Mi?rcoles, 03 de octubre de 2007
TIEMPO
(Un párrafo)





…Lo vivo y lo muerto son una cosa misma en
nosotros, lo despierto y lo dormido, lo joven y
lo viejo: lo uno, movido de su lugar, es lo otro,
y lo otro, a su lugar devuelto, es lo uno…

Heráclito





FRAGMENTO 1

…….Mis sueños de la noche, lijerezas, profundidades o solamente pesadillas, suelen ser como mi ideal cine interior abstracto: planos, colores, luces, posiciones de tiempo y espacio que, a mi despertar no me parecían sucesos, hechos, asuntos, pero que lo fueron plenamente en el sueño, tanto o más que las ocurrencias de la vijilia. Sucesos sin sucesión, cada uno de los cuales tiene categoría completa, vida y muerte de universo. Luego, la traducción de esos estados de vida libre superior o inferior en la que sólo cuenta el entendimiento y la memoria sobre el letargo de la voluntad, suele ser lo más corriente y moliente de lo cotidiano. A veces, muy pocas, me quedan unas sílabas en la boca o unos datos en la memoria que me llevan un momento a una posible reconstrucción del jeroglífico nocturno, como en mi poema “Morita Hurí” por ejemplo. Pero eso también se va. Desde muy joven pensé en el luego llamado “monólogo interior” (nombre perfecto como el otro “realismo májico) aunque sin ese nombre todavía; y en toda mi obra hay muestras constantes de ello. (El Diario de un poeta está lleno de esos estados). Mi diferencia con los “monologuistas interiores” que culminaron en Dujardin, James Joyce, Perse, Eliot, Pound, etc., está en que para mí el monólogo interior es sucesivo, sí, pero lúcido y coherente. Lo único que le falta es argumento. Es como sería un poema de poemas sin enlace lójico. Mi monólogo es la ocurrencia permanente desechada por falta de tiempo y lugar durante todo el día, una conciencia vijilante y separadora al marjen de la voluntad de elección. Es una verdadera fuga, una rapsodia constante, como los escapes hacia arriba de fuegos de colores, de enjambres de luces, de glóbulos de sangre con música bajo los párpados del niño en el entresueño. Mi monólogo estuvo siempre hecho de universos desgranados, una nebulosa distinguida ya; con una ideolojía caótica sensitiva, universos, universos, universos. No conozco universo como aquel poema de universos. Abrazados los dos en olvidada y presente desnudez plena, como un orbe aislado, con la fuerza elemental de toda la creación, tus ojos verdes, único ver mío, me han dado eternidad completa hecha amor. ¿Cómo podré ya querer otra cosa? Conciertos, libros, paseos, civilización, universalidad pero nada convencional, todo superior absoluto. Vamos a ser flor de colores y frescuras en el borde del agua no encontrada, árbol doble solo en su lugar, vivo de veras entre elementos y las estaciones. Vamos a vivir el día único de la gracia, en la muerte, vamos así a completarnos en esta música plástica e ideal del amor sin reparo. Música. Toscanini es para mí un hombre mayor de los mayores que he oído y visto. Entra ahora en el escenario donde su orquesta le espera, lento, fino; vacila al subir al atril, pero cuando se pone la batuta, la varita de la virtud, entre sus dos manos eléctricas y espera lleno de sí y da de pronto, como con una pluma de ave que fuese una flecha del paraíso, la señal al primer instrumento, es ya un dios sin 74 años de edad, con un millón de millones de años, años ya sin tiempo ni espacio, una vida verdadera ya después del prólogo de la otra. Y una, dos, tres horas seguidas de embriaguez absoluta, sin perder la cabeza ni las manos un instante. Ruiseñor con las manos. Qué estúpidamente habló, cómo perdió la cabeza aquella noche de junio en su gran salón de Madrid la Sra. De Kocherthaler. Eran las dos de la madrugada y un ruiseñor cantaba, como un dios menudo de cuerpo y total de sonido, en el jardín de la Embajada de Alemania. Ricardo Baeza y María Martos, ya casados, discutían desagradablemente sobre aquella música interna y eterna: que si era mirlo, que si era ruiseñor. Y mientras, no se oía el ruiseñor. Por cierto que yo insistí bastante en que la casa “Calleja” aceptara la traducción que ellos nos enviaron de La casa de las granadas de Wilde, con La rosa y el ruiseñor dentro. No, no me porté bien del todo, como ellos merecían, en aquella ocasión, no insistí bastante. Pero qué mujer tan pedante, artificial, esterna, era la señora de Kochaerthaler y Kochaerthaler, qué buen hombre, con su Brahms, su campo y su calma encendida. Ella parecía que no fuera de ninguna raza, o de una raza muy poco humana. Fría, fría, escurridiza, con mirada de pescado. Cuidado con decir jactándose de ello que sus jemelos no eran de Kochaerthaler sino de Ortega Jemelos filosóficos, ella lo prefería, los pobres. Y ¿qué culpa tenía Kocherthaler ni los niños de su tontería? Cuando yo fui la primera vez a su casa, calle de Almagro, me habló al borde de aquella mesa que parecía una pista, de Platero, que acababa de salir, 1913. Yo tenía entonces la ridícula vanidad del joven que cree que ha llegado a su todo. ¡Y lo que luego he visto que me faltaba! El Romancero gitano de Lorca tampoco era su mejor obra cuando él lo creía. El romance de Lorca tiene de lo popular lo plástico y lo pintoresco, el de Antonio Machado “La tierra de Alvar Gonzalez”, lo épico y corriente, el mío, lo lírico, lo musical y lo secreto. Esto es bien claro. Claro es también que los señoritos, Antonio Machado, Federico García Lorca y yo no podremos nunca cantar como el pueblo. Podremos tener el eco de una simpatía y una comprensión, pero nunca la sustancia, la esencia, la vida y la muerte del pueblo. Cuando yo tenía 15 años, me enamoraba de las muchachas del pueblo en Moguer: María la minera, la de San Juan del Puerto, me decía llorando con su hábito de San Antonio: “Los señoritos sólo quieren burlarse de los pobres, de las pobres”. Pero no era verdad en mí y ella tampoco lo comprendía. ¡Qué bonita era con su color de arena y su hábito limpio! Y cómo le gustaba verme pintar. Final, mi primer maestro de pintura en el Colejio de los jesuitas del Puerto de santa María, no, el rejente de la imprenta de Severiano Aguirre, aquel buen trabajador, había pintado un toro de las cuevas de Altamira, largo y bajo como un “perro tejado”, en un cuadro apaisado que era, puesto de pie, un paquete de manuscritos míos. A mí me gustan los cuadros y los paquetes verticales, y yo lo había tenido colgado siempre cerca de mí. Y de pronto, ¡qué mamarracho! ¿Pero es posible que yo no me hubiera dado cuenta nunca de que aquello era un pastel estúpido pintado con falsía, indolencia y necedad? Y así con tantas cosas con las que vivimos años y años, y viviríamos siglos, sin decidirnos a creer que no eran dignas de nuestra crítica, o nuestro gusto. Y lo mismo con las personas. ¿Cuántas veces toleramos años seguidos personas que no quisiéramos tolerar? No nos atrevemos a descolgarlas, más, no se nos ocurre siquiera. Y somos injustos en eso y en lo otro con los demás. Yo he tenido en casa cosas que hubiese censurado en otras. Yo he satirizado a cuenta de José Ortega y Gasset porque tenía en su casa una Venus de Milo de escayola en la sal; a Azorín porque tenía en el suelo de su despacho de recibir un cisne de porcelana que se destapaba, con un lazo rosa en el cuello y en un rincón, sobre pie, un busto negro de negro policromo fumando una pipa; a Ricardo León porque tenía una panoplia con sables y leones, etc. Pero quel toro. Yo había evocado al toro andaluz en Platero, en Poesía en verso y en otros libros. Luego vi muchos toros sueltos y atados en los libros de los más jóvenes, ellos Rafael Alberti y Jorge Guillén. Por cierto que un crítico historiador de la literatura española, Ángel Valbuena Prat, dijo, escribió que mis poemas “Alrededor de la copa” y “Desvelo” (“Se va la noche, negro toro”) eran lo más a que se podía llegar aún mirando al mundo de Jorge Guillén (¿”Toro aún y ya noche?”). Jorge Guillén dijo esto en su poema “Las Llamas”, allá por el año 28. Yo dije lo mío y el mío (y el poema está publicado, en la revista España por enero del 19). Y para mayor exactitud, el historiador concienzudo pone una noticia al pie de sus pájinas sobre o contra mí, con las fechas de mis libros Poesía y Belleza y la de Cántico de Jorge Guillén, segunda edición. Le recomiendo al historiador que vea la primera, ya de 1928. Los críticos de su historia son terribles. Ahora me acuerdo de aquellos artículos que Pedro salinas publicaba anónimamente en la ¿Revista de Literatura? Del Centro de Estudios Históricos de Madrid. Cuando le convenía alteraba, la responsabilidad era del Centro, testos o resolvía fechas con un “poco más o menos”. Estos son los mismos filólogos que pierden los ojos para encontrar la fecha en que murió la novia de Cervantes en el siglo 17; pues ¿cuánto mejor no sería que pusiesen lo exacto de lo contemporáneo? La conciencia anda en algunos críticos tan confusa como la memoria. Y, apropósito: qué memoria la de mi gran Toscanini. “No ha de estar la cabeza dentro de la partitura sino la partitura dentro de la cabeza”. En cambio el joven toro Barbirolli, de la jeneración de los críticos antes citados, alborota sus pelos contra la partitura como zorros de la limpieza y el limpia con ellos las notas que caen sobre el público como lluvia de balas. Es inconcebible que estando en América Bruno Walter no dirija definitivamente la Sinfónica Filarmónica de New Cork. Toscanini, Koussevitski, Stok, Mitropoulos, Ormandy, Stokoski…Bruno Walter es la precisión sobria y noble con la nieve arriba sino una mezcla entera de nieve y fuego; quema como el yelo y da escalofrío como el fuego. Stokowski todo es llama esterna, Koussevitski un maestro de la dirección: dignidad y hermosura; Mitropoulos es el santo soberbio; hace sonar los instrumentos con timbres escepcionales, pero su educación profesional le hace componer esos programas colosales (Brahms, Mahler, Bruckner, Ricardo Strauss en un solo concierto), montañas de técnica ilustre y, a veces, májica, que él levanta y ordena en perspectivas maravillosas, sobrecojedoras y abrumantes. Las montañas son por otra parte gran cosa para el artista. Sin duda Mitrpoulos doma su vida ejemplar con esta música montañosa que no le cupo en el abandonado monasterio. ¡Montañas de Guadarrama, mi salvación del Madrid de tanta pequeñez! Cuando tenía algún disgusto que yo creía grande, nos íbamos frente a la sierra. Todo lo pequeño desaparecía y sólo me quedaba la paz de lo grande. Volvía a mi casa agrandado de montaña. El hombre de la ciudad lo estropea todo; qué distinto es el de la naturaleza. Yo tolero poco en persona al hombre ciudadano, me basta su obra. En cambio me gusta en presencia y figura la mujer, los niños, los animales de cualquier patre. Pero me gusta el hombre del campo y nunca pierdo ocasión de hablar con él. Me gustaría tener siempre un alrededor de vida humana y animal conjunta, niños, viejos, mujeres, hombres, animales. Tengo el amor y la mujer, frecuento la naturaleza, sigo el arte jeneral, leo de todo, trabajo todo el día y la noche en lo mío. ¿Qué me falta, hacer más? ¿Más qué? “Sin tregua ni pausa, como el astro”, dice Goethe, pero Miguel Ángel también se cansaba. ¿Qué es eso que me falta? “Eso que estás esperando día y noche y nunca viene, eso que siempre te falta mientras vives es la muerte.” ¿Necesitamos más la muerte en la vida? ¿La muerte compañera del romance de Augusto Ferrán, que era voz inseparable de mi primera juventud y que llegó a ponerme la muerte en mí como mi necesidad poética absoluta? Sin duda no es relijión de mi niñez, como algunos me han dicho, pues que siento el dios inmanente y eterno en todo. Cuando me entrego al trabajo pleno parece que no me falta tanto en la vida. Leímos anoche un poema de H.D. Lawrence que me gustó mucho, más que como poema como representación vital y estética:


Cita de Lawrence
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¡Qué bien está esto! ¿No es lo de mi “trabajo gustoso”? Por cierto que cuando se leyó en Madrid esta conferencia libre los comunistas empezaron a decir que yo era fascista y aquel indigno semanario del gran farsante Luis Araquistáin, ¡Claridad!!, aquel papelucho tan oscuro, me insultó, al alimón con Pepito Bergamín, en los términos más soeces (“babosa, gusano”, etc.), toda la fraseolojía tabernaria y jitana bergaminesca. Yo estaba enfermo entonces, junio 1936, con una conjuntivitis y una intoxicación farmacopeica, ¡doctores! Que me imposibilitaban leer mi conferencia. La leyó (.............), un amigo de Navarro Tomás, y las mentecateces que se dijeron y escribieron sobre un hecho tan natural y corriente. Llegada la guerra, semanas después, aquel ataque seguido tomó carácter de incitación al asesinato. Me acuerdo ahora de aquellos jóvenes escritores que venían a nuestra casa con corsé, calcetines de seda y bordados, pulseritas, polvos y una hoz y martillo de oro en la corbata. “Luego” algunos de ellos han convertido la hoz y el martillo en flechas y el puño atrofiado en mano abierta hipertrofiada de Ramón Gómez de la Serna en la película del orador político. ¡Cómo se reía Pedro Salinas, el equilibrista, de aquella mano jigante! Hoy he recibido, vía Portugal, un folleto, Los Ángeles de Compostela de Gerardo Diego, con una cariñosa dedicatoria. Muy significativo que un escritor que siempre fue “derechista” me envíe a mí que siempre fui “izquierdista” (qué palabras, cuál será la derecha y cuál la izquierda, qué lo derecho y qué lo izquierdo); y qué guirigay de derechas combinadas tienen armado ya los escritores en España. Ahora pretenden rescatar a los muertos que mataron de un modo o de otro. Para ellos, Unamuno es de ellos, Antonio Machado, de ellos y hasta Lorca de ellos. Como que no pueden hablar. Cualquier día los “comunistas” de Méjico se hacen de ellos, de la falange, no por estar muertos, sino por ser vivos, demasiado vivos. Y a León Felipe, el aullante hebreo, lo veremos en la “Tierra de Promisión”. Qué caso éste y qué pobre este León Felipe. Gerardo Diego que lo trajo a casa (1917, creo) y casi lo tenía olvidado. Entonces era torpe, basto, mansurrón, rasurado con cierto aire de sacristía y un desagradable discurso tartamudeante sacado de no sé qué confusiones de vulgarización poética y científica jeneral. Vicente Huidobro, con quien por cierto siempre me he portado tan mal sin que pueda esplicarme yo mismo porqué, aparte de lo literario, me había enviado aquel día su Horizon carré y León Felipe dijo tales modestas vaciedades contra Huidobro y sus secuaces, Gerardo Diego entonces lo era, que yo, que empecé por tomar el libro a broma, especialmente por su forma tipográfica amanerada e inútil, acabé por defenderlo, porque tenía bastante conqué defenderlo contra tal incompetencia. Creo que venía como hombre y como escritor, de boticario. Entonces se llamaba, si no recuerdo mal, Felipe Camino de la Rosa, y qué Rosa, luego Camino, luego se puso León. Ya iba entonces la rosa camino del león, del león “Felipe”. Hablaba ya casi como un león casero. Yo quería que me hablase de Guinea y no de ultraísmo, de botánica y no de Literatura, pero él quería hablar de letras y ultraísmo, no de botánica ni de Guinea. No volví a ver a Felipe Camino, digámoslo así, ni a saber de él en mucho tiempo. Años después, oí que estaba en Panamá, más adelante vi por Madrid un libro suyo, una antolojía poética de León Felipe ya, con una fotografía suya de perfil que me sobrecojió por su barba y su bigote; y cosa rara en un libro de versos; yo creo, como Mallarmé, que en todo libro de versos hay siempre poesía, no encontré una sola línea poética. Aquello me pareció una mescolanza suelta de periodismo, traducción y hebraísmo, ambición confusa de algo que no se concretaba. Me horrorizaba aquello de la túnica de Cristo y la (.............) de Dionisos. Años más tarde, cuando Gerardo Diego vino a consultarme sobre la segunda edición de su Poesía contemporánea española, yo le dije que, a pesar de todo, debiera incluir a León Felipe, pues que iba Bacarisse, y a Huidobro, pues que iban sus discípulos españoles. En 1938, estando yo en Cuba, me dijeron que León Felipe estaba también. Lo estraordinario es que un día vi entrar en el Hotel Vedado, donde nosotros vivíamos, a un hombre casi conocido que no supe personificar. Él debió personificarme a mí porque yo tenía el aspecto de siempre. Una señorita: “Me recuerda usted, su tipo, su barba a León Felipe”. Le contesté: “Pero yo tengo barba desde los 19 años, no sé desde cuándo la tendrá León Felipe”. En Cuba supe que leía, ante públicos ocasionales, con zarandeo demagójico (comunista) larga escritura poemática de ocasión y bulla: artículos de fondo de prensa gorda en líneas cortadas como verso libre, no en verso libre, que eso es otra cosa. No fui a oirlo ni a verlo, naturalmente, y hubo sus más y sus menos políticos y literarios. Le dijeron, hasta que él se lo creyó, que era otro Whitman ¡pobre Whitman, pleno, esquisito, grande y delicado titulador de Briznas de yerba, “Arroyuelos de otoño”, nombres conmovedores de la tierra misma, de la madre tierra, porque a la madre hay que señalarla delicadamente por y a pesar de su misma grandeza!, y ¡pobre León Felipe vulgar, ampuloso, estenso, vacío “español del éxodo y del llanto”, que quería, que quiere cojer la ocasión “¡triste España!”, no se escape, por las barbas, por las barbas suyas y las ajenas, como otro Cid Campeador! Había en mi Moguer de niño un muchachote epiléptico que se pasaba la semana comiendo, descansando y leyendo El Motín. El domingo se iba a misa mayor y, hacia el Credo, solía darle, con interrupción jeneral, “la tontada”. Se caía al suelo llorando a gritos y vociferando todo lo que había leído en El Motín, en una forma incongruente, monstruosa y desesperada. Yo no creí nunca que fuera tonto sino que se lo hacía. Al terminar su espectáculo dominical, salía corriendo por la plaza seguido de los chiquillos. Algunos sesudos críticos de los dos casinos, el de caballeros y el liberal, lo tenían por un profeta y casi fundaron a su costa una relijión. Cuando leo las lamentaciones hebraicas actuales del león Felipe me acuerdo del tonto Venegas. Sí, que dejen los chiquillos de tocar la flauta y corran en coro detrás de León Felipe. ¡Qué más quisiera yo! Y que todos vociferen reunidos el salmo demagogosinagogo y espumarajo jenerales y pañuelo de la nariz colgando, como para las procesiones, del bolsillo de pecho de la americana, como un pollo pera. Eso es profético. Las 11. Pero ¿es posible que le haya dedicado veinte minutos largos a este asunto? Lo largo se pega.


FRAGMENTO 2

Y ¿quién puede vijilar siempre su pensamiento? La conciencia también duerme, como Homero. Tengo sueño. Se me abre la boca. ¿Hambre, aburrimiento, cansancio, sueño? Pero ¡qué hermosa noche la luna! La luna está ahí casi pintada en la palma, como estuvo en Francia tras el laurel. Desde que estoy en América, esta luna eterna que desde niño ha sido tanto para mí (la novia, la hermana, la madre, de mi romántica adolescencia, la mujer desnuda de mi juventud, el desierto de yeso que la astronomía luego me definió) me trae en su superficie la vista de España. Veo la luna como nuestra tierra, nuestro planeta visto desde fuera, desde el saliente a la nada del desterrado para quién su patria lejana hace lejano todo el mundo. Y en ella (la luna, la tierra, el mundo, la bola del mundo) perfectamente definida en gris rojizo sobre blanco, la hermosa figura de España. Ahora la luna no es la luna de otros tiempos de mi vida, sino el espejo alto de mi España lejana. Ya no es más que un espejo. Ahora la luna, al fin, me es de veras consoladora. Cuántas presencias muertas, vivas y muertas me trae. No, ¿ya no se unirán nunca esos pedazos tuyos para ser tú, ya el sol no te dará nunca en tu cara escueta, ya no se alzará tu mano fina y fuerte a tu cabeza? Y tú, España, ahí siempre, allí en medio de la tierra, el plante, con todo el mar, en medio del mundo, exacta de lugar y forma, piel de toro de Europa, locura y razón de Europa; España única, España para mí. Mi madre viva, de quien yo lo aprendí todo, hablaba como toda España. Y España toda me habla ahora a mí, desde lejos, como mi madre lejana. Mi madre muerta, desde dentro de España, enterrada, es abono de la vida eterna e interna de España. Su muerte viva. España, cómo te oigo al dormirme, despierto, desvelado, en sueños. Los malos pies estraños que te pisan la vida y la muerte, mi vida y mi muerte, pasarán pisándote, España. Y entonces te incorporarás tú en la flor y el fruto nuevos del futuro paraíso donde yo, vivo o muerto, viviré y moriré sin destierro voluntario. No se me van del oído, fijadas en él como en un disco, las espléndidas altisonancias de la Heroica de Beethoven, tocada ayer por Bruno Walter. Nunca he oído la Heroica como ayer. Qué color, qué plástica, qué contraste en “Marcha Fúnebre” que siempre me había parecido monótona y larga. Qué unidad tan bien compartida. Estaba yo embriagado. La música verdadera tiene para mí más vitaminas de todas las letras que todos los preparados del mundo. Como que está hecha de la vida exhalada del que la crea y el que la toca. ¿No ha de internar vida en el que la recibe, exhalando vida, en el espíritu, por los poros todos del cuerpo abierto? Vida. Esta mañana el sol me hizo adorarlo. Tenía, tras los pinos chorreantes, esa brillantez oriental naranja y carmín, de ser vivo, rosa y manzana en fusión física e ideal de verdadero paraíso diario. Qué poco se mira al sol saliente, poder verdaderamente primero y único. Comprendo la adoración, bendición o maldición del sol; la idolatría del sol. Es nuestro principio único visible. ¿Cómo olvidar ni dudar que hemos salido de él y que él nos “sostiene” y nos “mantiene” en todos los sentidos de la palabra? Equilibrio, ritmo, luz, calor, alimento, alegría, serenidad, locura. Caminando contra el sol, caminando… El zorro destripado en la noche por un auto cegador, el conejo muerto en medio del camino, con la boca y los ojos más que vivos. Las auras negras volando en el aire aún de agua, cerca, por ellos, conejo y zorro. Hambre cerca, de cabaña astrosa de indio pringoso, de negro costroso, con olores que no van en mí con la naranja ni el pan tostado. Espejismos inmensos en el cielo. Las grullas blancas que se levantan volando elásticas, blandas como flores. La serpiente que pasa en ondas rápidas, y la matamos con la rueda. La pareja de lentas tortugas, la mariposa ocre muerta como una flor, contra el cristal. El cangrejo que corre con la boca abierta. Paludismo. Nubes rosas en el mediodía. Confusión de cerebro y sol. Nos detenemos. ¿Alguien, algo me ha llamado? Salgo al aire libre. Lejanos rumores de día libre. De pronto, todo el rumoroso silencio y nosotros solos. Todo fundido, vida, muerte, verdor, hambre, asco; presente y lejanísimo estado de armonía total de la que soy a un tiempo y centro y distancia infinita. Seguimos caminando. ¿Todo se ha de resolver en la mujer? ¿Porqué la garza, el zorro, la choza, el pantano, la nube, el espejismo, el viento en el cristal del coche no son nada en sí ni en mí? ¿Dónde está lo que son? ¿La mujer universal? ¿Me llamaste? ¿Quién? Nos paramos otra vez. De nuevo yo, vertical y ruidoso de entraña ardiente en medio del inmenso coro callado y palpitante, en una melodía remota y al lado, coro de ranas y de estrellas ocultas en la luz del sol, pero allí, allí. Qué presencia obsesionante de mi vida, las estrellas presentes ocultas en la luz del sol. Todo parece que me desconoce. Qué estraño me siento caminando vestido por este camino de las marismas inmensas. Y yo lo reconozco todo. A nadie, a nada le intereso y a mí me interesa todo. Veo toda la naturaleza como algo mío y ella me mira toda como algo ajeno, la flor, el vuelo, el mal olor, el mosquito. La sombra, la luz, la huida ¿la llegada? ¿De quién huyo, qué me espera, a quién voy, naturaleza? No, no hay detalle. La armonía infinita, lo total de que soy una nota, como el pico del aura carnicera y el ala de la florecilla blanca. Este estar en medio de todo y fuera de todo, esto ¿soy yo? Ahora, en la casa abrigada, isla cerrada cúbicamente por paredes blancas en medio de la misma naturaleza, casas entre árboles que siguen siendo ajenos, el radio nos da, como un tiro, su sorpresa en la forma más inesperada. Hoy, la muerte de Joyce en Zurcí, donde él escribió durante la otra guerra su Ulises y donde sin duda quiso refujiarse en ésta, como en su mismo libro antiguo. Me hubiera gustado ver a Joyce muerto, ver el reposo definitivo de su cabeza sumida y disminuida, en una hipertrofia concéntrica, como la de mi corazón, por el trabajo, sus ojos bien gastados, como deben ir los ojos y los sentidos todos a la muerte, ojos gastados después de los sucesivos arreglos de la óptica. Del centro de la muerte colectiva, muerte de tantos que no podemos evocar separados, de Oxford, me llega hoy también el nuevo Oxford book of Spanish verse, impreso y encuadernado con el cuido y el esmero de siempre en esta bella Oxford Press. Qué lección. En España también se hacía lo mismo, se imprimieron los libros de la paz en medio del desorden, los libros del silencio en medio del estrépito. Trend, que los gases envenenaron en la otra guerra, y que sigue en su sitio en ésta, Christ Collage, al reeditar el libro que editó primero Fitzmaurice-Kelly le ha suprimido, por fortuna, el sonetito de Leopoldo Díaz a Santiago Pérez Triana, “por el amor que los dos profesamos a la lengua castellana”, antes al frente del libro. Pérez Triana fue un hombre bondadoso y sonriente, un héroe de la enfermedad. Me acuerdo de los ratos agradables pasados en su casa de Madrid con ellos, de su señora americana que nos daba aquellas comidas de colores sobre las que yo publiqué un artículo, de su hijo Sonny al que yo le escribí unos versos. Pero ¿porqué poner al frente de lugar, de valor y de asunto? También ha cambiado Trend los poemas míos que escojió Fitzmaurice-Kelly, sin contar conmigo y con titulitos inventados por él (“Espinas perfumadas”, “Hastío de sufrir”), en los que no lo tenían. En la selección de los poemas posteriores a los míos (el libro anterior terminaba en mí) y en el prólogo y notas nuevos se ve que Trend está muy influido por la guerra de España y de Inglaterra, cosa perfectamente natural, al fin y al cabo. Como apéndice de los poemas ha puesto Trend unas breves pájinas, ejemplo de la poe´sia tradicional y la barroca españolas, muy útiles y exactas para el lector inglés. Maravilloso lector inglés. Londres, hace unas semanas nos trasmitió a todos una conferencia sobre la paz eglójica de Virgilio; también una conversación de Eliot sobre la perdurancia de la lengua en la desaparición de todo lo demás.
Cita de Eliot. (Times)



FRAGMENTO 3

Qué bello el heroísmo del hombre cultivado y sereno, qué feo el del hombre bruto y revuelto. Bruto revuelto que deja morir del cárcel a Julián Besteiro, el ecuánime, que caza al hombre honrado y sensitivo que se refujia por necesidad en otro país y lo ahorca o lo fusila, como los dictadores de España, los vengativos, a este bueno y honrado Cipriano Rivas Cherif, entre otros que no conocí personalmente. Qué bien se portó Rivas con nosotros en aquel agosto de 1936. Gracias a su buen ánimo jeneroso y a la libre comprensión y noble dilijencia de Manuel Azaña, pudimos salir al aire más libre, entonces, del mundo, ya que en el de España (………………….), nos ahogábamos. No olvidaré nunca aquel salón amarillo con vistas a Guadarrama humeante donde Azaña, sereno y sonriente, no parecía un preso; y con qué pena dejé a algunos de los que dejé en Madrid, que hubiera querido llevarme conmigo. Aquí tenéis, casticistas, la tan cacareada “reciedumbre” de España; Azaña muerto de tristeza, Besteiro de ingratitud, Rivas de venganza, en nombre de lo castizo.
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Qué diferencia entre estos hombres de alma pequeña y oscura que hoy pisan fuerte y hueco a España y el General Mannerheim de los finlandeses. Guardo como una joya lírica y épica el discurso que dijo, que habló a sus soldados cuando el rendimiento a Rusia Zorra. Lo he citado en mi libro Época, como ejemplo de poesía de la guerra. Qué estraños conceptos, qué incomprensibles ideas, qué confusos sentimientos se leen y se oyen sobre la poesía de la guerra, y qué hermosa pájina escribió José Martí sobre esta equivocación. Mannerheim será para sus finlandeses mañana, como Gandhi para sus indios, un héroe hacia el futuro. Y pensar que toda esta horrible guerra es, mirándolo bien, una representación teatral. Nuestra vida entera no es más que una representación teatral en la luz del sol, la única comedia o trajedia que es al mismo tiempo teatro y verdad. Y qué verdad tan triste para el que es, al mismo tiempo, actor y espectador conciente. Y ¿cómo este actor, este espectador conciente ha de ser alegre ni gritón sino melancólico y callado? ¿Dónde queda dios, autor, actor y espectador? Mi amiguilla puertorriqueña de tres años, aquel montoncillo rubio verde y gris de encantos y gracias palpitantes, aquella inolvidable Malurita que ya no será así, que cumplió ya su papel de niña en la representación de la existencia, me decía, parándose de pronto, por la Quinta avenida de New York: “Juan Ramón, ¿dónde está dios?” Yo: “Pues…ya tú lo sabes”. Y ella impaciente, golpeando la losa grande y fría con su pie diminuto: “Sí, ya lo sé, pero yo digo antes, ¿dónde estaba antes de estar donde está ahora?” Y yo miraba sonriendo, callado y triste, el aire de entretiempo sobre el parque ya con hojas secas. Qué cosa el entretiempo. Siempre he sentido cada estación del año en el mismo corazón de la otra. Ahora, entero, estoy sintiendo la primavera, la primavera universal. Como aquí en esta Florida que vivieron y murieron tantos españoles, son más iguales entre sí las estaciones, es preciso sentirlas más sutil, más hondamente, distinguirlas entre la totalidad confusa de la estación total, del posible paraíso eterno. Aquí se ven todas las estaciones a un tiempo; el árbol seco, el amarillo, el verde, el cobre, el rojo cobijan flores de todas partes y tiempos. Sólo el pájaro, cantor al fin, siente la diferencia y las separa como yo. Qué humedad tan agradable hoy, esta humedad que ayer mismo me escalofriaba. Me acuerdo entre esta humedad, al lado de este mar gris, del manuscrito de la “Serenata India” de Shelley, que tuve entre mis manos temblorosas, hace 25 años, en la biblioteca Morgan. Aún tenía en sus manchas del mar la humedad de la muerte y de la vida que ahogaron a Shelley. Iban Esquilo, Kyats, él mismo, y esta serenata que parece desnuda. Qué frío sentiría la serenata al naufragar, qué frío siento yo leyendo la carta estraña de Keats a Shelley contestando a su invitación desde Pisa. La primavera, Keats, Shelley, el viento del oeste. En Cuba, viniendo nosotros de Matanzas a la Habana, por aquel camino cobijado de verdor, los totíes y los sinsotes vinieron cantándonos todo el viaje entre los magníficos, ya negros laureles. En Madrid, cómo cantaba el mirlo en la rama más alta del pino del jardín del Conde de Gamazo, frente a nuestra casa. En Moguer, la golondrina en la calle Nueva, en la calle de la Aceña, en la calle de la Cárcel, en la plaza de las Monjas, qué loca iba y venía; en New York, las camelias delicadas de Wahington Square, entre las casas de ladrillo rojo y cristales morados. Fuimos paseando los dos por Washington Square y recordando lugares, espacios, formas y colores de 1916. Cómo cambian los espacios, las distancias con el tiempo, mucho más que los colores y las formas. Qué buena mañana de recuerdos, que parecía, siendo otoño, primavera. Luego vimos libros viejos y nuevos en las tiendecillas íntimas, agradables, acogedoras de la calle 8, el Museo Whitney, otra vez, con la pintura y la escultura americanas recientes que van logrando, libre ya de Francia en lo crucial, su espresión y su estilo. Muy claro claro el aporte sobre este proceso en el libro America in Midpassage de los Beard, que estamos leyendo por las noches. Firmamos al salir para que no derrumbaran las casas viejas ni los árboles de aquellos lugares, de un colorido tan encantador. Qué bien van con los colores y las líneas de las mujeres internacionales de Nueva York. Aquella muchacha delgada y pelirroja leyendo un libro en la escalerilla de su casa, Quinta Avenida; aquella niña sentada al amparo del árbol centenario, camino llovido y anticuado de Tarrytown, aquel día bajo y apagado, ante luz rubia suya en lo verde grande. Elisabet Wheelwright tiene también una blancura particular bajo el pelo platioro y los ojos verdes distintos. Qué italiano tan gracioso habla, bella voz y aire de ilusión florentina. Buena mañana por los museos, con ella, aunque sólo le interesaban los italianos primitivos del Metropolitano. En el Museo Moderno no comprendía nada, y yo estuve sentado una hora mirando aquellos tres cuadros de Van Gogh, la mujer de verde y azul, la cerca con sol poniente, la réplica de Mollet. Luego fuimos a la esposición científica de Rockefeller Center. Qué cosa el desarrollo del ser humano en la matriz materna. Qué situación, qué suceso estar nueve meses en el seno de una madre, entre fibras membranas, venas, jugos automáticos, ajenos a las voluntades; qué cosa para ella (continente) y para uno (contenido), ella abultada horriblemente de uno, uno allí metidito, como estará en la tumba un día, y enroscadito, como un mazapancito, un (………………….). Una matriz o un huevo, y allí dentro, chupándole la sangre a una madre por el ombligo, un pollito, un niñito, un sercito que luego ha de ser un poco más tiempo y en un poco más de espacio esto que somos yo y el pollo, yo que me como el pollo, que lo interno de nuevo, y que no he de volver a acordarme, si no quiero, de aquello. Sin embargo, sí, yo me acuerdo si no quiero, sobre todo en sueños. Todas las pesadillas de estrechez y agobio, de conductos subterráneos y torres de caracol, de sujeción y apretura, tan frecuentes en mis noches, estoy seguro que son memoria de mi matriz. Y en New York, por fin, me he visto bien visto en mi serie sucesiva de feto, hasta que salí a la calle por fin, un 24 de diciembre de 1881, día, mes, año, nombres de los aficionados a contar bien. Tengo pues hoy 59 años y un mes de fuera y 9 meses, que nadie cuenta, de dentro de mi madre; mi madre ya “dentro” de Moguer, de Andalucía, de España. Y yo, ahora, fuera del todo de mi dentro, preso fuera. Cárcel agobiante, más que una matriz o un huevo, la de la ausencia obligada por la injusticia, vijilia de ahogo, tortura del buey de Franco, caño estrechado y apretador. Qué gozo salir de un museo a la calle, a la plaza, al jardín; cómo se respira el aire libre y qué cuadro el de la naturaleza y la vida. Algo de la vida hay en los museos, pero en la calle está toda y, además, todo lo de los museos. Pues ¿y las bibliotecas? Nunca he podido “leer” en una biblioteca. Además yo leo poco de una vez. Cuando llego a algo que me satisface o me embelesa, dejo la lectura; me basta con llegar a algo mejor. Una pájina bella cada día; y creo además que es feo echar una belleza sobre otra, un amor sobre otro. Ahora llevamos los dos una vida muy fundida en lo mejor, trabajamos, paseamos, guisamos, oímos música, viajamos, leemos juntos. Tengo la suerte de que a ella le guste lo que a mí y de que llegue a todo y todo sienta. Estamos más cerca que en España, y si no fuera porque a mí me falta España de este modo, y por lo que pasa en España, y en el mundo, sería feliz en la medida en que puede serlo el hombre interior. Pero el hombre de mi jeneración no puede, no podrá ser feliz (en el mundo). Sólo, león Felipe, los farsantes. No tenemos “servicio”, como debe ser, nos servimos uno a otro por gusto. Viene sólo una muchacha “de color”, una vez por semana, a resolver las cosas que nosotros, con nuestro trabajo, no podemos llegar a resolver. El servicio debiera ser sólo esto y, además, para lo grato. Lo desagradable debemos hacérnoslo nosotros mismos. Así quedaría bien la vida y la conciencia. Por la noche salimos poco. Qué bien está ella con sus vestidos de noche, qué joven está, es, qué espíritu tiene tan permanente. Los colores que van mejor con el suyo, de noche, son el negro o el gris con verde, con plata; de día lo blanco. Tiene el buen gusto de no pintarse; sólo, por la noche, un lijerísimo acento; y cómo le saca este toque de suave rosa y el sofoco de la excitación el verde especial, íntimo, secreto, de sus ojos. Su mirar es hondo y rico como era el de su madre. Yo creo que no debemos acicalarnos demasiado en nuestra vida; la limpieza precisa para estar de acuerdo en plena vida con la naturaleza. Lo que vaya bien con la naturaleza y la vida, y nada más. Y si hay que mancharse, mancharse del todo sin remilgo. La vida no hay que separarla en dos, limpia y sucia, ni alejarla de la tierra; es mejor unir tierra y vida y no esperar que las una luego a disgusto nuestro la muerte. Todo debe unirse en la vida. Qué desagradable aquí en la Florida la división del ser humano por “color”. En los bancos, los tranvías, las fuentes, un lado para los blancos y otro para los negros; los negros tienen que recojerse a cierta hora; no son de buen ver en otra “sociedad”.
(Sobre los negros.

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Y qué cosa tan estraña, nunca los he visto bañarse en el mar. Esta mañana fuimos al mar, y estaba liso, casi fluido de trasparencia; dejaba ver su fondo como una cara revelada. Era de un “incoloro casi blanco”, inmensa luz y agua distinta. El ser humano parecía negro, bestial, rehumano. Qué basta parecía la mujer grandota. Naturaleza, playa infantil para los niños y los hombres que no han olvidado que pueden volver a ser niños. Luego, la tarde buena, blanca y negra, y un concierto de Bruckner, su Octava sinfonía, y dirijiéndo la Sinfónica de N.Y., Bruno Walter. Hora grande de música, también, como la de naturaleza esta mañana, diferente; diferente como esta música de otra. Y qué lirismo, qué sonido el de la orquesta con Bruno Walter. Llena de luz el mismo día de sol. Por la noche, la carta de Alejandro a Darío III, vencido ya por él, y la de San Pablo a los Corintios, sobre la caridad especialmente. Dos cartas inolvidables, cada una en lo suyo. En español, sólo Santa Teresa puede compararse en las cartas a San Pablo. Qué relación tan honda entre ellas, la sinfonía de Bruckner y el mar de esta mañana. Hay días así, de una unidad completa. Hermoso domingo, otra vez fiesta verdadera.


 

 

 


Publicado por Goizeder @ 19:31  | TIEMPO, J.R.Jim?nez
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