EL columpio de SEAMUS HEANEY
LAS puntas de unos dedos te lanzaban
Lejos, muy lejos – hasta agarrar el vuelo-
Con un solo empujón el la espalda.
Tarde o temprano,
Fuimos aprendiendo , uno por uno, a viajar por los cielos,
Para atrás y para adelante en el cobertizo abierto ,
Remando , dedos en alto, doblados en el ángulo por los aires.
*
fregonad, no. Tampoco Brueghel. Era más
La luz de los cielos de Hans Memling lejos del césped,
Luz sobre los campos y los setos, la boca del cobertizo
Insolada y en espera, los jergones de paja
Apilados , como proscenio y bambalinas
De la natividad, en espera de sus imágenes.
Y luego , en pleno escenario, el columpio mismo
Con un viejo costal torcido en su recoveco al centro,
Perfectamente quieto , colgando como polea de soga,
Un señuelo puesto para tentar la elevación del alma.
*
Aún así, privilegiábamos los pies en la tierra. Ella
Se sentaba ahí, majestuosa como una emperatriz,
Hundiendo los hinchados pues, uno por uno,
En la palangana de esmalte, alimentándola
De vez en cuando con el opulento
Arco humeante de una tetera en el suelo
Junto a ella: Aquel chapoteo era música
AL oído; su sonrisa, una mitigación.
Cualquier luz que la diosa hiciera resplandecer
En torno a su predilecta salida del baño
Era justo lo necesario entonces, debía haber habido
Sábanas frescas, los buenos oficios concurrentes,
Procesión y asombro. En cambio , ella se ponía
Cada una de las medias elásticas, desenrollándolas
Como la vida misma, a quien no le fallaría y para la cual
No estaba destinada, Una vez, después de vaciar la palangana,
Salió a sentarse en el columpio para darnos gusto:
Ni fuera de lugar ni en su elemento,
Sólo tentada por aquello apenas un momento,
Recuperando a medias algo confuso a medias:
Dejarla a sus anchas, el instinto aconsejaba.
*
Para comenzar por cuenta propia, se aseguraba la soga
Contra los costados, por la espalda; se apoyaba en ella
Hasta tensarla y luego, de puntillas, a impulsarse
Lo más fuerte posible. Así se lanzaba por los aires
Algo aglomerado en la pequeñez de la espalda.
La cabeza casi tocaba el suelo, ante el rechinar del cobertizo.
*
Fuimos aprendiendo, uno por uno, a viajar a los cielos.
Los poblados se desvanecían en los aeródromos,
Hiroshima emitía luz de huesos humanos.
La nariz del Concorde emigraba hacia el futuro.
Y ¿quiénes éramos nosotros par desear colgarnos
Allá atrás a pesar de todo?
a pesar de todo, navegábamos
Más allá de nosotros mismos por arriba y por encima
De las vigas, con los omóplatos doloridos.
El toma y daca de las ramas en nuestros brazos.