Domingo, 20 de agosto de 2006



CANTO EN EL SUR

Esta noche, en el sur
me he mirado en tus ojos.

Soy como t?,
de piel morena, oscura, oscura,
con estrellas metidas por dentro
y por fuera sudor, c?scara ruda.

Tengo la sangre hirviendo
como un sinuoso trueno derramado,
tengo las manos ?speras
como herramientas duras y soleadas;
tengo los ojos l?bricos
como l?bricas ra?ces.

Esta noche, en el Sur,
me he mirado en tus ojos.

Te vi ayer en el Norte;
vi en el Norte lo mismo, el mismo
y primario dolor sobre los cuerpos,
el aguardiente galopando a sorbos
y lo dem?s lo mismo: el mismo
brazo sudando a contraluz sangrienta,
el mayoral que brama entre los ?rboles,
los mismos ojos sin calor, la misma
temblorosa epilepsia del sudor,
los mismos exprimidos,
?los mismos coronados!

Esta noche, en el Sur,
me he mirado en tus ojos.

Soy como t?,
la misma turbulencia contra el mismo espejismo,
id?ntico remando bajo la misma noche.

Conservo el sortilegio
de estas zonas arb?reas que me cercan;
tengo la risa ronca
y estas anchas tristezas.


De piel morena, oscura,
pisando en el calor exasperado



Tormenta



La noche ha sido larga.

Como desde cien a?os
de lluvia,
de una respiraci?n embravecida
proveniente de un fondo de v?rtigo nocturno,
de un c?ntaro colorado
jadeando en la tierra,
el viento ha desatado su tempestad violenta
sobre el velo anhelante de la ilusi?n
ef?mera, sobre los fatigados menesteres
y t? y yo, en la colina
m?s alta,
en el rinc?n de nuestros dos silencios,
abrazados al tiempo del amor, desvel?ndonos.

Deja que el viento muerda sobre el viento.
Yo te cerrar? los ojos


Casa cautiva


Esta es la casa; es nuestra.
Esta es su m?sica; las exigencias todas
de la vida pasaron por sus habitaciones, por el ascua
quemante de sus fronteras; la locura de quienes emprendieron
una empresa m?s ancha que sus fuerzas, el sue?o
que los fue desgarrando, esa sal escogida
que salpic? las llagas de su vasto martirio.

Es nuestra. Aqu? resuenan
m?sicas melanc?licas, instrumentos que exaltan
querencias y alegr?as. Le pertenecen la quietud antigua
y los hechos sangrientos. Sus r?os, los espejos, recogieron despojos
de injuria y desventura (por eso es esta m?sica); obsedieron
a sus hijos colores de aturdidos rel?mpagos, sus manos
apresaron los frutos de una infausta cosecha.
Su m?sica es as?. Descansa ahora
en un boreal tembladeral de p?jaros, de plumas
amarillas, de crucifijos deslavados, rotos. Y es hora
de preguntarse ?qu? trajimos
para ungirla a un estado de habitaci?n del hombre;
se habr? sentido, como cal viva en los ojos, la tribulaci?n
de su destino? ?Qu? tembloroso c?ntaro
amasamos, qu? s?plica o trastorno,
qu? empe?o y asechanza para evitar la herida
de su piel, esa absorta mirada de sus ojos terribles
como una acusaci?n? ?Habremos, pues, cumplido
con el deber que hiciese merecer habitarla?

Es nuestra. Esta es su m?sica. ?Qu? rencores oscuros
le habr?n tejido esa circunferencia,
el halo que empurpura sus techumbres? ?La enemistad
como un osario vano entre sus hijos? ?El desconsuelo
de las cruces plantadas en su sue?o y la obliga
a prosternarse a solas junto a su sombra rota,
a la intemperie, al umbral del orgullo que vela su infortunio?

A saco habr?n entrado
en ella los Impuros, los c?mplices
del ritual del crimen; habr?n entrado a saco
con miserables m?scaras que engendra la codicia;
habr?n marcado un d?a tr?gico por sus muros.
tr?gico de fatalidad, esp?reo
como el inicuo cuervo sobre el ?rbol desierto
en cuya ra?z de hueso reposan los desnudos.
Su m?sica es as?, una cifra
de dulce acento humano, un anuncio
previo de acusaci?n anudado a la rueda del destino
y al p?rpado de los muertos, melod?a incesante en el desgaste
del desierto cubil, sonido desgajado
de un instrumento oscuro con imagen de reja y cautiverio.

Todo saldr? de aqu?, de su piedra
y su polvo, de su migaja el pan, de su venero
verde la cosecha, de las estancias tristes la temblorosa noche
de la revelaci?n y los rebeldes;
de aqu? la sangre, el fuego, de los cuencos vac?os la mirada
final y salvadora, como un amor que brota
de madrigueras hondas de escarnio y menosprecio.

No habr? ya que olvidar decir su nombre
de m?sica y quejumbre, ese nombre de selvas que prohij?
nacimientos,
muertes, inmolaciones, sea amarga sobre los labios,
del hombre; nombrarla en trance
marcarla a hierro lento en nuestros huesos;
a cada instante repetir su nombre (como triunfo o condena)
mentar esas se?ales remontadas a tiempos
de arcilla fatigada, de plumajes y tribus destruidas,
nombrarla siempre,
morder su nombre de sol inevitable
(como virtud o pecado), llevar su nombre en la carne
como esta lleva su corrupci?n, seguir nombr?ndola
y desvestirla toda con el rebozo intacto
de esa m?sica dulce, inmemorial, desamparada m?sica de un
anhelo insaciable.
Publicado por wineruda @ 10:44
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