Martes, 16 de octubre de 2007
 




EL SILENCIO PESADO...


EL silencio pesado,
la música, y el tiempo que hace ahí fuera
la gente de las calles con uniforme o luto,
las cicatrices que miro en tantas almas,
el sol rojizo iluminando cárceles,
ruinas, y ciertos muros, ah, ciertos terraplenes
en las que se incrustaron balas tibias con sangre,
con sorpresas de sangre visitada de pronto;
las condecoraciones , las banderas,
los hombres más providenciales, y los menos,
las noticias que no traen los periódicos,
y las otras interminables, infantiles,
anonadantes cosas de diferente especie,
me sitúan en mí, sin libertad posible,
como una oruga entre batallas:
no hay ojos, pies o manos,
palabras , violines,
con los que ver , tocar, pisar en firme,
escuchar un latido;
al combatido corazón de la vida,
sostenerse en el lomo de ballena furiosa
que revuelven las cosa que pasan.

Yo bien quisiera
hablar con voz más pura de la luna y las flores,
o descifrar en versos mágicos
el color de los ojos de la mujer que amo:
pero ahí está lo otro
un oleaje, una salva de aplausos y disparos,
el mar ronco por las calles.

Yo fui aquél que silenciosamente
besa las rosas y contempla el cielo:
amargos de odio, abiertos como heridas,
desfallecidos, de belleza aguda.
¡Aquí está el alma llena de cadenas,
el ciego sol sobre la mar sin nadie,
tanda espada de música en mi pecho!

Mirad la gente consumiendo vida:
el que trabaja, el que difiere en escupe:
todo lo dicho y más interminable.

Y entre tantos oficios yo soy aquél que mira,
aquél de quien se pide que atestigüe y declare.




POESÍA CONTEMPORÁNEA


Medito a veces
en la triste materia de mi canto.

Bien sé que hay muchos, soñadores,
(como yo rodeados de desgracia y caminos)
pero entre nubes blancas, con sus ángeles
abanicando tímidas
alas prerrafaelistas, lejos;
que quizá en el estío
cultivan la nostalgia de la lira imposible,
decoran las palabras, sumisas como rombos
de plaza pobre en farolillos
de verbena y papel colorado.

Oh Dios, cómo desamo,
cómo escupo y desprecio
a esos cobardes, envenenadores,
vendedores de sueños, mientras ponen
sedas sobre la lepra, ilusión sobre engaño, iris
donde no hay más que secas piedras.
Esclavos, menos
aún, bufones de esclavos.

Malditos una y siete veces,
en nombre de la vida, aunque juren que aumentan
la belleza del mundo; en verdad,
la belleza del mundo no precisa
ser aumentada ni disminuida
con sus telas. Lo que necesitamos
es una luz, es un desnudo brazo
que señale las cosas. La poesía es eso:
gesto, mirada, abrazo
de amor a la verdad profunda.
Ay, ay, lo que yo canto
miradlo en torno y despertad: alerta.

Ahí están, reunidos
en sociedad devoratoria y número.
(Llamar bestia asesina
al que, como el pesado
elefante del sátrapa,
hunde la pata hasta estrujar el rostro
que niega; ladrón vil
al emplumado grajo de cadáveres;
canalla al miserable…
acaso sepa a música
derrotada, a lamento
débil. A lo que no queremos.)
Pero nombrar no es sueño.

No sigáis las palabras. Contra ellos
yo canto hombres que tienen las tiránicas caras
como rostros con látigo: sonríen
al dolor, pero miran
al sol, y aprietan
los firmes dientes.
Y ya acabo.
(Esto no es un poema; son palabras
apretadas también, con saña.) Adiós. Es tiempo
de no plantar rosales. ¡Acordaos!




ÚLTIMO SUEÑO

Aquí hubo un hombre. Aquí, sobre este borde mismo,
yo vi su chorro erguido cesar, caer de pronto.
En esta misma esquina del tiempo estaba, estuvo.
Pero aquí ya no hay nadie. El silencio y mi llanto.

Yo miré con fijeza los ojos que aún brillaban
en el borde. Y me dieron su secreto de pronto.
Despertaba, aquel hombre. Había dormido mucho,
en un profundo ensueño semejante a la vida.

Lo recordaba todo como un largo viaje:
había tibios valles, grandes y frías lunas,
o estrellas perfumadas de azahares y almendros;
y agua entre guijas, dulce, donde posar los labios.

Otras veces el viento se ceñía con ansia
sorbiendo tristes hojas amarillas; la lluvia
que desnuda y empapa lo viviente, caía.
Mas la belleza hiere, deja el dolor, y huye.

Y los hombres... Pasaban, más veloces que el mundo.
Cruzaban sin mirarse. Corrían de prisa, ciegos,
brutalmente asediados por fábricas, o barcos,
o un olor repentino a dura hembra mojada.

¡Cómo tus tristes muros, soledad, levantaste!
Sólo antes, cuando el niño fue pétalo en la aurora,
oh fuente del ser, clara, la madre remotísima
dio amor, beso que aún dura, separación aún viva.

Sólo alguna vez, luego, fugaces, unos ojos
que dulcemente hicieran recordar los primeros.
...¡Oh triste, triste sueño! La soledad por siempre,
y ahora que ya despierto, que como niebla olvido...

Porque todo fue sueño, porque despierto y miro
la luz, la luz. He sido. jPorque ya nada quiero!
Porque hace tres mil años que tú me acariciabas,
mimosa, honda, vacía!, para que me despierte...

Como dormidos viven los hombres. No lo saben.
¡Yo acuso, yo golpeo, yo clamo! Aquí fue un hombre.
Antes de tres mil años otro vendrá: ¡miradlo!
Mirad. Este es el borde. Nadie responde aquí.

Publicado por wineruda @ 14:58  | Poes?a Imprescindible
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