Domingo, 21 de enero de 2007




Cero



Y esa Nada ha causado muchos llantos
y Nada fue instrumento de la Muerte,
y Nada vino a ser muerte de tantos.
FRANCISCO DE QUEVEDO


Ya madur? un nuevo cero
que tendr? su devoci?n.
ANTONIO MACHADO



I

Invitaci?n al llanto. Esto es un llanto,
ojos, sin fin, llorando,
escombrera adelante, por las ruinas
de innumerables d?as.
Ruinas que esparce un cero ?autor de nadas,
obra del hombre?, un cero, cuando estalla.

Cay? ciega. La solt?,
la soltaron, a seis mil
metros de altura, a las cuatro.
?Hay ojos que le distingan
a la Tierra sus primores
desde tan alto?
?Mundo feliz? ?Tramas, vidas,
que se tejen, se destejen,
mariposas, hombres, tigres,
am?ndose y desam?ndose?
No. Geometr?a. Abstractos
colores sin habitantes,
embuste liso de atlas.
Cientos de dedos del viento
una tras otra pasaban
las hojas
?m?rgenes de nubes blancas?
de las tierras de la Tierra,
vuelta cuaderno de mapas.
Y a un mapa distante, ?qui?n
le tiene l?stima? L?stima
de una pompa de jab?n
irisada, que se quiebra;
o en la arena de la playa
un crujido, un caracol
roto
sin querer, con la pisada.
Pero esa altura tan alta
que ya no la quieren p?jaros,
le ciega al querer su causa
con mil aires transparentes.
Invisibles se le vuelven
al mundo delgadas gracias:
La azucena y sus estambres,
colibr?es y sus alas,
las venas que van y vienen,
en tierno azul dibujadas,
por un pecho de doncella.
?Qui?n va a quererlas
si no se las ve de cerca?

?l hizo su obligaci?n:
lo que desde veinte esferas
instrumentos ordenaban,
exactamente: soltarla
al momento justo.

Nada.
Al principio
no vio casi nada. Una
mancha, creciendo despacio,
blanca, m?s blanca, ya c?ndida.
?Arreba?ados corderos?
?Vedijas, copos de lana?
Eso ser?a...
?Qu? peso se le quitaba!
Eso ser?a: una imagen
que regresa.
Veinte a?os, atr?s, un ni?o.

?l era un ni?o ?all? atr?s?
que en est?os campesinos
con los corderos jugaba
por el pastizal. Carreras,
topadas, risas, ca?das
de bruces sobre la grama,
tan reciente de roc?o
que la alegr?a del mundo
al verse otra vez tan claro,
le refrescaba la cara.
S?; esas blancuras de ahora,
all? abajo
en vellones dilatadas,
no pueden ser nada malo:
reba?os y m?s reba?os
seren?simos que pastan
en ancho mapa de tr?boles.
Nada malo. Ecos redondos
de aquella inocencia doble
veinte a?os atr?s: infancia
triscando con el cordero
y retazos celestiales,
del sol ni?o con las nubes
que empuja, pastora, el alba.

Mientras,
detr?s de tanta blancura
en la Tierra ?no era mapa?
en donde el cero cay?,
el gran desastre empezaba.

II

Muerto inicial y v?ctima primera:
lo que va a ser y expira en los umbrales
del ser. ?Ahogado coro de inminencias!
Her?ldicas palabras voladoras
???pronto!?, ??en seguida!?, ??ya!?? nuncios de dichas
colman el aire, lo vuelven promesa.
Pero la anunciaci?n jam?s se cumple:
la que aguardaba el ?xtasis, doncella,
se quedar? en su orilla, para siempre
entre su cuerpo y Dios alma suspensa.
?Qu? de esparcidas ruinas de futuro
por todo alrededor, sin que se vean!
Primer beso de amantes incipientes.
?Asombro! ?Es obra humana tanto gozo?
?Podr?n los labios repetirlo? Vuelan
hacia el segundo beso; m?s que beso,
claridad quieren, buscan la certeza
alegre de su don de hacer milagros
donde las bocas f?rvidas se encuentran.
? Por qu? si ya los h?litos se juntan
los labios a posarse nunca llegan?
Tan al borde del beso, no se besan.

Obediente al ardor de un mediod?a
la moza muerde ya la fruta nueva.
La boca anhela el m?s celado jugo;
del anhelo no pasa. Se le niega
cuando el labio presiente su dulzura
la condensada dentro, primavera,
pulpas de mayo, az?cares de junio,
d?a a d?a sumados a la almendra.

Consumaci?n feliz de tanta ruta,
?ltimo paso, amante, pie en el aire,
que trae amor adonde amor espera.
Tiembla Julieta de Romeos pr?ximos,
ya abre el alma a Calixto, Melibea.
Pero el paso final no encuentra suelo.
?D?nde, si se hunde el mundo en la tiniebla,
si ya es nada Verona, y si no hay huerto?
De imposibles se vuelve la pareja.

?Y esa mano ??de qui?n??, la mano trunca
blanca, en el suelo, sin su brazo, hu?rfana,
que buscas en el rosal la ?nica abierta,
y cuando ya la alcanza por el tallo
se desprende, dej?ndose a la rosa,
sin conocer los ojos de su due?a?

?Cimeras alegr?as tremolantes,
gozo inmediato, pasmo que se acerca:
la frase m?s dif?cil, la pen?ltima,
la que lleva, derecho, hasta el acierto,
perfecci?n vislumbrada, nunca nuestra!
?Im?genes que inclinan su hermosura
sobre espejos que nunca las reflejan!

?Qu? cad?ver ingr?vido: una ma?ana
que muere al filo de su aurora cierta!
V?speras son capullos. S?, de dichas;
s?, de tiempo, futuros en capullos.
?Tan hermosas, las v?speras!
?Y muertas!

III

?Se puede hacer m?s da?o, all? en la Tierra?
Polvo que se levanta de la ruina,
humo del sacrificio, vaho de escombros
dice que s? se puede. Que hay m?s pena.
Vasto ayer que se queda sin presente,
vida inmolada en aparentes piedras.

?Tanto afinar la gracia de los fustes
contra la selva tenebrosa alzados
de donde el miedo viene al alma, p?nico!
Junto a un altar de azul, de ola y espuma,
el pensar y la piedra se desposan;
el m?rmol, que era blanco, es ya blancura.
Alborean columnas por el mundo,
ofreci?ndole un orden a la aurora.
No terror, calma pura da este bosque,
de noble savia p?rtico.
Vientos y vientos de dos mil oto?os
con hojas de esta selva inmarcesible
quisieran aumentar sus hojarascas.
Rectos embisten, curvas les enga?an.
Sin bot?n huyen. ?D?nde est? su fronda?
No p?jaros, sus copas, procesiones
de doncellas mantienen en lo alto,
que atraviesan el tiempo, sin moverse.

Este espacio que no era m?s que espacio
a nadie dedicado, aire en vac?o,
la lenta canter?a lo redime
piedras poniendo, de oro, sobre piedras,
de aquella indiferencia sin plegaria.
Fiera luz, la del sumo mediod?a,
claridad, toda hueca, de tan clara
va aprendiendo, ce?ida entre altos muros
mansedumbres, dulzuras; ya es misterio.
Cantan coral callado las ojivas.
Flechas de alba cruzan por los santos
incorp?reos, no hieren, les traen vida
de colores. La noche se la quita.
La b?veda, al cerrarse abre m?s cielo.
Y en la hermosura vasta de estos l?mites
siente el alma que nada la termina.

Tierra sin forma, pobre arcilla; ahora
el torno la conduce hasta su auge:
suave concavidad, nido de dioses.
Poseid?n, Venus, Iris, sus siluetas
en su seno se posan. A esta cr?tera
ojos, siempre sedientos, a abrevarse
vienen de agua de mito, inagotable.
Guarda la copa en este fondo oscuro
callado resplandor, eco de Olimpo.
Fr?gil materia es, mas se acomodan
los dioses, los eternos, en su c?rculo.

Y as?, con lentitud que no descansa,
por las obras del hombre se hace el tiempo
profusi?n fabulosa. Cuando rueda
el mundo, tesorero, va sumando
?en cada vuelta gana una hermosura?
a belleza de ayer, belleza in?dita.
Sobre sus hombros gr?ciles las horas
d?divas imprevistas acarrean.
?Vida? Invenci?n, hallazgo, lo que es
hoy a las cuatro, y a las tres no era.
Gozo de ver que si se marchan unas
trasponiendo la ceja de la tarde,
por el nocturno alcor otras se acercan.
Tiempo, fila de gracias que no cesa.
?Qu? alegr?a, saber que en cada hora
algo que est? viniendo nos espera!
Ninguna ociosa, cada cual su don;
ninguna avara, todo nos lo entregan.
Por las manos que abren somos ricos
y en el regazo, Tierra, de este mundo
dejando van sin pausa
nov?simos presentes: diferencias.

?Flor? Flores. ?Qu? sinf?n de flores, flor!
Todo, en lo igual, distinto: primavera.
Cuando se ve la Tierra amanecerse
se siente m?s feliz. La luz que llega
a estrecharle las obras que este d?a
la acrece su plural. ?Es m?s diversa!

IV

El cero cae sobre ellas.
Ya no las veo, a las muchas,
las bell?simas, deshechas,
en esa desgarradora
unidad que las confunde,
en la nada, en la escombrera.

Por el escombro busco yo a mis muertos;
m?s me duele su ser tan invisibles.
Nadie los ve: lo que se ve son formas
truncas; prodigios eran, singulares,
que retornan, vencidos, a su piedra.
Muertos a?osos, muertos a lo lejos,
cad?veres perdidos,
en ignorado osario perfecciona
la Tierra, lentamente, su esqueleto.
Su muerte fue hace mucho. Esperanzada
en no morir, su muerte. ?nima dieron
a masas que yac?an en canteras.
Muchas piedras llenaron de temblores.
Mineral que camina hacia la imagen,
misteriosa tibieza, ya corriendo
por las vetas del m?rmol,
cuando, curva tras curva, se le empuja
hacia su m?s, a ser pecho de ninfa.
Piedra que late as? con un latido
de carne que no es suya, entra en el juego
?ruleta son las horas y los d?as?:
el jugarse a la nada, o a lo eterno
el caudal de sus formas confiado:
el alma de los hombres, sus autores.
Si es su bulto de carne fugitivo,
ella queda detr?s, la salvadora
roca, hija de sus manos, fidel?sima,
que acepta con marm?reo silencio
augusto compromiso: eternizarlos.
Menos morir, morir as?: transbordo
de una carne terrena a bajel p?treo
que zarpa, sin m?s aire que le impulse
que un soplo, al expirar, ?ltimo aliento.
Traves?a que empieza, rumbo a siempre;
la br?jula no sirve, hay otro norte
que no conf?a a mapas su secreto;
misteriosos pilotos invisibles,
desde tumbas los gu?an, mareantes
por aguja de fe, seg?n luceros.
Balsa de dioses, ?nfora.
Naves de salvaci?n con un pol?cromo
velamen de vidrieras, y sus cuentos
m?rmol, que flota porque vista de Venus.
Naos prodigiosas, sin cesar hendiendo
inm?viles, con proas tajadoras
auroras y crep?sculos, espumas
del tumbo de los a?os; a?os, olas
por los siglos alz?ndose y rompiendo.
Peripecia suprema d?a y noche,
navegar tesonero
empujado por racha que no atregua:
negaci?n del morir, ansia de vida,
dando sus velas, piedras, a los vientos.
Armadas extra??simas de afanes,
galeras, no de vivos, no de muertos,
tripulaciones de querencias puras,
incansables remeros,
cada cual con su remo, lo que hizo,
so?ando en recalar en la celeste
ensenada segura, la que est?
detr?s, salva, del tiempo.


V

?Y todos, ahora, todos,
qu? naufragio total, en este escombro!
No tibios, no despedazados miembros
me piden compasi?n, desde la ruina:
de carne antigua voz antigua, oigo.

Desgarrada blancura, torso abierto,
aqu?, a mis pies, informe.
Fue ninfa geom?trica, columna.
El coraz?n que acaban de matarle,
Leucipo, pitag?rico,
calculador de sue?os, arquitecto,
de su pecho lo fue pasando a m?rmoles.
Y as?, edad tras edad, en estas c?ndidas
hijas de su dise?o
su vivir se salv?. Todo invisible,
su p?lpito y su fuego.
Y ellas abstractos bultos se fing?an,
pura piedra, columnas sin misterio.

M?s duelo, m?s all?: seraf?n trunco,
?ngel a trozos, roto mensajero.
Quebrada en seis pedazos
sonrisa, que anunciaba, por el suelo.
Entre el polvo guedejas
de rubia piedra, pelo tan sede?o
que el sol se lo atusaba a cada aurora
con sus dedos primeros.
Alas yacen usadas a lo alt?simo,
en barro acaba su plumaje c?lico.
(A estas plumas del ?ngel desalado
encomend? su vuelo
sobre los siglos el hermano Pablo,
dulce monje cantero.)
Sigo escombro adelante, solo, solo.
Hollando voy los restos
de tantas perfecciones abolidas.
A?os, siglos, por siglos acudieron
aqu?, a posarse en ellas; rezumaban
arcillas o granitos,
linajes de humedad, frescor ed?nico.
No piso la materia; en su pedriza
piso al mayor dolor, tiempo deshecho.
Tiempo divino que lleg? a ser tiempo
poco a poco, ma?ana tras su aurora,
mediod?a camino de su v?spero,
est?o que se junta con oto?o,
primaveras sumadas al invierno.
A?os que nada saben de sus n?meros,
lleg?ndose, march?ndose sin prisa,
sol que sale, sol puesto,
artificio diario, lenta rueda
que va subiendo al hombre hasta su cielo.
Piso a?icos de tiempo.
Camino sobre anhelos hechos trizas,
sobre los d?as lentos
que le cost? al cincel llegar al ?ngel;
sobre ardorosas noches,
con el ardor ardidas del desvelo
que en la alta madrugada da, por fin,
con el contorno exacto de su empe?o...
Hollando voy las horas jubilares:
triunfo, toque final, remate, t?rmino
cuando ya, por constancia o por milagro,
obra se acaba que empez? proyecto.
Lo que era suma en un instante es polvo.
?Qu? derroche de siglos, un momento!
No se derrumban piedras, no, ni im?genes;
lo que se viene abajo es esa hueste
de tercos defensores de sus sue?os.
Tropa que dio batalla a las milicias
mudas, sin rostro, de la nada; ej?rcito
que matando a un olvido cada d?a
conquist? lentamente los milenios.
Se abre por fin la tumba a que escaparon;
les llega aqu? la muerte de que huyeron.
Ya encontr? mi cad?ver, el que lloro.
Cad?ver de los muertos que viv?an
salvados de sus cuerpos pasajeros.
Un gran silencio en el vac?o oscuro,
un gran polvo de obras, triste incienso,
canto inaudito, funeral sin nadie.
Yo s?lo le recuerdo, al impalpable,
al NO dicho a la muerte, sostenido
contra tiempo y marea: ?se es el muerto.
Soy la sombra que busca en la escombrera.
Con sus siete dolores cada una
mil soledades vienen a mi encuentro.
Hay un crucificado que agoniza
en desolado G?lgota de escombros,
de su cruz separado, cara al cielo.
Como no tiene cruz parece un hombre.
Pero a?lla un perro, un infinito perro
?inmenso aullar nocturno ?desde d?nde??,
voz clamante entre ruinas por su Due?o.
Publicado por wineruda @ 20:02  | Poes?a Imprescindible
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