Tiempo preferido
I
Sólo tú y yo sabemos la verdad de este mundo
que día a día robamos a la muerte,
que erigimos de nada tan solo con palabras
humo
ceniza de un beso olvidado en tu frente.
Sólo tú y yo sabemos
fábulas como flautas
silencios como hormigas más o menos sonoras
y eso que se edifica lentamente en tus ojos
detrás de la vitrina o cristal de una lágrima
ese beso o latido
esa sonrisa o llama
de tener a la vida en la flor de los labios.
II
Junto a ti son las horas golondrinas azules
que se desprenden de tu sonrisa como hojas de otoño.
Brota de ti el silencio como un surtidor
de pisadas que en la nieve se fueran desmayando,
como mano olvidada de un niño
que tuviera las uñas puras y sonrosadas.
Quiero para mi boca el beso más preciso,
el que huye de pronto como pájaro enemigo,
como noche perseguida por la invasión profunda de la aurora.
Cogidos de la mano se nos queda pequeño el planeta,
pequeño, muy pequeño
hasta quedar oculto bajo la suela de un zapato,
del tuyo, tan humilde que dentro no cobija
ni un pico de esa estrella que nos contempla siempre.
III
A las nueve las caricias se vuelven verticales
empujadas por el filo y la prisa que llega.
Alguien corta en el aire los minutos a tijera
como si fueran flecos de un mantón
o cuerdas de guitarra con las clavijas rotas.
Uno a uno van cayendo
cada vez más perfectos
en el puro pasado que se muere en el acto.
Uno a uno se hunden para siempre y del todo.
¡He nacido y he muerto tantas veces!
¡He nacido y he muerto tantas veces!
El hombre que ahora soy no lo comprendo,
acaso no soy yo, es aquel otro
hundido y olvidado por las calles
que en una tarde amarga dejé solo.
Y quiero recordarlo y se me borra
perdido en la salida de los cines,
acaso en un retrato que mi madre
guardaba de la luz con mano triste.
Pero voy comprendiendo. Me supongo
acaso como soy, y escribo versos
y sueño para todos... Sí, comprendo,
para nacer hay que morir primero.
Iniciación
Clamores desde el fondo.
Se crispan las palabras como serpientes vivas,
como aullidos que salen del crujir de los párpados
y se vuelven de acero llorando ante la luna.
Y sobre todo esto:
las tinieblas movibles como un cieno de aceite.
No puedo remediarlo:
lo tengo todo dentro y tengo que escupirlo,
arrojarlo de mí con un asco profundo,
como un hijo maldito,
como un aire parado en mis articulaciones.
Amigos, me duele la sangre.
Mis entrañas se crispan,
se derrumba mi frente.
Y no,
aún no es bastante.
Me tengo que desgajar bajo el parir terrible,
bajo este intento inútil de enseñaros mi fondo,
de querer darle alas a lo que va a nacer muerto,
va a nacer repelente,
no querido de nadie.
Pero algo surge, amigos, algo surge y me invade,
algo que no se calla, que necesito expelerlo,
que me abrasa por dentro,
que quiere abrirse en voz
cantando en vuestras fibras.
Mirad:
las estrellas palpitan contra la misma tierra
como un corazón sobre mano extranjera.
Miradlo:
los pájaros se aplanan iguales a su sombra
ante el cielo blancúreo que les castra las alas.
El aire es sobre la tierra mustia flor en un libro.
Miradme:
sólo soy un anhelo de salir de estas ondas,
de salir de estas ondas y estos pozos sin fondo,
pero el cielo me aplasta con su cercano techo
como un caparazón,
como una costra de sangre,
como un silencio apagado debajo de una herida.
No importa, amigos, no importa.
Miradme bien, miradme, os invito a miradme.
A fuerza de quemarme os mostraré mi fondo
y veréis bien desnudo todo este charco amargo.
Escuchad los clamores, amigos.
Escuchadlos.