternidad,
en este viaje ambiguo que me lleva
al altar absoluto que, en la niebla,
aguarda mi inanidad.
Lo que soñé de niño, hoy es cierto:
la blanca estación que en mi silencio nieva
el invierno de una ficción primera
que fue sol, cegó a la misma claridad.
A la hora final de todo, apartadas
queden las dos comparsas del destino,
que tiene el sabor de la ceniza en el último aliento.
La muerte guarde en cueva a los vejados
restos del hombre maduro; que el niño
vuela la cometa y vive al viento.