Viernes, 25 de abril de 2008

FRAGMENTO 4

 

Recuerdo lo que consideraba Stendhal un día hermoso cuando estaba en Roma; pero hay cosas que no es necesario escribirlas, porque parece entonces que no fueron sólo para nosotros; y qué deleite en esas cosas que sólo son para nosotros. La puesta de sol quedó dentro de la noche, de una manera absoluta y completa. Todavía cruzaban el crepúsculo las luces de Bruno Walter. El periódico La Prensa de N.Y., publica hoy un artículo de nuestra sobrina Inés Camprubí Mabon sobre la esposición de su hermana Leontina en Nueva York. Estas dos sobrinas nuestras están dotadas escepcionalmente para todo lo bueno y lo peor, pero no acaban de comprender que para ser un artista verdadero, para llegar a la plenitud de una vocación, hay que ir dejando todo lo menudo de la vida y aumentarse sólo con lo grande. Qué májico el Hudson aquella noche negra y plata en que llevamos a Leontina a su estudio. Se salía, hierro frío vivo, de madre y parecía un mar encadenado, enjaulado en los edificios de piedra y hierro. Negriverde todo, y yelo en el aire quieto. Por las mañanas desecho diarios atrasados. Periódicos diarios. Me fascina el diario, lo diario. Mi gusto hubiera sido ir publicando todo lo mío en un rincón de un buen diario, entre la vida de cada día. Siempre he visto mi escritura como provisional y el diario hubiera sido su lugar propio. Obra sucesiva hasta el final y pasadera en lo provisional, como el diario. Y qué gusto llegar con el diario, por la mañana, a tantos rincones agradables, lejanos y próximos, donde quizás una sensibilidad alerta recojiera en su desarrollo el envío mío en desarrollo. La inmensa minoría, mi adorada minoría inmensa. El libro lo he considerado, desde mis treinta años, como final, y la revista literaria me ha parecido siempre un álbum. Esta nota sobre el pan fósil encontrado en Suecia…Qué ironía este pan fósil sobrante de sus siglos ahora que falta tanto pan diario. La solución parece que es el estudio del pan fósil hecho con corteza de árboles. Que no lo sepa Hitler, no quedaría un árbol en Europa. Qué fósil me parece el cerebro del capitán Lindbergh. Siempre lo tuve por un cretino. Ese cuerpo larguirucho y esa cabecita de fósforo rojo arriba con sus ojillos desconfiados. Casi todos los hombres que llevan acabo “hazañas” mecánicas, suelen ser idiotas para lo demás. Con su tozudez unilateral se proponen una empresa, y como tienen ese lado hipertrofiado, lo consiguen. Los idiotas son jeneralmente hábiles para lo técnico mecánico. Pensar ya es otra cosa. Lindbergh “piensa” que lo mismo es para el mundo y su vida que triunfe la dictadura que la democracia y que América debe pensar sólo en lo suyo, dejarse de Europa, del mundo civilizado más antiguo, es decir, que no debe importarle nada la parte de la cabeza que no es sólo mecanismo. Y este hombre ha estado a solas con su cabeza más o menos entera, en la noche estrellada del Atlántico. Ahora se ve que no vio esa noche más que su aparato. Su ideolojía es propia de un aparato. Así como los cocheros suelen hacerse unos con el caballo que tira de él, los aviadores suelen hacerse unos con el avión que los vuela. Se ha apagado el poniente amarillo, grana y verde, y la noche echa su inundación de beleño sobre todas las cosas y sobre mí mismo. Me quedo fijo como aunado al resto, sin sensación de materia ajena ni propia. Como agua en agua; un todo que no se cambia. A esta hora mi ser es como una playa sola en la oscuridad, y el tiempo total de mi vida me invade como un mar que ha hecho serenidad todos mis naufrajios. Cada recuerdo rompe en mí como una ola, una onda inmensa, y me llega hasta el último poro de mi totalidad saturándome de su sustancia condensada. Un recuerdo, otro, otro, con un ritmo lento y constante. No soy más que percepción, entrada, y el mundo restante invasión, salida en mí. No hay salida de mí ni entrada en lo demás. Solos yo y el pasado. Qué posibilidad de estado normal más tranquilo, una posible muerte; el hombre como una roca espiritual de luz hecha sombra, dejándose invadir de su vivido universo rítmico.  Vuelvo a pensar en la matriz donde viví nueve meses sin recuerdo. Si el nacer nos fue una inconciente integración sucesiva, el morir nos será una sucesiva desintegración inconciente. Faltando la conciencia ¿qué más da la tumba que la matriz? Recuerdo las dos veces en que me hubiera muerto sin darme cuenta, ni sentir espanto ni inquietud ni tristeza, sin sentir la vida ni la muerte; una, aquel mareo en el mar cerrado, cuando estuve no sé cuánto tiempo tirado al pie de una escalera a babor, desaparecido de mí mismo y, por lo visto, de todos; otro, un envenenamiento por una inyección de morfina, médico rápido en la madrugada fría. Yo vomitaba y no me importaba nada vomitar, ni cuántas veces, 40, 50, 60. Ya me gustaba vomitar, vomitarme desde dentro, y me deshacía por dentro, pero me daba lo mismo. Recuerdo aquel terrible cuento de Huysmans, el disentérico colonial cuya única ilusión era llegar a su casa de París para poder morirse sentado en su retrete. Seguramente morir será gustoso. Qué tranquilamente murió mi madre. Qué palabras tan sencillas, tan profundas y tan justas las de sus últimos días. Parecía que dejaba un paraíso para entrar en otro. ¿Me habrán robado también los de Félix Ros las pájinas que escribí sobre la muerte de mi madre? Escritas al sol madrileño de aquellos días de otoño, vuelto de Moguer, no podría volver a escribirlas. Cómo me oscureció el viaje a Madrid aquel tonto charlatán, Pepito T. Yo quería pegar mi sentido al campo moguereño, colinas y marismas que pasaban, luz y sombra de octubre, y no podía. Qué daría yo por tener esas pájinas conmigo en este cuarto de Coral Gables, blanco como aquel de Moguer en que murió la hermosa madre mía. Mi cuarto (dormitorio y trabajatorio) da a tres talleres. Me gusta ver trabajar mientras trabajo. Todos, trabajadores, nos levantamos a las siete, y a las ocho estamos trabajando. Si a veces me siento cansado y pienso en otros aspectos más fáciles de la vida (paseo, teatro, visitas, etc.) miro al negro que lava los coches, a la muchacha que arregla los pelos, al albañil, al carpintero, a la enfermera; y conqué alegría olvido todo lo que me llama al descanso. Víctor de la Serna trabajaba más, en su puesto de revisor nocturno de trenes y en su oficina diurna de “Renacimiento”. No, no me porté bien con él. Es claro que yo necesitaba aquel dinero que era mío, para pagar la casa, y que el casero no esperaba, y es claro que la razón del grito estaba de mi parte. Pero yo debí haber contestado, como pensé (¿porqué no lo hice, enemigo de las cartas?) su larga carta de esplicación honrada y digna. Tampoco contesté a Gerardo Diego cuando me escribió aquella otra carta deplorando su vida anterior juvenil de modo tan limpio y bello, y pidiéndome amistad. ¿Porqué no le contesté tampoco? Y yo lo deseaba vivamente y lo pensaba cada día. Cuántas cosas he deshecho y cuántas se me han desarreglado en la vida por mi odio a las cartas. Y siempre quedan para el después más favorable las que se debieran escribir más pronto. Cartas que escribir, mi horror de cada día, cartas largas que recibir, mi angustia de cada día. Como las visitas largas de la amistad pesada. No, no me gustan las visitas largas ni las cartas largas, ni cuando no son necesarias unas ni otras. No hay viento, y las palmeras están quietas, lacias, flojas, a pesar de ser tan espinales. No tolero la palma sin viento o brisa. En la brisa y el viento la palma es mil veces lo que es, se cambia y multiplica en formas y posturas inimajinables. Es un espectáculo que si no puede compensarse de la falta del pino, el árbol mayor, ni del chopo verde, ni del álamo blanco, me distrae con la vista de su gracia, mujer en vez de dios o diosa. Estoy seguro de que la mujer del trópico ha cojido su flexibilidad y languidez, su danza quebrada y su habla tierna de la palma. ¿Quién inventó la fábula de la cola del león clavada en la arena? Era una sinfantasía. La palma no es nunca cola de león sino espejismo del león, la palma cosquillea el ojo rubio del león con su ritmo inevitable. Es posible que el león quiera hacer palma de su cola soñando con la palma. En todo caso, también es posible que el león sembrara su cola en la arena del desierto para crear la palmera sin viento. El león, el animal. Recuerdo que Whitman dijo que “él podía volver a los animales y vivir con ellos, tan plácidos y contenidos; que ninguno de ellos está descontento nunca ni se arrodilla nunca ante los otros; que ninguno es industrioso ni respetable en toda la tierra”. No frecuentamos como el fabulista, odioso en jeneral. Sólo La Fontaine, observador en grande del animal, lo rebajó irónico hasta codearlo con la mujer y el hombre. El animal hay que amarlo en sí mismo; cada día me es más necesario el animal, no doméstico, horror, el animal en la montaña, la marisma, el viento, la ribera, el valle, el mar. El animal marino no atrae tanto, sólo su éstasis o su dinamismo diferentes; quiero el animal de tierra que es el que ha dictado al hombre algunas de las mejores verdades que posee. La contención…Quién pudiera ser en algunas cosas como el animal. Leyendo la carta conque Pedro Abelardo contestó a la apasionada súplica de Eloísa, parece imposible que un hombre superior no pudiera haber trasformado su amor, después de la castración criminal, y por encima de toda vergüenza pública, cuando su amante, tan superior a él, estaba dispuesta a trasformarlo. Sí, sin duda Eloísa era la superior en todo. Qué despreciable el hombre “normal” que en el embarazo de su mujer tiene que consolarse con la puta o la criada, y no digo nada la mujer, y he conocido algunas, que acepta y disculpa el hecho. La intelijencia, que sólo ha servido para desviar lo natural en tantas cosas al hombre ¿qué superioridad le ha dado al hombre, fatalmente heredero ya para siempre del pecado orijinal de la intelijencia. El martirio de la cosquilla en planta de los pies al pobre chino encepado, que lo entraba frenético en la muerte, entre convulsiones de placer táctil, es comparable al martirio de la intelijencia en el amor, la llamada poesía de amor intelectual, cosquilla intolerable gustosa, para la lectora o el lector de naturaleza animal y para el poeta natural que cree en el amor animal y en el espíritu humano. Cuanto más rubia o más negra es la mujer, es más sensual; el tipo intermedio parece que no se atreve a serlo o que ha admitido mejor el cultivo moral. Y la mujer ultrarrubia, con sus variantes plateadas y rojizas, es más animalmente sensual, como la supermorena; sus tipos están más cerca de la bestia. Son de ese tipo estra, que no gusta en los ambientes burgueses o poblanos, sino en el pueblo o en los medios estéticos cultivados. Hay un tipo de rubiblanca y otro negriazul que se licua por los ojos, los oídos, los labios, los pies, las manos; son como esas plantas llamadas de la lluvia, siempre mojadas, chorreantes, más vejetales que animales, sacan la humedad de la tierra misma; están hechas de raices y flores. La mujer no está más cerca que el hombre del animal cuando está educada, pero la mujer “mal educada” tiene la idea animal de que el hombre ha de estar siempre dispuesto a complacerla si a ella se le antoja. Cuántas mujeres vemos por la vida que se nos insinúan a todos los hombres y de todas las maneras. Ellas creen que no es necesario más que eso para satisfacer sus apetitos, sin contar conque el hombre puede ser el “animal difícil”. Y qué ridículos los hombres que creen que conquistan a una mujer porque ella los apetitiza, que se consideran héroes porque han servido de entes de desahogo a una mujer que se los ha llevado a su placer carnal urjente. Ese es el ridículo del donjuanismo. Y qué estúpida la mujer que no cree eso, en España, en Rusia, en Francia, en Nueva York, en La Habana, donde sea. Cuánto ardid necio para conseguir un número más en su vida de aventura tormentosa vulgar. Qué picado está hoy este mar total que es la Florida, mar de agua, tierra y aire, pero qué agradable. La corriente del golfo de Méjico que nos da esta esquisita brisa y nos hace llevadero el mayor calor en verano y que templa el frío en invierno, sólo ejerce su influjo benéfico hasta Palm Beach. En San Agustín, en español, ya hace calor de horno en agosto y yela en enero. Qué ciudad tan íntima San Agustín, demasiado ahogada entre sus árboles inmensos que cobijan tanta tumba y tanta casa españolas todavía. Qué hermosa la salida hacia Jacksonville y qué evocadores los nombres españoles que va uno encontrando. Yo tuve un maestro que me enseñó que el Golfo de Méjico se llamaba  el “Gulf Stream” porque leía “Gulf Stream” en el mapa; y lo peor es que yo lo creí y lo dije mucho tiempo, y que cuando ya sabía que era un disparate, me era imposible cambiar aquello de sitio en mi cabeza. Todo lo que se nos inculca en la infancia, qué fuerte se queda en nuestro sentido, y el mismo disparate qué pretijio tiene. Esto me ocurre sobre todo con ciudades que he creído que son de una manera y luego vi que eran de otra. Nunca he podido colocar mi Granada de Teophile Gauthier debajo de la Granada que vi en la realidad. La luz de la imajinación es tan fuerte, tan distinta la luz dentro que fuera. Qué luz hay en toda la Florida; es tan llana y tan baja esta tierra, este arrecife de coral, que el cielo sale de su misma base y se levanta en una medida inmensa de infinidad. Cómo me impresionan las luces de cada país, de cada ciudad, de cada vida, de cada ser; la luz del mundo en la vida. Ahora, una ráfaga ideal de los azahares de Orlando. Orlando, ladrillos carmines, tierra naranja, olor de azahar sobre los lagos. La luz, la luz. Cuántas luces distintas en mi luz y en mi sombra. Los últimos ánjeles de la lluvia se van volando de tres en tres, de cinco en siete, trasparentes en el poniente azul. El sol mejor de última hora limpia el verde de abajo, como un mar alto, con total rayo puro. Qué sencillo y liso es lo bello. Y qué bizantinismo innecesario el del “Canto” de Ezra Pound que leímos anoche; empieza bien: “Mientras que de mis dedos estallan las enredaderas – y las abejas cargadas de polen – trajinan pesadamente en sus brotes – chirr, chirr, chirr, rrikk, con su bordoneo – y los pájaros dormilones en la rama…” Pero luego: cielo- y las ciudades puestas en sus montes y la diosa de las bellas rodillas – andando por allí, con el robledal detrás de ella, - la verde pendiente con los dogos blancos – saltando en torno de ella; - y de allí, abajo, a la boca del riachuelo, hasta el anochecer – agua llana ante mí – y los árboles creciendo en el agua, - troncos de mármol saliendo de la quietud – más allá de los palacios – en la quietud – la luz ahora, no del sol – Chrysoprasia – y el agua verde clara y azul clara, - allá, hasta las grandes peñas de ámbar, - y entre ellas – la cueva de Nerea – como una gran concha curva…” etc. Y es una pena que Pound llegue a estos estremos descriptivos, porque cuando se tranquiliza su afán de superposición “estética”, consigue “ejemplos” muy bellos. Con T.S. Eliot, en otro estilo, pasa lo mismo. Qué hermoso poema “La jornada de los Magos”. Cuánta cita clásica innecesaria y cuánta alusión a países más o menos exóticos en toda la poesía inglesa moderna, tan poco inglesa. Y cuánto eco de otros. Como Jorge Guillén y Pedro Salinas en España, estos poetas construyen sus estrofas con hallazgos ajenos superpuestos. Parece que esta jeneración es igual en todas partes. “El hipopótamo” de Eliot ¿no es una desgraciada páfrasis de “El niño negro” de Blake? Turner también quiere mucho y puede menos. En algún caso llega a su propósito:…………Cita.           

 

 

FRAGMENTO 5

 

            San Juan de la Cruz logró como nadie el trueque del amor en sus dos zonas; idealizó, hasta donde es imposible, con su inefabilidad poética, el amor material; sacó a la luz lo inefable del goce sensual. La poesía de San Juan de la Cruz es como la música, no necesita uno entenderla, si no quiere. Basta con una aprehensión aquí y allá, y entregarse a lo demás, como el amor. No conozco poesía que exija menos comprensión ni esfuerzo para ser gozada. Eso es lo que Ramón de la Serna llamaría “idealidad o cursilería”, idealismo realista en contraposición al “realismo májico”. Esta trascendencia del realismo májico es lo que le ha faltado siempre a Ramón Gómez de la Serna para ser poeta. Con la lamentación hebráica “El Gran Responsable” del león Felipe de Judá me llega la “Biografía completa de J.R.J.” de Gómez de la Serna. Siempre me han gustado las críticas fantásticas, pero qué manera tan burda de mezclar verdad y mentira. Eso es sencillamente invención de la mala fe, con el propósito de crear una leyenda peor que supla la mejor. ¿De dónde ha sacado Gómez de la Serna que yo he vivido en la calle Jacometrezo de Madrid, ni que (----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ni que (--------------------------------------------------------------------------). Estas cosas se justifican diciendo que “hay que hacerlas para vivir”. Comprendo y dispenso lo dispensable, teniendo “eso” en cuenta de otros. Ya Gómez de la Serna escribió otra “fantasía” de mala fe sobre mí cuando necesitó del de Cruz y Raya. Yo, por dignidad particular y jeneral, no quise escribir en el n.º1 de dicha revista, y el resultado fue un ataque feo de su frustrado director en el mismo n.º Gómez de la Serna por colaborar en el número 30 y tantos, concibió un “ensayo” contra mí, “Lo cursi”, entrada segura en la revista. Escribir contra otro, contra mí es natural, y yo merezco cuanto se me diga, menos la mentira y la calumnia. Yo escribo lo que me parece contra lo que no me gusta, pero nunca por móviles de congracieo. Todos tenemos algo cursi, yo por ejemplo, el exaltado sentimentalismo de mi primera juventud, por enfermedad nerviosa, soledad y lejanía de Sanatorios franceses y españoles. Gómez de la Serna, por ejemplo, el afán femenino de notoriedad, la plástica corpórea, tufos rizados, meneo y contoneo, trajes, corbatas, bastones llamativos, pintarse de negro, salir en elefante o trapecio a declamar, (------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- ) y lo más cursi, la adulación a los críticos y a los directores de revista. Y ahora, qué cursi, Ramón Gómez de la Serna, ese “imperialismo” histérico, que ha demostrado plenamente el oportunismo de toda su vida. A todo eso le llamo cursilería. Qué pena estas bondades y maldades confundidas en una sola masa humana. El radio, de pronto. La música libertadora otra vez. Música mía, encantadora música, qué bien bailas, qué bien baila tu esqueleto, tu hígado, tu bazo, tu diafragma, tu yel, tus metros de intestino, tus microbios, tu recto, tu escremento. Música, tú te salvas de la llamada realidad fea. ¡Cántame, báilame, bésame, abrázame, encanto, mujer, forma, divina! O no, mejor tú, animal hembra que no presumes con perfume, que haces todas tus necesidades naturalmente y envuelves en ellas tu amor, y nos envuelves a nosotros en tu zoolójico. Bésame, baila, canta, bésame foca, encanto, verdadera diosa que nada tienes que ocultar, que nada quieres ocultar. Y qué pesado, qué basto es ese otro animal Sibelius. Parece que todo el siglo 19 ha descargado sobre él, como un carro de plomo su tormentosa, larga, peor, ancha pesadez. Sólo Ricardo Strauss, en lo suyo, puede comparársele. A Mitropoulos, aBruno Waltar, a Toscanini ¿les gusta Ricardo Strauss, les gusta Sibelius? ¿Porqué lo tocan tanto? El intelijentísimo Lawrence Gilman dijo que la “Sinfonía” de Schöenberg era la última bella sinfonía del siglo 19. Es curioso que los alemanes más vivos, Goethe, Mozart, Heine, Nietzsche, etc., se volvían hacia países, civilizaciones más claros y breves, Grecia, Italia, Francia, huyendo de sus nubarrones. Y más curioso que estranjeros como Unamuno, Mitropoulos, José Ortega y Gasset, Oscar Esplá, etc., griegos y latinos, se vuelvan a Alemania. También parece inconcebible que Mallarmé, tan agudo, tuviera a Wagner por un talismán y que el grupo simbolista fundara la Revista Wagneriana. Qué confusiones tenemos que sortear los deseosos y entusiastas de la belleza verdadera. La música, la pintura, la poesía “se hacen” por deleite, como el amor. No son siquiera una relijión, nada de secta, el artista es libre. El enamorado no ama para crear un hijo perfecto, no se hace un puente por adornar un río, no se escribe un poema para resolver un problema mental. El poema podrá ser, si es bello, útil; el puente, además de exacto, esquisito como el Washington Bridge de New York, y el hijo hermoso y equilibrado a la vez. Pero eso es un resultado. Sigo con el arte que embriaga, sin llegar a nublar a la alemana, como el odioso alcohol, la cabeza. El estímulo natural para la embriaguez es sólo la hermosura, una mujer bella, un árbol hermoso, un mar espléndido, una música, un poema, un cuadro encantadores. Locura serena, la serenidad es una gloria. Esto ¿lo creen también los de la “Christian Science”? Debajo de nosotros vive un ejemplar matrimonio cristiano científico. Creen, por ejemplo, que la terrible intoxicación que por poco me lleva el otro día al otro mundo, por culpa de médicos inconcientes y feos, no era necesario habérmela tratado con lavado de estómago, sino olvidándome yo de ella. Pero como ellos no deben, ante los demás, contajiarse, sería perjudicial para su secta contajiarse. Cuando nosotros tenemos una gripe, por ejemplo, aunque son tan buenos y atentos, hacen cuanto pueden por no aparecer en nuestra atmósfera. Hoy la señora ha recibido un radio diciéndole que su madre se muere de gripe. Vino a despedirse. ¿Cómo unirá el microbio de la gripe con el ser de su madre, es decir, cómo los separará? Este es el caso contrario a la poesía. Porque en la ciencia lo primero es la realidad y en la poesía lo último. No, no creo en “la esperiencia” de Rilke, ni me gusta demasiado la parte de su poesía que es esperiencia, ni acepto como mejores esos otros “cuadros” como “Cristo y la Magdalena”, “Judas”, “El Huerto”, “Bailarina española”, tan parecida a la de Martí, tan manoseados por los parnasianos. Gertrude (----------------------------------------------------) ha tratado mejor estos temas y otros parecidos, Lenin, Judas, aunque con un evidente contacto con Rilke. (----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------) Stephan George amonestó a Rilke por su lijereza, y Rilke no le hizo caso. No me parece posible poner a Rilke sobre George ni sobre Hofmanstahl, apesar de su estraordinario don de música interior. Creo que gran parte de la reputación jeneral de Rilke la debe a Paris, a las “princesas”, al esnobismo que le echó en cara con tanta justicia Lou. (-------------------------------------------). No sé porqué va más “por dentro” Rilke que Hofmanstahl o George. Por dentro. No olvido nunca la alegría mejor, el profundo bienestar moral que sentí a mis 19 años, cuando Rubén Darío, después de leer algunos de mis primeros versos, y salvando jenerosamente la distancia vertical que había entre su escalón y el mío, me dijo: “Usted va por dentro”. Aquello fue para mí como un epivitafio. Y luego, viendo una dedicatoria mía “A mi alma”: “Estas son las dedicatorias que hay que poner”. (Las otras me las había puesto Villaespesa). Esto era el complemento que yo necesitaba. Qué noble Rubén Darío y qué crítico tan sutil. Llevaba mi libro manuscrito en su abrigo y de vez en cuando lo sacaba y le leía algo a alguno en cualquier mesa de cualquier café: Valle-Inclán, Benavente, Alejandro Sawa. Con Villaespesa rompí una tarde de lluvia en mitad de mis manuscritos de niño. Hoy quisiera volver a reunir aquellos pedazos rotos de papel que caían deprisa por la penumbra, como nieve de biblioteca, en el cesto de Julio Pellicer, para volverlos a romper a mi gusto. Qué gusto romper papeles. He comprendido al fin porqué guardo yo tantos periódicos, cartas, libros, revistas. Por el gusto de condenar y de salvar. Para mí es un placer único romper papeles; los rompo durante una hora cada día y el cesto en que los voy echando me da ilusiones maravillosas de forma y color casuales, de enlaces de ideas y sentimientos. Y lo que salvo yo, ¡qué bienestar me da tan hermoso! En realidad yo he nacido para salvar y romper, guardar y desechar. También me gusta mucho regalar libros buenos con tal de que los traten bien o de que no me los vendan. Los libros que me han vendido, y quiénes, quiénes, con su reputación de “hombría de bien”, de honradez, etc. Qué poetas grandes y pequeños. Y libros dedicados y anotados, que luego yo me encontraba en librerías de viejo. (Recuerdo la injusta nota que Luis Ruiz Contreras escribió contra mí cuando compró Motivos de Proteo, de Rodó dedicado a Azorín, que me lo había regalado. Le faltaban, entre otras, algunas pájinas sobre mí, y el cronista pensó que lo había mutilado y vendido. Si yo quisiera decir quién lo vendió. Cuánto ratero miserable en olor de santidad. Yo vendo los libros que compro cuando caen en mi desgracia y no los quiero ya. Mi biblioteca es sucesiva como mi obra. Cuando el libro que cae es regalado, lo quemo o lo doy, no lo vendo. Me acuerdo por millonésima vez de mis libros de Madrid, tan queridos, más que mis propios papeles. ¿En qué manos estarán ahora? Si al menos sirvieran de algo verdaderamente noble, humano o divino, a los que los han robado, si leyendo una pájina de mi Confucio, mi Marco Aurelio, mi Buda, volviera alguna conciencia a serenarse y reflejar en su calma lo verdadero. Pero no culpemos a la guerra de estas cosas. Más libros me robaron en la paz que en la guerra. Robar. Acabo de leer un poema de Jorge Guillén, “La Biblioteca” que me ha hecho recordar otros de mi libro Poesía en verso que casi tenía olvidados. Se conoce que los demás tienen más memoria de lo nuestro que nosotros. Luego vendrá el otro tipo de ladrón moral que altere el suceso. Qué buenas biografías podría yo escribir si tuviera tiempo. Degustan muchos las biografías verídicas, no poetizadas ni leyendescas y los epistolarios. Me gustan casi más que los ensayos y los poemas. Si fuera posible que el poeta fuera él mismo sin la obra realizada sólo con su vida. Pero qué vidas se escriben por ahí. Por eso no quise dejar que Pedro Salinas escribiera la mía que le encargó la “Editorial Atenea”. Libro embriagador de cartas de grandes hombres y mujeres el que estamos leyendo. Qué carta concisa, honrada, valiente la de Diógenes a Alejandro a Macedonia que de Macedonia a Atenas si tanto quiere verlo. Qué digna y sencilla en su verdad la de Leonardo al Duque Sforza enumerándole sus “habilidades” y pidiéndole trabajo.

 

Esta páj., para citar cartas.


 

 

Yo mezclo siempre en mi lectura constante, lenta y suficiente, lo moderno y lo antiguo. El otro día encontré aquí una edición de Cervantes y me puse a releer las Novelas ejemplares. Es curioso que Cervantes, al contar en “El licenciado Vidriera” lo que Tomás Rodaja, Miguel de Cervantes, vio en Italia (Florencia, Roma, etc.) no cite una sola obra de arte, arquitectura, escultura, pintura. La descripción de lo visto es la que podía haber hecho un carrero de entonces y de ahora. Y qué empleo tan desdichado y tan pedestre del truco y del “colmo”. La verdad es que Cervantes no adelantó nada en curiosidad ni en viveza al Arcipreste de Hita, por ejemplo. Y en el otro estremo, Calderón, antecedente en la idea de la conjunción teatral de Wagner (que sin duda la conocía, dada la boga de Calderón en Alemania). Comprendo que Calderón gustara tanto en Alemania, su imajinación es rica a la alemana, como la de Cervantes es pobre a la española. Cervantes debió ser intolerable como hombre y Calderón como esteta. En cambio, qué gustoso habría sido conocer al juglar del Cantar del Cid, que concibió a su héroe, enmedio del realismo inevitable español, demócrata, defensor y amigo del pueblo, cosa de un valor estraordinario en aquella época. La literatura española antigua, especialmente desde el 16 hasta el 19, qué empacho me da, y no digo nada los que hoy la prolongan, metiéndose en las tumbas, como Ramón Pérez de Ayala, por ejemplo, en la de Fray Luis de Granada. De todo el “Imperio” grotesco de la España actual, lo que más detesto es el retorno a esta literatura de tumbas removidas. Aire más delgado y más alto necesitan los españoles para respirar bien. ¿Porqué no vuelven a la media docena de poetas que con el “Romancero” han salvado a España de su pesadez literaria? Menos mal que han exaltado con más o menos comprensión y derechura a algunos de los poetas modernos. Yo creo que los poetas modernos españoles son superiores a la mayoría de los antiguos y que andan al lado, en calidad estrema, del “Romancero”, Gracilazo, Bécquer, y no hay lugar para etcéteras. Y lo mismo digo de los pensadores modernos comparados con los antiguos, esceptuando, como en el caso de los poetas, unos pocos. Vives, Gracián, entre ellos. Qué aburrida la literatura española en jeneral con su ideolojía conceptista de tan poca sustancia y sus constantes cavernas oratorias. Esto lo entreví de niño y lo confirmo hoy. Yo tenía en la biblioteca de mi padre el “Rivadeneyra”, y, esceptuando lo de tipo popular y algunos poetas, prefería, como hoy, lo que podía leer,, cosa difícil en Moguer entonces, de literatura o poesía inglesas, italianas o alemanas. Francia, yo no conocía aún a los simbolistas, tampoco me atraía mucho. Veía en sus clasicistas la misma vaciedad española con más perfección académica. Entonces yo no había leído a Montaigne. Los “clásicos” españoles han vivido en España sin darse cuenta en absoluto de su vida interior (no me refiero a los místicos, un interior distinto), de su perspectiva, paisaje ideal, ni de su luz trascendente. Por eso nos han dado la imajen de una España tan realista y tan burda a veces. Sólo atisbos, aquí y allá, de lo directo. Lo demás, sentido a través de los clásicos griegos o latinos. Qué gloria ser español de la España completa, pero qué mal han dividido a España sus escritores, sus pintores, sus músicos antiguos. La gracia íntima de españa ¿dónde estaba escondida? ¿Hablaban como en los clásicos los españoles y las españolas de entonces? ¿Eran tan redichos y tan circunloquiantes? Los castellanos es posible es posible que fuesen así, ya que los de hoy lo son. Jorge Guillén, vallisoletano recalcitante, dice “a las buenas horas”, “albricias”, “por modo y manera”, “empero” (-----------------------------------------------------------------------) y que mal se habla en Madrid, suma de los castellano principalmente.

 

 

FRAGMENTO 6

 

 

Creo que Andalucía es lo único que puede salvar esta España conceptista de hoy con su sencillez, su sensualidad fina, su ritmo y su comprensión ideal. Pero no la Andalucía de Lorca, ni la de Alberti, ni la de Manuel Machado. Antonio sí la cojió aquí y allá en su primera y deliciosa época. Andalucía es, creo yo, lo que más acerca España a lo universal. No hay que olvidar que los poetas arabigoandaluces, hermanos de los de hoy, eran ya hermanos precursores de los románticos ingleses y de los simbolistas franceses. Quién hubiera podido vivir siempre en Andalucía, una Andalucía posible, comprendida por los políticos. (--------------------------------------------------------------------------------------------------------------) Aunque, Andalucía haya sido patria de Lucano, Mena, Góngora segundo, (-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------) Andalucía ha dado siempre en lo popular y lo culto, una poesía verdadera, que corresponde a la verdadera poesía de todas las patrias poéticas:

Y en el poeta, una poesía “de hombres”, delicada, naturalmente esquisita, espontáneamente perfecta; eso que suele llamarse poesía femenina, es decir poesía varonil. Yo tengo la poesía (la vida, la muerte, la belleza) como mujer, no puedo verla de otro modo, porque soy hombre. No hay que olvidar que “poesía” es femenino. Si la viera como un hombre, entonces sería mujerino. Por eso mi poesía es delicada y tierna más que yo. Una mujer, en cambio, debe ver la poesía, la ilusión, en forma de hombre, y la poesía llamada “masculina” debe escribirla la mujer. Esto lo han comprendido bien las mejores poetisas del mundo. Una mujer que hace poesía “femenina” es machota. La poesía es amor. Yo estoy enamorado de ella y tengo que verla naturalmente femenina. Así la han visto todos los artistas “enamorados” de su arte: Leonardo, Botticelli, Rafael, Mozart, Chopin, etc. Qué concierto anoche el de Toscanini. Uno de esos programas que él sabe componer: la Sinfonía juguete de Hayden, la Sinfonía concertante para viola y violín de Mozart, la Sinfonía de Joachim de Schubert: al final una de esas bagatelas que Toscanini suele salvar con su orijinalidad de visión. ¡Qué maravillosa delicadeza, qué ternura esquisita y limpia el violín y la viola de Mozart! Me parecía que la estaba viendo la Virgen (con Santa Ana y el niño) de Leonardo. Deliciosa concordancia de hombres escojidos, a través de nuestros siglos de tiempo y espacio. Qué paisaje de la música. Cuánto paisaje fuera de la llamada naturaleza. Suele decirse que una gran ciudad no tiene paisaje natural. Pues ¿y su humanidad, su paisaje humano carnal y espiritual? Qué paisaje humano el de New York, qué campo zoolójico humano de todos los tiempos y países del mundo. Si existe un dios verdadero y distinto de los conocidos, sospechados o inventados ¡qué angustia la suya estar esperando que el paisaje humano lo encuentre! Porque el otro, donde el hombre lo busca en soledad, no le importa a dios. Y qué luz ésta del desierto o el monte sin humanidad, que no le importa a dios. Leones, cuervos, monos, águilas, absurdos mensajeros. Qué repugnantes eran las auras familiares de la habana, negras en aquella inmensa luz de paisaje humano carnal. La luz del mundo en la vida. Si tal hombre se diera cuenta fija de la luz del mundo en su tierra, de lo que de ausencia fúnebre, fugaz lejanía, imposible eterno hay en la luz del mundo en su vida (esplendor que lo trae y lo lleva prendido en su engaño) no podría vivir sin dejarse quemar cada día, sin desparecer en luz. La tristísimo farsa bella de toda luz del mundo en la vida ¿está en que la luz viene de tan fuera? Orilla, onda de luz de un centro que no podemos situar ni cojer, que no situaremos ni cojeremos nunca. Porque el sol no es toda la luz, sino una avanzada. Campos, mares, pueblos, ríos, caminos de la tierra, con luz de lo infinito esterno; belleza y fealdad, mediocridad y altura humana a la completa luz ausente, ¡Qué confusión de vida a la luz del mundo; qué salida de todas las putrefacciones sólidas, líquidas, gaseosas; qué falta de acomodación! Y todo grito a la luz del mundo en la tierra, por alegre que parezca, es de horror, de sorpresa, de duelo, de angustia, de desesperación, de odio. Borracho de lo que sea, que vas equivocando la losa de la acera, cojiéndote a la cal con luz resbalada del mundo, ¿a qué te cojes tan cierto sino al seguro imposible de la luz del mundo en lo blanco? Máscaras que huís, en los febreros de la vida, a las plazas iluminadas de los ayuntamientos y catedrales, a las cucañas y cruces con luz tardía del mundo en la punta: ¿a qué fin corréis efervesciendo distintas, sino al fin falso de la luz del mundo en el palo, el metal de la plaza? Locos, tontos, enfermos que, cuando os da la luz del mundo todo, ponéis esas caras sobresalientes a los otros, ¿qué corre por vuestros pobres cerebros sino la luz del mundo en la tierra, esta luz del estraño infinito de la vida, esta luz luz del mundo grande en el hueco, el vano de vuestras altas entrañas pequeñas? Y tú, aislada, blanca, escurrida, rota mujer de negro, que te desgañitas gritando al niño desnudo o andrajoso revolcado en la luz poniente de las frisetas terrosas del mundo: ¿a quién le gritas sino a la luz del olvidado del mundo en el polvo? La luz del mundo en la vida; espanto, broma, amor y muerte, paz y guerra, y todo tan negro, todos tan negros. ¿Para qué, para quién esta claridad cegadora? ¿Quién, qué, que no es el sol, ni la luna, nos enfoca y nos mira así, unánimes, vendidos, perdidos? Y ver este solar, este lunar, este campo, esta laguna de la luz del mundo en la tierra, ¿es el don sublime que lo otro le regala al poeta? Valeroso, triste poeta que te encaras solo con lo encendido imposible, y a ratos, quemándote en el todo sin nada, en el otro de lo negro, encaneces de estraña ceniza. (1938)

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No creo en el dios usual, pero pienso en el dios absoluto como si existiera, porque creo que debiera existir un dios como yo lo puedo concebir. Y si lo puedo concebir ¿porqué no pensar en él aunque no exista? A mí me sería fácil crear un dios verdadero si tuviera poder material para crearlo. Concibo perfectamente lo que pudiera ser un dios de mi intelijencia y mi sensibilidad.

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Cuando besamos a nuestra mujer en la boca besamos en ella la boca de dios, todo el universo visible e invisible, y el amor es el único camino de la eternidad y de dios. En realidad yo creo que no hay otra eternidad que el amor, y si sentimos la muerte como un defecto es porque nos quedamos sin acción de amor, porque nuestra boca ya no puede ponerse en contacto voluntario y dinámico con la boca del mundo.

 

 

FRAGMENTO 7

 

 

El silbido del cartero, la tonada bien conocida de las bocinas de auto. Libros españoles de México. Entre ellos, algunos bien deseados: España, aparta de mí este cáliz, de César Vallejo, La realidad y el deseo, de Luis Cernuda (------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------), las Obras completas de Antonio Machado. ¡Qué irresponsabilidad la de este atrevido y aprovechado Pepito Bergamín, poner un prólogo a las Obras completas de Antonio Machado, nada menos. ¿Qué hace ahí esa forzadura de citas, ese enredijo de sermoncillos ajenos? ¡Este tráfico con los muertos ilustres, que todos sabemos lo que pensaban de él! Pepito busca dinero del modo que sea y de donde sea, los jesuitas o los comunistas, monta una editorial con arte ajeno y ¡a aprovecharse de las circunstancias para manejar vivos que se dejan y muertos que no pueden dejar de dejarse! ¿Ha pensado Bergamín si estando vivo Antonio Machado habría nunca llegado el caso de que él escribiera ese prologuillo martingalero? Y, además, basar el prólogo, y el libro con él, en una realidad espantosa, pero ocasional, accidental, como la guerra “en” España y la muerte de Antonio Machado. Poner a una obra poética de paz un prólogo de guerra, porque las circunstancias hayan convertido en “guerrosa” la última parte vacilante de ese libro, es relegar la obra verdadera a un segundo plano, como queda relegada nuestra vida en toda circunstancia trájica. Unamuno, Antonio Machado, García Lorca están “disfrutando” ahora una fama basada en la guerra, gracias a la actividad pululante de tales aprovechadores de cadáveres y famas. Quien conoció bien a los tres, sabe la sobremuerte paseada. Me acuerdo de aquella Teté Casuso, tan intelijente como desahogada, que quería pasear la guerrera acribillada de balas de su pobre Pablo de la Torriente, que ella sacrificó, y bailarle luego ante todos una desnuda rumba final, “porque hay que vivir”. En el caso de un vivo todavía la indignación que le produjo al otro pobre César Vallejo la frescura de este mismo Bergamín cuando le “escribió” a su libro Trilce un prólogo que él no le había pedido y que Bergamín se decidió a “ponerle” por las circunstancias en que se hizo la edición. El prólogo estaba lleno de tonterías, como aquella comparación final entre César Vallejo y Rafael Alberti, con mengua aparente de Vallejo a quien se prologaba para disimularlo. Cómo comparar un poeta que todo lo recibe fuera, como Alberti, con otro, como Vallejo, que todo lo sacaba de dentro.

Y lo estraordinario es que personas calificadas caigan por debilidad o necesidad momentánea en el círculo “admirativo” o tolerante de tales pequeñas y viles monstruosidades y lijerezas, que se tenga que leer con sonrisa triste el “elojio de tal a este deficiente público español número 1”, como le llamaba Unamuno; de personas a quienes como a Unamuno, Antonio Machado o Lorca entre los muertos, como a Salinas, Alfonso reyes, Guillén, etc., entre los vivos, le hemos oído cien veces lo que piensan sobre este irresponsable Bergamín. A mí me engañó en su juventud, le tomé cariño, y a través de ese cariño vi su escritura. Le correjí El cohete y la estrella, que no estaba escrito en español de cabo a rabo, le puse al frente una “caricatura lírica” animadora, y discutí con todos los que me hablaban en contra la participación suya en la revista Índice, adonde yo lo traje como un benjamín. Durante una temporada le repasé sus artículos, sus notas, pero con el librito Tres escenas en ángulo recto ya no pude. Qué retahíla de vaciedades. Se lo dije y ay, apareció el venenito forrado de dulzura de su lengua. Qué “pequeña alma miserable” ha escrito uno que lo conoció como yo, este jitanesco bergamín. Y ¿porqué, digo yo como me decía Ortega y Gasset, no se atreverán todos a callarlo o a decir siempre la verdad aunque se nos vuelva todo el mundo falso en contra con calumnia, mentira y basura? Ahora estamos forzosamente separados los españoles en dos hemisferios y separados en cada uno de esos dos hemisferios. Si se hubieran quedado unidos en cada hemisferio o en cada zona los que debieron quedarse, habría servido para algo la guerra de España. Otro hemisferio que, como el mío, digo como el que fue mío, tiene un oriente, un poniente, un norte, un sur, un cenit, un nadir, el sol y la luna y personas que hacen en él, como yo antes en el mío, su vida completa, sin pensar nunca quizás en el mío. Y unos estraños ahora en el hemisferio que le es diferente, que proyectan sombras raras que no se adhieren a la tierra. Cuántas noches que no soñaba. Pesadillas corrientes sin encanto o repeticiones de pesadillas. Es curioso cómo se repite una pesadilla, dos, tres, a través de toda nuestra vida, modificadas sólo en lo esterno por el tiempo y el espacio que estamos pasando. Pasando. Cómo se va la vida cuando somos “mayores”, qué pesadilla repetida se nos hace de vez en cuando. A veces un año extraordinariamente movido o fértil se detiene; entonces parecemos menores y el año, como cuando niños, nos parece un siglo; pero ni lo fértil ni lo movido es de nosotros. Antes me iba al sueño como a un espectáculo. Yo sabía que iba a soñar, que la vida de mis sueños me esperaba como un gran palacio natural de par en par en el aire o en los abismos del mar o la tierra. Yo tenía dos vidas, la de mi trabajo completo del día y la de mi ocio completo de la noche. Una dorada con sombras que frecuentaban la luz, y otra negra con luces que abrían la sombra. Las dos me encantaban. El dormirme era una májica introducción al sueño y al mismo tiempo la ilusión pasada como un puente sobre la noche, del trabajo que me esperaba la mañana siguiente, ilusión como la del día de Reyes cuando yo era niño. Qué regalo el poema que yo iba a contemplar, el libro que iba a volver a cojer. La emoción de mi trabajo la tengo siempre, pero este no soñar dormido de algunas temporadas me parece como un castigo singular no merecido por mí. Anoche, en cambio, tuve una estraordinaria pesadilla: la insistencia de una frase que se me repetía en mí a sí misma con una interminable variedad de colores, formas y sentidos, porque la frase tenía forma y color como un cuerpo físico. Cada vez y con una rapidez vertijinosa como de un loco cohete, iluminaba en mí un ámbito distinto: “El Gobierno ha encargado un millón quinientos mil ataúdes”, dijo anoche la radio. Sí, se están llevando mucha jente de este Coral Gables florido y apacible, profesores de la universidad, médicos, obreros. Ayer ya se despidió de nosotros el persianero. Iba a casarse este año pero, dijo, “hay que dejarlo para el año que viene”. Un año pasa pronto. Con tal de que no le esté destinado uno de los ataúdes de la frase de mi pesadilla, el millón y medio. En jeneral hay más conformidad en los mayores que en los jóvenes, más en los obreros que en los ricos. La juventud universitaria americana no es hoy la de hace 25 años: es irónica, no idealista, pero quién sabe hasta dónde tiene razón su ironía y su falta de ideal. Este gran país va también a la guerra, todos lo dicen. Me ha tocado ver en los Estados Unidos las dos “preparaciones”, la del 16 y ésta. En 1916 había verdadero entusiasmo sentimental e ideal. Pero, dicen todos, ¿cómo evitarlo? No, no es posible evitar la guerra cuando un canalla nos la busca. ¿No quedará un rincón del mundo en paz? ¿La paloma de la paz volará del todo del mundo? Esto es lo que el gorila alemán llama guerra por la paz. ¡Qué sombra! Mirando de la fuente sobre el prado verde pienso en la sombra del mundo. La sombra está mejor dibujada que el cuerpo mismo que la proyecta, sin duda porque es una suma del cuerpo y el proyector. ¡Qué enorme sombra la de esta cabeza mala del mundo!
Publicado por Goizeder @ 22:26  | TIEMPO, J.R.Jim?nez
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