Martes, 25 de julio de 2006
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Testigo de excepci?n





Un mar, un mar es lo que necesito.
Un mar y no otra cosa, no otra cosa.
Lo dem?s es peque?o, insuficiente, pobre.
Un mar, un mar es lo que necesito.
No una monta?a, un r?o, un cielo.
No. Nada, nada,
?nicamente un mar.
Tampoco quiero flores, manos,
ni un coraz?n que me consuele.
No quiero un coraz?n
a cambio de otro coraz?n.
No quiero que me hablen de amor
a cambio del amor.
Yo s?lo quiero un mar:
yo s?lo necesito un mar.
Un agua de distancia,
un agua que no escape,
un agua misericordiosa
en que lavar mi coraz?n
y dejarlo a su orilla
para que sea empujado por sus olas,
lamido por su lengua de sal
que cicatriza heridas.
Un mar, un mar del que ser c?mplice.
Un mar al que contarle todo.
Un mar, creedme, necesito un mar,
un mar donde llorar a mares
y que nadie lo note.



Hace tiempo

Recuerdo que una vez, cuando era ni?a,
me pareci? que el mundo era un desierto.
Los p?jaros nos hab?an abandonado para siempre:
las estrellas no ten?an sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sue?o equivocado.

S? que una vez, cuando era ni?a,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socav?n que se trag? a la vida,
un embudo por el que huy? el futuro.

Es cierto que una vez, all?, en la infancia,
o? el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los r?os y mis sienes,
se me call? la sangre, como si de improviso,
sin entender por qu?, me hubiesen apagado.

Y el mundo ya no estaba, s?lo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extra?eza rara, h?meda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascend?a hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haci?ndolos crujir.

Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo ten?a la dimensi?n de un hombre,
y yo estaba segura de que un d?a mi padre volver?a
y mientras ?l cantaba ante su caballete
se quedar?an quietos los barcos en el puerto
y la luna saldr?a con su cara de nata.

Pero no volvi? nunca.
S?lo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterr?nea que hab?a en sus pinceles
y una ni?a que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.



?taca

?Y qui?n alguna vez no estuvo en ?taca?
?Qui?n no conoce su ?spero panorama,
el anillo de mar que la comprime,
la austera intimidad que nos impone,
el silencio de suma que nos traza?
?taca nos resume como un libro,
nos acompa?a hacia nosotros mismos,
nos decubre el sonido de la espera.
Porque la espera suena:
mantiene el eco de voces que se han ido.
?taca nos denuncia el latido de la vida,
nos hace c?mplices de la distancia,
ciegos vig?as de una senda
que se va haciendo sin nosotros,
que no podremos olvidar porque
no existe olvido para la ignorancia.
Es doloroso despertar un d?a
y contemplar el mar que nos abraza,
que nos unge de sal y nos bautiza como nuevos hijos.
Recordamos los d?as del vino compartido,
las palabras, no el eco;
las manos, no el diluido gesto.
Veo el mar que me cerca,
el vago azul por el que te has perdido,
compruebo el horizonte con avidez extenuada,
dejo a los ojos un momento
cumplir su hermoso oficio;
luego, vuelvo la espalda
y encamino mis pasos hacia ?taca.




Frontera



Yo, que llegu? a la vida demasiado pronto,

que fui-que soy-la que se anticip?,

la que acudi? a la cita antes de tiempo

y tuvo que esperar en la consigna

viendo pasar el equipaje de la vida

desde el banco neutral de la deshora.



Yo, que nac? en el treinta, cuando es cierto

-como todos sab?is-que nunca deb? hacerlo,

que hubiera yo debido meditarlo antes,

tener un poco de paciencia y tino

y no ingresar en este tiempo loco

que cobra su alquiler en monedas de espanto.



Yo, que vengo pagando mi imprudencia,

que le debo a mi prisa mi miseria,

que hube de trocear mi coraz?n en mil pedazos

para pagar mi puesto en el desierto,

yo, sabedlo, llegu? tarde una vez a la frontera.



Yo, que tanto me hab?a anticipado,

no supe anticiparme un poco m?s

(al fin y al cabo para pagar

en monedas de sangre y de desdicha

qu? pueden importar algunos a?os).

Yo, que no supe nacer en el cuarenta y cinco,

comet? el desafuero, o?dlo,

de llegar tarde a la frontera.



Llegu? con los ojos cegados de la infancia

y el coraz?n en blanco, sin historia.

Llegu? (Se?or, qu? imperdonable)
con nueve a?os solamente.

Llegu?, tal vez al mismo tiempo que ?l

pero en distinto tiempo.

No lo supe.

(Oh tiempo miserable e injusto.)

Estuve all?-quiz? lo vi-

Pero era tarde.

Yo era peque?a

y ten?a sue?o.

Don Antonio era viejo

Y tambi?n ten?a sue?o.

(Se?or, qu? imperdonable:

haber nacido demasiado pronto

y haber llegado demasiado tarde.)
Publicado por wineruda @ 18:11  | Poes?a Imprescindible
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Comentarios
Publicado por [email protected]
S?bado, 19 de noviembre de 2011 | 3:30

  Desgarrador pero exquiso

Publicado por [email protected]
S?bado, 19 de noviembre de 2011 | 3:37

Bravooo   por el Premio Nacional e poesía

 

Publicado por [email protected]
Mi?rcoles, 19 de diciembre de 2012 | 14:04

 Conmueve leer a Francisca Aguirre, sentir con ella el aire detenido y maloliente de un tiempo que jamás debió existir.

 Me gustaría decirle que nos llega el dolor que se asombra en la cara de una niña a la que le robaron la primavera. Y seguramente todas las estaciones.

Si mi abrazo sirviera para algo se lo daría, pero ya...a estas alturas el dolor se ha quedado a dormir en su epidermis. Lo siento.