Martes, 10 de marzo de 2015

UN SILLON EN LOS CUARENTA

Todos en el sillón, encaramados, de rodillas

Uno tras otro, de grandes a chicos;

Los codos, pisotones, éste era un tren,

Y entre la pared del quicial y la puerta de la alcoba

Tanto velocidad como distancia se volvían inestimables.

Primero cambiábamos la via; luego el silbato, luego

Alguien recogía los boletos invisibles

Y con seriedad los perforaba

Conforme carro tras carro debajo nuestro

Se movia mñas rápido y más; chucu-chú. Las patas del sillón

Se tambaleaban y las inalcanzables, allá lejos

En el piso de la cocina comenzaban a ondular

*

¿ Tren fantasma? ¿Góndola de la muerte? Los bordes tallados,

Curvos, el cero imitación y la estrechez ornamental

Daban la impresión de que el sillón

Iba a flotar. Sus castores de puntitas,

Su galón y tablón de refuerzo le daban un aire

De carro alegórico anticuado:

Cuando las visitas lo padecían, con el respaldo enhiesto,

Cuando permanecía solo, en su propio apartamiento,

Cuando los innsuficientes juguetes aparecían encima

En las mañanas de Navidad, se alzaba ensimismado,

Potencialmente destinado al cielo, si bien atado a la tierra,

Entre cosas que podían agregarse o desilusionar.

*

Entramos a la historia y a la ignorancia

Debajo de la repisa del radio, ¿arre que te arre!

Cantaban “los jinetes de la sierra” Y AHORA NOTICIAS,

Decía el locutor omnipotente. Entre él y nosotros

Se establecía un golfo enorme, donde la pronuncianción

Reinaba cual tirana. Los cables radiofónicos

Colgaban de la copa del árbol hasta un hoyo

Taladrado por el marco de la ventana. Cuando el viento

Lo movía, el vaivén del lenguaje y su más allá

Colgaban y se mecían sobre nosotros cual nidos sobre el agua

O como la abstracta, solitaria curva de trenes distantes

Conforme entrabamos a la hisoria y a la ignorancia.

*

Ocupábamos nuestros asientos con toda el alma,

Dispuestos a apdecer su incomodidad.

La constancia era en sí una recompensa

Allá al frente, sobre el brazo tapizado,

Alguien se asomaba a un lado, conductor

O bombero, limpiándose la frente seca con aires

De haber sudado la gota gorda. Nosotros éramos

Los que menos le importaba, según parecía; ahí viene

El túnel, sentíamos, dejándonos llevar

Como carros sin luces de noche por los campos,

Con la única misión de sentarnos, la mirada al frente,

Y dejarnos trasnportar, haciendo ruidos de motor.

EL METRO

Ahí estábamos corriendo por los túneles abovedados,
tú deprisa delante, con tu abrigo de estreno
y yo, yo entonces como un dios velocísimo ganándote
terreno antes de que te convirtieras en un junco
o alguna nueva flor blanca salpicada de rojo
mientras el abrigo batía salvajemente y botón tras botón
saltaban y caían, dejando un rastro
entre el metro y el Albert Hall.


De luna de miel, luneando, ya tarde para el Baile de Promoción,
nuestros ecos mueren en ese corredor y ahora
vengo como lo hizo Hansel sobre las piedras iluminadas por la luna
recorriendo el sendero de nuevo, recogiendo botones
para acabar en una estación con corrientes de aire y luz de lámparas
cuando los trenes ya se han ido, las vías húmedas
desnudas y tensas como yo, todo atención
por si tus pasos me siguen, pero antes muerto que mirar atrás

UN SUEÑO DE CELOS

Caminando contigo y otra dama
por un parque boscoso, la susurrante hierba
corría sus dedos a través de nuestro silencio sospechoso
y los árboles se abrían hacia un sombreado
claro e inesperado donde nos sentamos.
Creo que el candor de la luz nos desalentó.
Hablamos sobre deseo y ser celoso,
nuestra conversación una simple bata suelta
o un mantel de pic-nic blanco desplegado
como un libro de modales en la jungla.
«Muéstrame,» dije a nuestra compañera, «lo que
tanto he deseado, tu estrella malva del pecho.»
Y ella consintió. Oh ni estos versos
ni mi prudencia, amor, pueden curar tu mirada herida.


Publicado por wineruda @ 0:06  | Poes?a Imprescindible
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