EL silencio pesado, la música, y el tiempo que hace ahí fuera la gente de las calles con uniforme o luto, las cicatrices que miro en tantas almas, el sol rojizo iluminando cárceles, ruinas, y ciertos muros, ah, ciertos terraplenes en las que se incrustaron balas tibias con sangre, con sorpresas de sangre visitada de pronto; las condecoraciones , las banderas, los hombres más providenciales, y los menos, las noticias que no traen los periódicos, y las otras interminables, infantiles, anonadantes cosas de diferente especie, me sitúan en mí, sin libertad posible, como una oruga entre batallas: no hay ojos, pies o manos, palabras , violines, con los que ver , tocar, pisar en firme, escuchar un latido; al combatido corazón de la vida, sostenerse en el lomo de ballena furiosa que revuelven las cosa que pasan.
Yo bien quisiera hablar con voz más pura de la luna y las flores, o descifrar en versos mágicos el color de los ojos de la mujer que amo: pero ahí está lo otro un oleaje, una salva de aplausos y disparos, el mar ronco por las calles.
Yo fui aquél que silenciosamente besa las rosas y contempla el cielo: amargos de odio, abiertos como heridas, desfallecidos, de belleza aguda. ¡Aquí está el alma llena de cadenas, el ciego sol sobre la mar sin nadie, tanda espada de música en mi pecho!
Mirad la gente consumiendo vida: el que trabaja, el que difiere en escupe: todo lo dicho y más interminable.
Y entre tantos oficios yo soy aquél que mira, aquél de quien se pide que atestigüe y declare.
POESÍA CONTEMPORÁNEA
Medito a veces en la triste materia de mi canto.
Bien sé que hay muchos, soñadores, (como yo rodeados de desgracia y caminos) pero entre nubes blancas, con sus ángeles abanicando tímidas alas prerrafaelistas, lejos; que quizá en el estío cultivan la nostalgia de la lira imposible, decoran las palabras, sumisas como rombos de plaza pobre en farolillos de verbena y papel colorado.
Oh Dios, cómo desamo, cómo escupo y desprecio a esos cobardes, envenenadores, vendedores de sueños, mientras ponen sedas sobre la lepra, ilusión sobre engaño, iris donde no hay más que secas piedras. Esclavos, menos aún, bufones de esclavos.
Malditos una y siete veces, en nombre de la vida, aunque juren que aumentan la belleza del mundo; en verdad, la belleza del mundo no precisa ser aumentada ni disminuida con sus telas. Lo que necesitamos es una luz, es un desnudo brazo que señale las cosas. La poesía es eso: gesto, mirada, abrazo de amor a la verdad profunda. Ay, ay, lo que yo canto miradlo en torno y despertad: alerta.
Ahí están, reunidos en sociedad devoratoria y número. (Llamar bestia asesina al que, como el pesado elefante del sátrapa, hunde la pata hasta estrujar el rostro que niega; ladrón vil al emplumado grajo de cadáveres; canalla al miserable… acaso sepa a música derrotada, a lamento débil. A lo que no queremos.) Pero nombrar no es sueño.
No sigáis las palabras. Contra ellos yo canto hombres que tienen las tiránicas caras como rostros con látigo: sonríen al dolor, pero miran al sol, y aprietan los firmes dientes. Y ya acabo. (Esto no es un poema; son palabras apretadas también, con saña.) Adiós. Es tiempo de no plantar rosales. ¡Acordaos!
ÚLTIMO SUEÑO
Aquí hubo un hombre. Aquí, sobre este borde mismo, yo vi su chorro erguido cesar, caer de pronto. En esta misma esquina del tiempo estaba, estuvo. Pero aquí ya no hay nadie. El silencio y mi llanto.
Yo miré con fijeza los ojos que aún brillaban en el borde. Y me dieron su secreto de pronto. Despertaba, aquel hombre. Había dormido mucho, en un profundo ensueño semejante a la vida.
Lo recordaba todo como un largo viaje: había tibios valles, grandes y frías lunas, o estrellas perfumadas de azahares y almendros; y agua entre guijas, dulce, donde posar los labios.
Otras veces el viento se ceñía con ansia sorbiendo tristes hojas amarillas; la lluvia que desnuda y empapa lo viviente, caía. Mas la belleza hiere, deja el dolor, y huye.
Y los hombres... Pasaban, más veloces que el mundo. Cruzaban sin mirarse. Corrían de prisa, ciegos, brutalmente asediados por fábricas, o barcos, o un olor repentino a dura hembra mojada.
¡Cómo tus tristes muros, soledad, levantaste! Sólo antes, cuando el niño fue pétalo en la aurora, oh fuente del ser, clara, la madre remotísima dio amor, beso que aún dura, separación aún viva.
Sólo alguna vez, luego, fugaces, unos ojos que dulcemente hicieran recordar los primeros. ...¡Oh triste, triste sueño! La soledad por siempre, y ahora que ya despierto, que como niebla olvido...
Porque todo fue sueño, porque despierto y miro la luz, la luz. He sido. jPorque ya nada quiero! Porque hace tres mil años que tú me acariciabas, mimosa, honda, vacía!, para que me despierte...
Como dormidos viven los hombres. No lo saben. ¡Yo acuso, yo golpeo, yo clamo! Aquí fue un hombre. Antes de tres mil años otro vendrá: ¡miradlo! Mirad. Este es el borde. Nadie responde aquí.