Domingo, 18 de febrero de 2007




Cinco poemas para abdicar

Cinco poemas para abdicar,
para que sean un destello terrestre en mi tr?nsito
mientras el vaiv?n de mi cuerpo me dote de viejo sue?o y
tenga un altar adornado,
mientras mis ojos suspendan la aspersi?n del l?quido m?s
breve,
abandonen su aire lacustre y la ligereza de la l?grima c?ncava
en donde beben grullas
y otras zancudas con pie de bailarina,
mientras mis manos sean hangares en las salina negras para
aviones de turbios vuelos,
mientras el s?cubo murci?lago diga en mi o?do espuma y
diga oscuridad
en las marineras negras.

Cinco poemas para la marcha en el paisaje de s?bana de hilo,
un p?ramo es encaje antepasado,
iniciales bordadas hace ya tres mil d?as
y alguna mancha de amor.

Cinco poemas como cinco frutos cifrados
o como cinco velas para la traves?a:
el primero hacia aquella a la que nadie ve en la vaga velada
del lago:
un resquicio de abril para Virginia, porque am? a las mujeres.

El segundo para mi amor:
s? bien que encima de mis heridas busco la alondra de tus
heridas,
s? bien que encima de mis heridas una cig?e?a pone sus
huevos.
Encima de tus heridas las ramas de los nervios se han
dormido
y ahora son alas, p?ginas, oleaje, seres verdes.

Encima de mis heridas yo descubro una tela desventurada
y ocre,
rasgada de enemigos,
o una palabra emborrachada por el lacre.
Pero cuando me duerma
ya no te querr?.

El tercero para la casa que cae y el ?lamo vihuela o jard?n
bello,
para el ?ngel que guarda a la lombriz,
para todo lo que es pueril o leve y que clava
submarinos anzuelos en los ojos adultos.
El tercero es para el coraz?n de la ra?z
y para la cerrada tierra de los estambres,
para la lluvia seria de las siestas del norte,
mala como una institutriz.
Dile que no se meta en los salones
y los llene de gafas estrujadas.
Ay, dile que no espante los espejos de mirada ni?a.

Hab?a tres balcones sangrantes,
hab?a tres balcones como tres heridas incurables del muro,
hab?a tres balcones y siete temblorosos escabeles.
Ay, dile que no asuste las palabras palomas,
que no deje que vayan batiendo un aire usado con alas de
cuchillo.
Las palabras ap?tridas de mi tercer poema
que no me muerdan las mejillas
y las sonatas que yo no toqu? nunca, que no cesen,
ni el peque?o cuaderno de Ana Magdalena.
Yo no dije: ?silencio!,
y ahora el r?quiem se teje con seres y desastres consangu?neos.
Dejadme las hortensias vestidas de pupilas, con traje de
mirada,
esa campana vegetal que ya no suena y llora un zumo ep?logo,
y las magnolias catalejos,
y aquel sillar tan grande como el siglo m?s c?clope.
Yo no dije: ?silencio!
pero me fui bebiendo vino de exilio en la boca de piedra,
bebiendo fermentado l?quido migratorio,
los ramos de las t?rtolas de agosto y el eco de la casa que
se cae.

Veo que no sobrevive el alma alta del muro,
la espuma voladora borracha de gaviotas,
el ?ngel que cuidaba la cucaracha de uva y la lombriz,
ni ning?n p?jaro como l?grima p?stuma y celeste,
ni la resina ta?endo su ?mbar triste,
ni tampoco las malvas, las violentas, las verdes partituras.

El cuarto es para mi amor.
Amor m?o,
s? bien que no te escupir? mi sue?o y que tu cuello no ser?
sajado
por el filo ?ltimo de mi sue?o,
que no te insultar? el hiriente coraz?n de mi sue?o,
porque si duermo ya no te querr?.
S? bien que busco encima de mis heridas
el escorpi?n de oro de tus heridas.
S? bien que encima de mis heridas s?lo habita
la imagen encalada de mi muerte.
Y por eso voy a asesinar
con la virgen cuchilla barbit?rico
la muchedumbre de heroicos locos que entonan para m? la
pesadilla y el bostezo,
amor m?o, sin asomar por la ventana
fuegos viejos, frescas cenizas,
familias errantes de soles.

Mi amor para la imagen encalada de mi muerte,
para la cal que se come a los ni?os,
para mi ?ltimo caballo, oro, sobre asfalto celeste y el hule
astral de abril.
S? bien que galopar? en negro
porque negro es el color de los sue?os,
negras las manos de la intimidad,
y sin espuelas, y sin bridas,
porque las espuelas son el poder, la aberraci?n, estrellas de
tijera y abismo.

El quinto para mi caballo,
para cuando ya estemos sucediendo
como dos estaciones
o dos d?as iguales.

Hundir? mis manos aqu?, en este mar que no existe,

Hundir? mis manos aqu?, en este mar que no existe,
hundir? las hojas ?vidas y el verso vertical que naci? espada,
la tinta de helecho virgen, las s?labas furtivas que iban
diciendo: s?lvame,
y el amor como un vino escrito.

Hundir? mis dedos, las lianas vivas y los p?lipos que
enmudecen en mis dedos,
las flores graves que coronan a los reptiles que amo,
el liquen del sue?o que maduran las serpientes m?s favorables,
el coraz?n pintado de blanco, hasta morir,
la garganta del d?a y sus branquias de oro.

Hundir? mis manos en noche que no existe sobre un mar
que no existe,
mi garganta entre anzuelos de la flora mar?tima,
en agua ebria y en buques como p?jaros,
en aquello que no ser? posible,
en todo lo que se alza cuando la noche se alza,
cuando encalla su cornamenta de ciervo temible y solloza,
estrofa ant?lope o estrella en metro antiguo,
y andar? la locura como un ?leo escarlata,
ala o aceites rojos sobre la superficie de cierta oscuridad,
de oc?ano ninguno.

Hundir? mis manos en este lugar leve donde duermen
secretas las marinas flam?geras,

y hablemos de las direcciones y de las cosas de la muerte,
y de sus rutas, y de sus atrios abrasados.


Se despiden mil veces y mil veces ci?en el viento,



Se despiden mil veces y mil veces ci?en el viento,
botan a estribor.
Advertencias, consejos, noticias que en la memoria
se asientan con indiferencia, desmedidos sue?os
que ya son nada.
Qu? tiempo de exactitud han las edades tra?do,
qu? nocturno, insolente aire de invierno.


Hasta nosotros la infancia de los metales raros,

Hasta nosotros la infancia de los metales raros,
la muchedumbre de la plata que nos pudre en su espuma,
su larga espuma larga como una cinta que naciera en un
cuaderno del Bach el Joven
Y viniera a morir aqu?,
en las aves que anidan en los discos,
mientras Rainer Mar?a ya no es tan joven como en la p?gina 38,
no es ni siquiera un joven muerto,
un infante difunto sin pavana,
y yo lo s?,
y no desfallecemos,
yo me desmayo,
t? te desvaneces,
?l siente un ligero mareo sin llegar a la n?usea
escrita o no escrita.
Ay, bostezamos ante tazas de azul de metileno,
aspiramos con aire distante el amon?aco,
nos hastiamos frente al alto sonido del vitriolo,
nos coronamos de veronal,
pues no encontramos hoja m?s aguda.

Mi hermano busca el cetro de mil alas de Heliog?balo,
aquellos ni?os prefieren la tiara papal,
y estos peque?os c?clopes enfermos del pulm?n
que bajan de autobuses o de la marihuana,
y son hermosos como hermafroditas,
se coronan de cipreses de silos color vino:
no han encontrado un ?rbol m?s agudo.
Pero qu? m?s da, el vaiv?n de sus cuerpos es vano y terrible,
y en absoluto excesiva la droga seria que se teje en la sangre,
las inyecciones de grave savia,
el hierro y el mercurio en las arterias haciendo de armadura
y filtro,
el casco negro y la zarza negra de ning?n caballero andante.

Como en mi medieval historia,
cuando ard?an las piedras colegiales
para las brechas en la frente
y el cuerpo me dotaba de opio reci?n nacido,
la hora propia nos confunde,
nos hace himnos o hijos del antiguo caballo mitol?gico
y de una ni?a triste con la vena extendida,
de una aguja levantada por nieve incre?ble,
por amarillo de palomas persas:
hablemos de los caballos padres,
hagamos alusi?n a los cascos secretos que nos dar?n la paz
y a las bridas ningunas,
a las futuras crines delicadamente angustiadas,
hablemos de los caballos padres que nos traer?n la muerte
y de la luna anfetamina,
hablemos de la vena madre que nos traer? la dicha del fin,
hablemos de la virgen bebida extrema,

no hablemos sino del litoral y las vertientes de la locura que
posee a los hombres en los parques y ordena,

sino del pu?alito que coronar? la arteria coronaria como
diadema suma
con la hoja infantil del metal m?s raro y m?s agudo del
mundo.
Publicado por wineruda @ 20:29  | Poes?a Imprescindible
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