Martes, 07 de noviembre de 2006




MI VOLUNTAD DE SER NO TIENE CIELO


Mi voluntad de ser no tiene cielo;
s?lo mira hacia abajo y sin mirada.
?Luz de la tarde o de la madrugada?
Mi voluntad de ser no tiene cielo.

Ni la penumbra de un hermoso duelo
ennoblece mi carne afortunada.
Vida de estatua, muerte inhabitada
sin la jardiner?a de un anhelo.

Un dormir sin so?ar calla y sombrea
el prodigioso imperio de mis ojos
reducido a los grises de una aldea.

Sin la ausencia presente de un pa?uelo
se van los d?as en pobres manojos.
Mi voluntad de ser no tiene cielo.



INVITACI?N AL PAISAJE



Invitar al paisaje a que venga a mi mano,
invitarlo a dudar de s? mismo,
darle a beber el sue?o del abismo
en la mano espiral del cielo humano.

Que al soltar los amarres de los r?os
la monta?a a sus m?rmoles apele
y en la cumbre el suspiro que se hiele
tenga el valor frutal de dos est?os.

Convencer a la nube
del riesgo de la altura y de la aurora,
que no es el agua baja la que sube
sino la plenitud de cada hora.

Atraer a la sombra
al seno de rosales jardineros.
(Suma el amor la resta de lo que amor se nombra
y da a comer la sobra a un palomar de ceros).

?Si el mar quisiera abandonar sus perlas
y salir de la concha...!
Si por no derramarlas o beberlas
?copa y copo de espumas? las olvida.

Qui?n sabe si la piedra
que en cualquier recodo es maravilla
quiera participar de exacta exedra,
taza-fuente-jard?n-amor-orilla.

Y si aquel buen camino
que va, viene y est?, se inutiliza
por el inexplicable desatino
de una cascada que lo magnetiza.

?Podr?n venir los ?rboles con toda
su escuela abecedaria de gorjeos?
(Siento que se aglomeran mis deseos
como el pueblo a las puertas de una boda).

El r?o all? es un ni?o y aqu? un hombre
que negras hojas junta en un remanso.
Todo el mundo le llama por su nombre
y le pasa la mano como a un perro manso.

?En qu? estaci?n han de querer mis hu?spedes
descender? ?En oto?o o primavera?
?O esperar?n que el tono de los c?spedes
sea el ?ngel que anuncie la manzana primera?

De todas las ventanas, que una sola
sea fiel y se abra sin que nadie la abra.
Que se deje cortar como amapola
entre tantas espigas, la palabra.

Y cuando los invitados
ya est?n aqu? ?en m?, la cortes?a
?nica y sola por los cuatro lados,
ser? dejarlos solos, y en signo de alegr?a
ense?ar los diez dedos que no fueron tocados
sino
por
la
sola
poes?a.



RECINTO

XVII

Las palabras emigran
y en la huida
los plurales abandonan las eses
y queda as? un rumor de viento manso,
de despueses y adioses,
de la actitud actriz que en nuestras manos
nos convence de ausencias.

Las palabras emigran y abandonan
el buen surco del verso que ya estaba
sembrado y las estrofas
revestidas de oro y las im?genes
frescas a?n en el espejo igual
de donde tan dif?cil es sacarlas.
En todas las ventanas
cuelga el ojo su fuego simult?neo
sobre cuatro horizontes silenciosos,
llenos a?n de huellas de la huida
de las palabras que te prefirieron
porque t? eres la causa de su suerte,
t?, poema, mejor que poes?a.


Primera intenci?n


La oda tropical a cuatro voces
ha de llegar sentada en la mecida
que amarr? la guirnalda de la orqu?dea.

Vendr? del Sur, del Este y del Oeste,
del Norte avi?n, del Centro que culmina
la pir?mide trunca de mi vida.

Yo quiero arder mis pies en los braseros
de la angustia m?s sola,
para salir desnudo hacia el poema
con las sandalias de aire que otros poros
inocentes le den.

A la cintura t?rrida del d?a
han de correr los j?venes aceites
de las noches de luna del pantano.

La esbeltez de ese d?a
ser? la fuga de la danza en ella,
la voluntad medida en el instante
del reposo estatuario,
el agua de la sed
rota en el c?ntaro.

Entonces yo podr?a
tolerar la epidermis
de la vida espiral de la palmera,
valerme de su sombra que los aires mutilan,
ser fiel a su belleza
sin pedestal, erecta en ella misma,
sola, tan sola que todos los ?rboles
la miran noche y d?a.
As? mi voz al centro de las cuatro
voces fundamentales
tendr?a sobre sus hombros
el peso de las aves del para?so.
La palabra Ocean?a
se podr?a ba?ar en buches de oro
y en la espuma flotante que se quiebra,
o?rse, espuma a espuma, gigantesca.
El deseo del viaje,
siempre deseo ser?a.
Del fruto verde a los frutos maduros
las distancias maduran en penumbras
que de pronto reto?an en tonos ni?os.

En la ciudad, entre fuerzas autom?viles
los hombres sudorosos beben agua en guan?banas.
En la bolsa de semen de los tr?picos
que huele a azul en carnes madrugadas
en el encanto l?brego del bosque.
La tortuga terrestre
carga encima un gran trozo
que cay? cuando el sol se hac?a lenguas.
Y as? huele a guan?bana
de los helechos a la ceiba.

Un tri?ngulo divino
macera su quietud entre la selva
del Ganges. Las pasiones
crecen hasta pudrirse. Sube entonces
el tiempo de los lotos y la selva
tiene ya en su poder una sonrisa.

De los tigres al boa
hormiguea la voz de la aventura
espiritual. Y el Himalaya
tom? en sus brazos la quietud nacida
junto a las verdes m?quinas del tr?pico.
Las brisas limoneras
ruedan en el remanso de los r?os.
Y la iguana nost?lgica de siglos
en los perfiles largos de su tiempo
fue, es, y ser?.

Una tarde en Chich?n yo estaba en medio
del agua subterr?nea que un instante
se vuelve cielo. En los muros del pozo
un jard?n vertical cerraba el vuelo
de mis ojos. Silencio tras silencio
me anudaron la voz y en cada m?sculo
sent? mi desnudez hecha de espanto.
Una serpiente, apenas,
desat? aquel encanto
y pas? por mi sangre una gran sombra
que ya en el horizonte fue un lucero.

?Las manos del destino
encendieron la hoguera de mi cuerpo?

En los estanques del Brasil diez hojas
junto a otras diez hojas, junto a otras diez hojas,
de un metro de di?metro
florean en un d?a, cada a?o,
una flor sola, blanca al entreabrirse,
que al paso que el gran sol del Amazonas
sube,
se ti?e lentamente de los rosas del rosa
a los rojos que horadan la sangre de la muerte;
y as? naufraga cuando el sol acaba
y fecunda pudri?ndose la otra primavera.

El tr?pico entra?able
sostiene en carne viva la belleza
de Dios. La tierra, el agua, el aire, el fuego,
al Sur, al Norte, al Este, y al Oeste
concentran las semillas esenciales
el cielo de sorpresas
la desnudez intacta de las hojas
y el ruido de las vastas soledades.

La oda tropical a cuatro voces
podr? llegar, palabra por palabra,
a beber en mis labios,
a amarrarse en mis brazos,
a golpear en mi pecho,
a sentarse en mis piernas,
a darme la salud hasta matarme
y a esparcirme en s? misma,
a que yo sea, a vuelta de palabras,
palmera y ant?lope,
ceiba y caim?n, helecho y ave-lira,
tar?ntula y orqu?dea, zenzontle y anaconda.
Entonces ser? un grito, un solo grito claro
que dirija en mi voz las propias voces
y alce de monte a monte
la voz del mar que arrastra las ciudades
?oh tr?pico!
y el grito de la noche que alerta el horizonte.
Publicado por wineruda @ 20:59  | Poes?a Imprescindible
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