Mi?rcoles, 19 de diciembre de 2007

 

EL ÚLTIMO SIGLO ANTES DEL HOMBRE


DESCENDÍAN con guerreras rotas, con fusiles viejos
sin pan en la mochila ni balas. Sólo con pequeños ríos furiosos cerraban su paso
tras ellos. Habían andado meses y meses por desconocidas
piedras por la nieve junto con sus olivos y sus viñedos-uno dejó allí arriba un pie una mano otro un gran trozo de su alma cada uno de ellos uno o más muertos.


Luego volvieron con las heridas y miembros
congelados enterraron sus fusiles en las rocas, en la nieve, en
los huecos de los árboles
en el corral, entre tejado y techo, en el oscuro
trastero
que sale por la parte de atrás de la noche con un
pequeño candil de aceite de paciencia.


Crujía la puerta cerrada igual que los dientes por el frío. La nieve se derretía. Bajaban grandes ríos dentro de la noche Junto con huesos, gorras militares y banderas rotas.
Las ventanas cerraban sus ojos. Los cristales no lucían
como ojos ciegos. Miraban hacia dentro.


Llovía mucho aquellos días. El río bajaba desde los techos a los canalones y desde los canalones a las calles y desde allí a las alcantarillas —luego ya no sabías.

Quedaba una fresca línea gris de lo desconocido dentro de la ciudad dentro de la noche hasta dentro del sueño.

Fuera de la habitación cerrada del común pasillo
justo encima de las maderas de la puerta, un muerto
siempre de pie, apoyaba su espalda en la puerta
hombro a hombro con la puerta —si la abrieses el muerto se caería.
Ni hablar ya de dormir ni hablar de darse la vuelta del otro lado.
Muchos pasos secos, oscuros —pasos ajenos en la calle
o en la escalera
en torno a un pedazo de silencio o de un trozo
de hielo o muerte no sabías—
en torno a algo frío redondo y ausente. Y un pequeño perdigón
se desplazaba de acá para allá siempre cerrado y entero
como el mercurio sobre el suelo de un termómetro roto.


Detrás de la tapia había el mohoso jardín oscuro con huecos árboles allí tiraban los cántaros rotos, los algodones con el pus y sobras de comida.



Nadie miraba por la ventana. Llovía. Las habitaciones
cerradas por el ruido de la lluvia —separadas
como cuadrados cajones secretos con desconocidas mercancías
sobre la bodega de un gran barco incomprensible, inmóvil— ¿O acaso
navegaba sin chimenea ni hélices? Olía sin embargo a carbón
y a inmensa agua. Y había, creo, luna en aquellas noches
la sombra de la luna se enganchaba con el inmenso muro.


Mucha humedad. Un escalofrío pasaba por los cables
a las escasas patatas del armario les salían retoños.
Lo mismo a las cebollas
les salían ojos verdes. El saco roto por un dedo invisible.
La bombilla del pasillo llena de polvo como un inútil recuerdo.
Los platos sucios en la cocina, el húmedo trapo de fregar, la bolsa de papel
el trigo envenenado y la ratonera
las cucarachas libres por la noche sobre las losas del retrete
con leves crujidos, muchos crujidos, igual que aquéllos sobre las articulaciones de la pesadilla.
Después de la media noche comenzó el viento. La ropa sobre el alambre de la terraza
golpeaba fuerte como grandes aguas a la luz de la luna.
Y es cierto que aquel barco navegaba.



Subió el último la escalera. Quedó en el descansillo mediano
ante la estatua, que quedaba allí desde años,
en el hueco de la pared al lado de la escalera
¿No sería su propia persona? allí parado —¿desde cuándo?—
¿Y si quería ahora bajar o subir? Nada.
La rodilla de piedra es inflexible. Se rompe.
Lo de la piedra, lo de la piedra, lo de la piedra —decía,
y la luna contaba sus dedos hasta nueve.
Y de nuevo hasta nueve —extrañas cuentas.
¿Qué relación tenemos nosotros
con estos números escritos sobre los sucios cristales
además números plateados? La humedad destellaba
en las esquinas.
Al momento subió el hotelero —le apartó indiferente y pasó.
Sus bolsillos estaban llenos de llaves —no se oyó el timbre.
El camarero quedó dormido con su cabeza dentro de la bandeja
—¿no será que estaba muerto?
El otro avanzó y miró por el ojo de la cerradura a la joven pareja
ella al borde de la cama —se quitaba las medias y lloraba
él estaba ya desnudo totalmente indiferente
igual que aquella estatua de hueso de la escalera—
y la estatua ya no estaba en su sitio,
pasó de lado, con el hombro, por la abertura de la puerta—
la madera sin pintar despellejó algo su espalda.
¿Imaginas las estatuas cuando hacen el amor,
cuando se lavan y se peinan ante el espejo,
cuando se ponen los zapatos y se abrochan las chaquetas,
cuando tienen prisa para coger el autobús de la mañana?

Porque todas hacen el amor, todas tienen prisa, todas quieren vivir
por fuera se oían tumultos de pasos y disparos.
La ciudad en vela. Las persianas golpeando toda la noche
como aplaudiendo al desierto. Tienen miedo y aplauden. Al tejado
las botas del viento. Las sudadas camisetas del enfermo en la cuerda tendida
desde un rincón de la habitación al otro. Mucho fango en la calle.
Oyes cómo se pudren en la entrada sus zapatos.
Están secos tus socavados labios. ¿Tienes fiebre?
Un olor de alcohol y de alcanfor dentro de la habitación
que llega hasta la memoria.
Se llevaron los heridos hace días. Cerraron el hospital.
Los viejos pies de madera y las muletas quedaron en el sótano.

Con la tromba de agua se inundó el sótano salieron las muletas y los pies de madera a la calle. ¡Ah, pues! —dijo—, las estatuas te digo que andan y sujetan fusiles. Pueblos desiertos, ríos secos en un despiadado verano. Bombardeadas iglesias. Un viento blanco silbaba como el loco cantor de la iglesia que cantaba salvajes himnos entre los disparos y el cura con las botas del oficial muerto levantaba la sotana y saltaba la tapia. En las paredes estaban borradas las pintadas. Sordos cañonazos en la lejanía,
abajo sobre el horizonte el silencio de la guerra perdida.
Un caballo muerto sobre la cuesta.
Se había pegado el hielo al zapato, al calcetín,
del calcetín al pie.
Volveremos dijeron. Y aun sin pies volveremos.
Crujían los maizales
extrañamente como si se rompieran los papeles
con las canciones patrióticas
como si se rompieran las banderas.
Dos nubes flacas colgaban encima de la montaña
como dos trenzas de ajos
al lado de una chimenea
de una casa bombardeada. Ocultemos esta luz,
no sea que nos la quiten —¿dónde la ocultaremos?— dijo.
El otro miraba a sus uñas. Se hizo de noche.
Bajaron de refilón, de pared a pared. Se agacharon
cogieron sus sombras y se taparon hasta arriba.
Se perdieron.
Sólo sus pitillos de lejos de vez en cuando un
chispeteo rojo.




Se derritieron las nieves bajaron ríos y también ellos se fueron.
La muerte andaba sobre el fango y las carretillas de mano en el barro.
Encima de la caída puerta del verano llevaban los muertos.
Los cipreses puestos al cielo como los revolucionarios sobre el paredón.
Quemaba el sol. Las guitarras de los gitanos
se llenaron de sangre. No sonaban. Se secaba el fango.
Hablábamos de un ocaso tras los árboles y las colinas
de aquellas anaranjadas nubes que no te dejan
para que termines tu jornada sin asegurarte que algo quedará. Decíamos de las raíces debajo de la piedra. ¿Qué podemos
decir ahora?


Un solo movimiento con la agotada mano para espantar un moscón de la frente del muerto.
¿Cómo desenredar
aquella vieja voz ante el abril y mayo igual que los vendedores de telas desenvolvían en
otros tiempos un rollo de tela deseada con flores estampadas ante los ojos de las mozas? Se decoloró, ya no
sirve,
¿Cómo desenvolverlo ante los ojos de las niñas
que no tienen pan
ante los ojos de las madres que llevan nada más
que negro, negro, negro?


Sin embargo hablaban, preguntaban. Oían además su propia voz.
La mujer sacó su zapato y lo sacudió. Tenía un agujero.
El sol quemando la sombra del árbol en la calle —la calle humeaba.


Con qué asombro cambian los colores y las horas —¿no es así?
Por la mañana
es como si llevaras gafas azules. Al mediodía amarillas.
Por la tarde rosadas. Por la noche negras. Todo cambia.


Por la noche cuando se enturbian las fachadas de las casasy entre dos famélicas estrellas cuelgas tu chaqueta—
por la noche con el ruido del cambio de las estaciones del año ante una garita militar de madera
los dobles pasos que alargan la doble orden, el doble saludo
y los demás pasos, el tronar de las armas. ¿Quién está detrás de la puerta?
¿Cuáles son tus manos? ¿Tu cara?
No puedo reconocerte. A causa de la oscuridad, como comprenderás.
No te sientes en esta silla. Está rota. Por la noche
no se ven las uñas que se hunden dentro del puño.


Soldados que huyen, corren, apuntan y caen.
Desde el otro lado corren los otros, apuntan y caen.
La sangre corre
sobre la nieve, en el barro, debajo de la tierra. Grandes ríos,
ríos rojos bajan de las montañas —los oyes por la noche.
No puedes quedarte ni dentro ni fuera. ¿A dónde ir?



En primavera crece hierba gruesa, flores rojas grandes y carnosas. La tierra está roja y crujiente —vale para cántaros y ollas.



Hombres miran desde las ventanas. ¿Qué ocurre? Alguien escarba un tiesto con un hueso —blanco hueso limpio— brilla al sol.
Los niños se sientan en el umbral. No leen. Están pensando.

No abras la puerta. Deja que el verano llame cuanto quiera.
La luna es el casco militar del soldado alemán.
Atrinchérate bien —ponte grueso papel de estraza en los cristales.
Sólo los muertos tienen permiso de circular por la calle —oyes sus pasos
con sus humildes zapatos deshechos por la lluvia andando
sin encontrar sueño ni tumba en ese tiempo, sin encontrar
un poco de lugar suyo un bocado de pan y un pequeño recuerdo.





Grandes focos dan puñetazos a los muros, buscando sobre los surcos de las nubes
metrallas aletean tras la tapia de la fábrica de ladrillos
los perros escarban la tierra escarbada por los morteros y las tumbas.




¿Dónde ir en tal momento? El viejecito puso las palmas de sus manos al lado del cristal de la lámpara —con cuidado— como si sujetara un pájaro blanco congelado para calentarlo, y poder volar luego. Puede ser que ya calentado puede quedar por su propia voluntad allí encima de la mesa al lado del cenicero.

Relojes parados. Cayeron las manillas del gran reloj de la Catedral como dos vigas chamuscadas —no se oyó sonido. Aquél gritó en la calle: daos prisa, daos prisa. El otro corría tras él: para. Un farol en el cruce. Y un letrero a destiempo, perplejo
casi inadmisible —grandes letras
bastante estables y algo apresuradas: «Dirección hacia el sol.»
Se detuvieron un instante. No leyeron. Uno saltó los raíles rotos.
El otro se entretiene entre los tejados con las mojadas estrellas
como si buscara el número del portal. No lo encuentra. Para.
Su cara es ésta. El timbre está aquí. No lo toca.
Espera escuchar el timbre de un lado al otro
sobre el tenso cable de la noche. Toca, pues. No toca
cortadas sus dos manos. ¿Qué ponía aquel letrero?


Muy tarde de noche todo está tranquilo. Se pegan las cosas
una con la otra, codo a codo —se juntan como sea
o por lo menos no se ve que están separadas. La oscuridad
cierra las fisuras, cierra aquellos huecos
entre tú y yo, entre el pie y la calle
entre un paso al otro. ¿Será posible que le crezcan las manos
como las ramas de los árboles, como las ramas secas que les brotan hojas?
Pero a la madrugada, castigada, amarilla y gris,
pasa los rotos puentes a zancadas.
Su pantalón se engancha por los grandes clavos roñosos. Entonces
casa por casa se distingue por su propio miedo cada una.
Sobrante el fango sobre las rotas calles. Cogía el fango en sus manos.
Hacer un pájaro de barro —decía— ¿qué vas a hacer?
¿Un cántaro? ¿Qué pondrás dentro? ¿Fango?






En esta casa con tantas habitaciones, con tantas
familias pobres los niños tienen frío, las mujeres tienen frío,

meten periódicos en sus espaldas, enfajan sus pies como niños enfermos.
Las ollas vacías suenan solas a medianoche.
El muerto quedó tres días sobre la cama de hierro.
Moscardones se posan en su boca. Éste no tiene hambre.
Sobre la acera se oían las muletas de la luna.
Una rama oscura rascaba la persiana.
Busca los bolsillos del muerto. Tenía una llave-cita.
Puede que esté en su baúl un trozo de pan de maíz. No le dio tiempo a comer.
Ten cuidado que no lo descubran los niños que ha muerto.
Así tendremos durante una semana su pan. Una semana.


Se descompondrá, olerá. ¿Cómo aguantar una semana?
¿Cómo aguantaremos?
¿Un año, dos años? Abrid por lo menos las ventanas.


Salió. Golpeó tras él la puerta como si hubiera cerrado un ataúd. No se le vio más.
Prófugo. Prófugo en la oscuridad. Clandestino. Los otros miraban al muro.
El más viejo masticaba con sus encías su calcetín.
En sus bolsillos el polvo de carbón de la sombra.
En sus narices el olor de la piel chamuscada del relámpago
—un lejano, muy lejano relámpago.
Las lámparas humeando toda la noche en los
sótanos. Vienen silenciosos invitados pétreos. Fuman mucho, por las fisuras de la puerta sale el humo, como si hubiera incendio en casa. ¿Querrán hacerla saltar por los aires? ¿Querrán
saltar ellas también por los aires? Debajo de sus camisas, sobre el vientre, sobre la
piel están enfajados de paquetes de papel —como
aquellos que leíamos que enfajados con dinamita— se echaban ante las acorazadas armas.


Aquel que se perdió hace días, guardaba en su pecho una carta con letras verticales como cipreses o abetos.



Los que quedaron quemaron la puerta del huerto para cocer unas verduras
—las cogieron en el viejo cementerio. Cuando hay sol
aumenta la humedad en las habitaciones. Las paredes ennegrecen.
Sin embargo, el aire entra y sale libre. Y de aquello que hablábamos
—la escalera y la estatua de la escalera, las llaves y la bandeja—
quedó muy atrás, tras las montañas, en una rota placa.
Y como te decía —decía— las cosas son más sencillas de lo que creíamos.
Mucho más sencillas. Aquél queda agachado. No habla.
Adelgazó mucho. Sus huesazos sobresalen como hachas.
Sus cejas —¿has visto?— son como dos gordas pinzas sujetando dos ascuas encendidas. Algo está pensando.


Sus uñas están negras de la grasa, negrísimas. ¿No serán de la tinta?
¿No será el que imprime los pasquines? —éstos que encontramos bajo la puerta.
¿Éstos que usamos para encender y cocer agua y entra el sol en la cocina?
Algunas veces, por la noche cuando pasaba el tren con retraso
rompía de arriba abajo el silencio, como aquellas sábanas de antaño
que rompían la blanca tela. Ahora el tren
desciende debajo del miedo mismo —parte en dos la ciudad
sólo en dos sencillas cosas. De este lado una parte, del otro la otra, como decimos: la luz, la oscuridad, como decimos:
la vida y la muerte, y como decía la abuela atando su pañuelo:
de un lado, hijo mío, lo bueno, del otro el malo. Tan sencillo.
Haciendo la señal de la cruz. La luna la hacía señas desde el cristal
y ella la respondía: deja terminar mi palabra y voy. Muy sencillo.


En cuanto tiene frío la gente levanta sus solapas tapa sus oídos
y tiene —¿te has fijado?— dos orejas, dos ojos, dos manos. ¿No es extraño
que no los hayas contado, no recordar? Aquellas noches,
aquel viejo espejo, Dios mío, con el despellejado azogue
frente del otro espejo colgado a la pared reflejando él hueco de la habitación con las tres
sillas viejas
multiplicando las sillas —no había nadie para
que se sentara— Una segunda habitación, una tercera habitación
vacía, cuarta, quinta, cuántas habitaciones dentro de la cerrada casa, dentro del espejo, deshabitadas habitaciones, solas, sin casa, dentro,
hondamente-deshabitadas. Luego sopló viento fuerte. Abrió la puerta. Cayeron de los clavos los espejos los dos amigos
se miraron cara a cara. Buenos días dijeron. Sonrieron. El espejo roto en
el suelo, devolvía brillantes, esparcidos detalles de un día
entero.


Y aquel letrero en el cruce —siempre en su sitio—
«Dirección hacia el Sol» —más correcto ahora con la primavera
casi razonado entre los primeros días soleados
en que las mujeres abrían las ventanas y sacudían sus sábanas
y se distraían algo entre la luz mirando lejos
como si vieran ya de un punto al otro de la viga chamuscada del muro de enfrente
pegado con la saliva de la primavera el balconcito de dos golondrinas. Se distraían durante horas.
Y en frente del viejo poste de telégrafo —sobre un nudo de la parte baja brotó una hoja verde.
Puede quizá que hubieran leído el letrero. Frotaban sus ojos
por el abundante reflejo del sol. Y entraban dentro apresuradas como si hubieran recordado de algo muy querido.

Más tarde cuando regresaba la noche, éste insistía —apretaba los dientes e insistía.
No se veía nada en la oscuridad. Ya ni el letrero. Y los postes de telégrafo
andaban con grandes pasos secretos encima de los muertos. Nadie sabía
qué llevaban, qué distancias recorrían. La noche
estaba llena de estatuas de carbón. Y él insistía
cada estatua sin manos le pedía a él sus manos.
Uno corriendo con la boca tapada por su alma con un farol en la mano.
Tras él huían asustadas las sombras de las casas caídas. Se oían disparos.
Apaga el farol —le decían desde las puertas. Apaga el farol haces de blanco.
Las mujeres golpeaban sus pechos. Apaga el farol. Que no vean, que no veamos.
Llegó al barrio alto. Quedó ante su casa. Una vecina
le dio la llave. De parte de tu madre, dijo, junto con su bendición —y cerró la puerta.
Cuatro años faltó. Se sentó en el umbral
se quitó el casco, lo apoyó en sus rodillas como niño muerto. No lloró.
Una bala le dio al farol. Se apagó. Toda la noche se oían
los disparos como si apuntaran a aquel letrero.


No hay barco para ti, no hay camino —repetía. Una frente desproporcionalmente grande,
dos ojos sospechosos —dos bombillas polvorientas en
el pasillo del hospital quirúrgico. Una enfermera con cofia almidonada
duerme sobre su silla. Olor de cloroformo. El tibio bisturí.

El dolor que no es siquiera dolor. Conversaciones
en voz baja.
¿Se salvará? ¿No se salvará? De pronto un gran foco chocó sobre los muros, entró por las
persianas
rayó con fuertes cuchilladas el techo. La noche desenvolvió en el aire una gran luz triangular igual que un obrero desabrocha su manchada camisa
y ve su fuerte pecho. Sabíamos—
tras la espalda de la noche un montón de barcos esperaban
un montón de caminos abrían sus manos. El médico
lavaba sus manos, echó su bata en la silla
como si se hubiera derretido la nieve en la colina.
Amanecía detrás de los árboles del hospital.
Estos hombres son austeros y silenciosos. Tienen una manta
en sus hombros
duermen donde sea —mitad arriba, mitad abajo— en los árboles, en la lluvia, en el suelo.
Sin embargo andan agachados y con cuidado (¿no será que tienen algo frágil entre sus manos?)
como si sujetaran una taza de tila para un enfermo
cuidadosamente que no se les cayera por el camino —sobre todo
cuando suben la escalera
—porque siempre están subiendo una escalera (agachados, aunque sabes que en sus adentros van de pie)
una escalera de piedra, tallada en la montaña —no aquella de caracol, la estrecha, de madera
la que subías solo y se enredaba a tu alrededor la escalera
como soga marinera desde los pies a la cabeza
hasta la boca y más arriba —apretando. Quedaban fuera sólo tus ojos
saltones grandes ensangrentados intentando entre las chispas
de la oscuridad distinguir la escalera que subiste. Oscuridad. No ves nada. Enredado con la soga, debajo de la escalera?
¿Qué ruido será éste? ¿Qué ruido debajo del techo, dentro del armario

entre un paso y otro, fuera de las puertas, dentro de las puertas

ante el silencio de la indecisión, el último momento después de la decisión? ¿Qué ruido?
Con el oído pegado a la pared escuchan.
El cuerpo pegado a su sombra. Es posible que los muertos también escuchen
con el oído pegado a la tierra: Lejano tumulto de pasos.

El golpe de la multicopista. Calma. La bombilla
es una mano amarilla espasmódica por encima de la oscuridad.

¿Qué bandera es la que ondea en el palacio del Ayuntamiento?

¿Con qué señal? ¿Con qué color?

Las perolas del rancho popular tocan toda la noche como tambores.
Noche decidida. Barrios esperanzados
con su vientre pesado de hambre de pena, de
santa ira. Encima del poyete
el orador popular: «Camaradas.» Nada más. Una cerilla.
La mecha.
Y las grandes zancadas de la bandera encima del
sueño.
Y el gran arco del triunfo de la noche todo pinta-
do con enormes hoces y martillos de la velada.
Apagó la luz y abrió la ventana. La luna entró al poco atrasada y honorable. Se sentó en el suelo
blanca con sus flacas rodillas en el polvoriento
suelo. Es también esta ternura la que puede ver de vez
en cuando poder saber que aún existen olvidados dos árboles dentro de la derribada tapia, una
mujer con movimientos sencillos y naturales como si
limpiara judías tiernas en una mesa desnuda, en un momento normal, en
una noche normal en medidas normales de una justa necesidad —y
el sonido del agua que cuece al lado, menudo, oído de nuevo después de un confuso suspenso— ¿de cuántos
meses?

Las noches son inacabadas. Nubes van y vienen en el cielo
malvas, grises o lechosas, y aun plateadas—
grandes caminos, grandes pasos, libres las nubes. —¿No es extraño
poder ver de nuevo? Paciencia —dijo—
como si hablara a la luna. Aquél sonrió.
Vio su sombra dentro de la luna. Puede besar su sombra. Y las estrellas
como tacitas de café después de un encuentro amistoso
en la casa de un soltero, con muchos pitillos —extraño, sí—
un hombre en la pila de fregar lavando los platos.

Después se llenó la habitación de un resplandor rojo. Se oyeron campanas. Habrá incendio en algún lugar, los soldados se
sorprendieron, corrían. Y aquella llama bailando su roja sombra sobre las terrazas de las viviendas, en las puertas, en las barandillas. Su sombra se recogió en un hatillo de calcetines sin lavar.
Cayó el fuego aquí en la ciudad que entregaba al fuego su historia y la nuestra.







¿Se quemaría también aquel letrero? El hombre seguía lavando aún los platos. Las tacitas de café sobre la mesa eran rojas, brillaban. No, no se quemó. ¿Quién va? ¿Quién va?, gritaba una voz blanda,
femenina. ¿Crees que será la primavera? —decíamos— la
primavera ¿Crees que nos pondrá en el bolsillo una nueva hoja verde
para comprar en la primera estación unas frambuesas y un periódico? Dijo la seña y la contraseña. Pasó. Éste que se sentaba
tranquilamente y como indiferente ante el puesto de gasolina
sería miembro del Partido. Una leve brillantez escapó de sus ojos igual que la punta de un pasquín desde el bolsillo
de su chaqueta. Luego salía del garaje un grupo de proletarios moviendo su cabeza silenciosos, se juntaron con
él, avanzaron— en sus manos llevaban una invisible iglesia que andaba con ellos por encima de sus cabezas. Estaba sentado al borde de la silla —uno de sus
pies encima del silencio siempre listo a esconderse o huir solo. Sus manos tenían la figura de una silenciosa provocación
—puede que de orgullo. ¿Tú quién eres?, dijo el otro. ¿Qué eres? Muestra tu identidad.
¿Tú —un dedo levantado que prueba la calidad del aire?
Otro dedo escondido tras el gatillo del fusil comprueba tu valentía.
Lo sé —dijo él. Y no se enfadó. Lo sé,
Era una relación como aquélla entre el árbol y el aire
o entre la tierra y el árbol —tan natural e inalterable.
Por dentro de la reja del jardín salían las primeras hojas
fuertes y sin obstáculos como vivas verdes. Y aquél
metía insistente su dedo en el ojal de su chaqueta
como si fuera a abrir un túnel debajo de las piedras.

La noche sentada en los tejados. Un silencio posaba en el fondo.
Las ventanas colgaban al aire cogidas de un alambre como oscuros retratos
Hasta allá de los dos lados de la calle. Rojas chispas
escapaban de vez en cuando por las fisuras del sueño. En algún
lugar trabajaban hierro candente
con largas pinzas y martillos. Un bulto candente
daba vueltas desde el blanco al rojo al gris y al azul. Una noche
donde se aligera el peso de la sombra y se ve
más oscura y más grande la duración, a pesar de que es algo más blanca y breve.

Eran unos hombres silenciosos y fuertes como
niños enfadados. Sus manos toscas. No dormían. Puede que sean
éstos los que cada noche aprietan las tuercas de los
aflojados puertos de las estrellas su corazón sordo y austero —era un túnel debajo de las montañas debajo de los ríos y de las raíces donde pasaba silbando el tren de la tarde con rojos soldados con banderas y tambores con ferroviarios panes y pipas de girasol.

Hacían su guardia nocturna siempre silenciosos.
Contaban los pulsos de las ruedas y de las válvulas con furiosa exactitud. Y aquél
con otra exactitud de perdón —sin contarlas—
colocaba repartidas palabras dentro de la totalidad —con humildad
con los imprescindibles medios de su tiempo —tan humildes— una canción
que prematura para la gente —decía—
y era tarde además para cantarla.

Verdad —una canción andando sola lejos de sus oídos,
lejos de su responsable silencio. Puede quizá que la oigan

como se oye de noche fuera de la fábrica el paso de una prostituta,

una prostituta con labios pintados y pintadas uñas

con baratos perfumes —una prostituta que hace sonar sus tacones fuera de la acera
fuera de la decidida noche
fuera de las impresionantes ventanas de la historia. Y él insistiendo
con la misma humildad una vez y otra vez: «Dirección hacia el sol.»

Era como si tuviera vergüenza. Yo —decía y volvía a avergonzarse. Yo ni el sonido de una rueda hambrienta puedo distinguir, o de una rueda que se embriagó de una rueda que se enfermó. Sólo vuestro paso distingo. Puedo distinguir donde miran vuestros
ojos aunque no me distinguen no me distinguen. Un
letrero—

Un letrero solamente —no, nada. Y de verdad tenía vergüenza
de la estatua que entra por la puerta. Y sin embargo él la había visto. ¿No sería él mismo? Nada.
¿Viste aquel pararrayos? —dijo— ¿qué quería decir?
¿Y por qué lo recordó?, con uno de sus extremos
en el más alto pico de la chimenea de la fábrica y el otro
clavado en la tierra. ¿Así no es? —preguntaba.
«Desde aquí» —sí. Y el camino llano aunque difícil—
quiero decir: seguro o inevitable —esto solamente.
Y quedaba inmóvil como estatua con las manos en el bolsillo
como aquella de la escalera exactamente —sólo que vestida, porque
conservaba aún la frialdad y la noche.
Debajo del farol se veía más claro el letrero acribillado por las balas.
«Desde aquí dirección hacia el Sol.» Él no le miraba—
perplejo y como culpable. ¿No serían suyas aquellas letras?, se parecían.
(Y era como si lo demostrara, porque estaba fijo en él.)

Grandes planos blancos. Cuadradas terrazas. Gran planta baja blanqueada. Y las cuadradas tierrucas

verdes, castañas y amarillas entre el radiante sol.
Entraba la primavera. Y las chimeneas como dedos gruesos ennegrecidos de los muchos
pitillos en grandes desvelos de trabajo —mostraban en
algún punto alto tras las nubes. Una ventana se abre. Y otra. Aquél seca su sudor. Buenos días —dijo. Buenos días. Hoy hace calor.
Gran planta baja blanqueada.
Y el letrero —de madera cuadrada— esto es todo,
dijo, nada más—
al cruce allí: «Desde aquí hacia el Sol.» Pasado mañana
que pasaremos dentro del sol con banderas y herramientas
puede que alguien pare un breve instante y pregunte:
«¿Quién escribió con letras tan torpes este letrero?»
Y otro quizá recuerde y le diga:
«Yannis Ritsos —poeta del último siglo antes del Hombre.»

Atenas, julio-agosto de 1942



Publicado por wineruda @ 16:50  | Poes?a Imprescindible
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