Domingo, 09 de julio de 2006
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CANTO IV

Lo que siento en mi sangre como un reloj de arena,
cerca de alg?n retrato, del hilo y del salero;
lo que escucho en mi sangre como un rumor del d?a,
cuando una mariposa de la noche
viene a besar la sombra de nuestro coraz?n;
lo que escucho en mi sangre como acordes de luto,
cuando todo se apaga y todo es un ayer,
con rostros, con cenizas y manos en la sombra;
lo que escucho en mi sangre como grano que cae
en la penumbra de los aposentos,
donde el espejo de hundida confidencia
destruye vanamente las m?scaras del hombre:
lo que escucho en mi sangre como flautas del sol,
cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia
como en una lejana colina de vendimias;
cuando el pensamiento transforma mis secretos
en abismos de yedras,
y reclino mi frente sobre el vino nocturno;
cuando siento mis pasos en la tierra,
cuando digo: tierra,
y s? que estoy aqu? ilumin?ndome,
am?ndola y oyendo su mandato, que es el existir,
en lo que desciende en secreto hacia mi muerte:
rumor que me sostiene y me dibuja
en mi retrato antiguo,
con un halc?n sobre el hombro,
en la penumbra de tus olivares:
marco de la conciencia,
enigma de viejos muros,
ca?da de la luz en la tristeza,
heno en la tarde, nubes de soledad,
higueras de la noche en forma de esqueletos,
mirada hacia la sombra del jaguar.
No somos habitantes de la luz.
Hay lenguas de tinieblas y signos ardorosos
danzando en torno nuestro.
Se nos cae la mirada en anillos de luto,
en juncales de miedo, en estrellas de plata.
La frente va perdida, como r?faga fr?a
por la humedad nocturna de los espantap?jaros.
?Cuando sale de ti mi oscuro andar?
Atr?s quedan abismos en que mis ojos caen.
El hombre es de la noche que lo sigue,
sue?o que el sol defiende,
par?ntesis de incierta maravilla,
imagen que derriba la tiniebla.
A?n mi madre contempla tu retrato
y en su cabello blanco se hace un lejano resplandor.
Aqu? en la tierra estoy, aqu? en la tierra,
y en tu muerte, disperso en mis sentidos.
Y persisten los ojos, las brasas del peligro.
Y el h?bito de andar por los sonidos,
por la humedad, la risa, las tinieblas,
donde las lumbres danzan
como reminiscencias de muertes familiares.
Y todo avanza en m? y todo cae, y todo es un rumor,
un acercarse y amar, y un sufrir por lo amado,
y un llevarlo todo al sue?o
y hacer de la tierra un sue?o.
Y es lo que viene ardiendo, sonando como un trueno
sobre un ni?o,
desde tu vida dura, desde tu muerte sola,
tu muerte semejante a una llanura,
donde curva la noche su lentitud de estrellas,
con un rumor de cascos, de piedras, de esqueletos,
con guitarras ca?das junto al coraz?n,
con una copla del diablo,
con el azufre del Tirano Aguirre
danzando en las colinas
y lejanos rel?mpagos antiguos
en un denso horizonte con sombras de diluvio,
y el viento que resuena sobre el sordo tambor
de la tierra caliente,
del agua del caim?n y el venenoso diente.
Padre m?o, padre de mi hurac?n. Y de mi poes?a.
Publicado por wineruda @ 10:06  | Poes?a Imprescindible
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