S?bado, 20 de enero de 2007


UNA PALABRA

Yo tengo una palabra en la garganta
y no la suelto, y no me libro de ella
aunque me empuje su empell?n de sangre.
Si la soltase, quema el pasto vivo,
sangra al cordero, hace caer al p?jaro.

Tengo que desprenderla de mi lengua,
hallar un agujero de castores
o sepultarla con cales y cales
porque no guarde como el alma el vuelo.

No quiero dar se?ales de que vivo
mientras que por mi sangre vaya y venga
y suba y baje por mi loco aliento.
Aunque mi padre Job la dijo, ardiendo
no quiero darle, no, mi pobre boca
porque no ruede y la hallen las mujeres
que van al r?o, y se enrede a sus trenzas
y al pobre matorral tuerza y abrase.

Yo quiero echarle violentas semillas
que en una noche la cubran y ahoguen
sin dejar de ella el cisco de una s?laba.
O romp?rmela as?, como a la v?bora
que por mitad se parte con los dientes.

Y volver a mi casa, entrar, dormirme,
cortada de ella, rebanada de ella,
y despertar despu?s de dos mil d?as
reci?n nacida de sue?o y olvido.

?Sin saber m?s que tuve una palabra
de yodo y piedra-alumbre entre los labios
ni saber acordarme de una noche,
de una morada en pa?s extranjero,
de la celada y el rayo de la puerta
y de mi carne marchando sin su alma!



1. DESOLACI?N

La bruma espesa, eterna, para que olvide d?nde
me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.
La tierra a la que vine no tiene primavera:
tiene su noche larga que cual madre me esconde.

El viento hace a mi casa su ronda de sollozos
y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
miro morir intensos ocasos dolorosos.

?A qui?n podr? llamar la que hasta aqu? ha venido
si m?s lejos que ella s?lo fueron los muertos?
?Tan s?lo ellos contemplan un mar callado y yerto
crecer entre sus brazos y los brazos queridos!

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto
vienen de tierras donde no est?n los que no son m?os;
sus hombres de ojos claros no conocen mis r?os
y traen frutos p?lidos, sin la luz de mis huertos.

Y la interrogaci?n que sube a mi garganta
al mirarlos pasar, me desciende, vencida:
hablan extra?as lenguas y no la conmovida
lengua que en tierras de oro mi pobre madre canta.

Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;
miro crecer la niebla como el agonizante,
y por no enloquecer no encuentro los instantes,
porque la noche larga ahora tan solo empieza.

Miro el llano extasiado y recojo su duelo,
que viene para ver los paisajes mortales.
La nieve es el semblante que asoma a mis cristales:
?siempre ser? su albura bajando de los cielos!

Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
de Dios sobre m?; siempre su azahar sobre mi casa;
siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,
descender? a cubrirme, terrible y extasiada.



PUERTAS

Entre los gestos del mundo
recib? el que me dan las puertas.
En la luz yo las he visto
o selladas o entreabiertas
y volviendo sus espaldas
del color de la vulpeja.
?Por qu? fue que las hicimos
para ser sus prisioneras?

Del gran fruto de la casa
son la c?scara avarienta.
El fuego amigo que gozan
a la ruta no lo prestan.
Canto que adentro cantamos
lo sofocan sus maderas
y a su dicha no convidan
como la granada abierta:
?Sibilas llenas de polvo,
nunca mozas, nacidas viejas!

Parecen tristes moluscos
sin marea y sin arenas.
Parecen, en lo ce?udo,
la nube de la tormenta.
A las sayas verticales
de la Muerte se asemejan
y yo las abro y las paso
como la ca?a que tiembla.

??No!?, dicen a las ma?anas
aunque las ba?en, las tiernas.
Dicen ??No!? al viento marino
que en su frente palmotea
y al olor de pinos nuevos
que se viene por la Sierra.
Y lo mismo que Casandra,
no salvan aunque bien sepan:
porque mi duro destino
?l tambi?n pas? mi puerta.

Cuando golpeo me turban
igual que la vez primera.
El seco dintel da luces
como la espada despierta
y los batientes se avivan
en escapadas gacelas.
Entro como quien levanta
pa?o de cara encubierta,
sin saber lo que me tiene
mi casa de angosta almendra
y pregunto si me aguarda
mi salvaci?n o mi p?rdida.

Ya quiero irme y dejar
el sobrehaz de la Tierra,
el horizonte que acaba
como un ciervo, de tristeza,
y las puertas de los hombres
selladas como cisternas.
Por no voltear en la mano
sus llaves de anguilas muertas
y no o?rles m?s el cr?talo
que me sigue la carrera.

Voy a cruzar sin gemido
la ?ltima vez por ellas
y a alejarme tan gloriosa
como la esclava liberta,
siguiendo el cardumen vivo
de mis muertos que me llevan.
No estar?n all? rayados
por cubo y cubo de puertas
ni ofendidos por sus muros
como el herido en sus vendas.

Vendr?n a m? sin embozo,
oreados de luz eterna.
Cantaremos a mitad
de los cielos y la tierra.
Con el canto apasionado
heriremos puerta y puerta
y saldr?n de ellas los hombres
como ni?os que despiertan
al o?r que se descuajan
y que van cayendo muertas.



LA LLUVIA LENTA

Esta agua medrosa y triste,
como un ni?o que padece,
antes de tocar la tierra
desfallece.

Quieto el ?rbol, quieto el viento,
?y en el silencio estupendo,
este fino llanto amargo
cayendo!

El cielo es como un inmenso
coraz?n que se abre, amargo.
No llueve: es un sangrar lento
y largo.

Dentro del hogar, los hombres
no sienten esta amargura,
este env?o de agua triste
de la altura.

Este largo y fatigante
descender de aguas vencidas,
hacia la Tierra yacente
y transida.

Llueve... y como un chacal tr?gico
la noche acecha en la sierra.
?Qu? va a surgir, en la sombra,
de la Tierra?

?Dormir?is, mientras afuera
cae, sufriendo, esta agua inerte,
esta agua letal, hermana
de la Muerte?
Publicado por wineruda @ 19:17  | Poes?a Imprescindible
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